CARTAS A ALICANTE

 

                                                                                                 Por Ramón Fernández Palmeral

 

 

      Años atrás, sobre 1995, es decir, en el siglo pasado, empecé a escribir unas cartas melancólicas, románticas y tristes, con una prosa poética, de estilo lento, casi azorinianas o mironiano, cuyo único destinatario era nuestra muy querida ciudad mediterránea de Alicante. Epistolario amoroso que se fue extendiendo a algunos lugares de la provincia, bien por algunos acontecimientos puntuales acaecidos o por sus peculiaridades paisajísticas (Estos poemas en prosa se publicaron en La Verdad).

 

 

 

                               

 

 

                                      INDICE DE LAS CARTAS

 

                           1.- Amada Alicante

                           2.- Mar alicantino

                           3.- Luz levantina

                           4.- La caradura del moro

                           5.- La explanada de España

                           6.- La plaza de la Viña

                           7.- La Rambla

                           8.- La Semana Santa alicantina

                           9.- Romería a la Santa Faz

                          10.-Las Hoguera de San Juan

                          11.-Castillo de Santa Bárbara

                          12.- Plaza de Calvo Sotelo

                          13.-La marcha nocturna

                          14.-Mirando al mar

                          15.-La tardes  en Alicante

                          16.-Biblioteca del paseo Ramiro

 

         

 

                                                                                                            INTRODUCCIÓN

        

             Años atrás, sobre 1995, es decir,  en el siglo pasado, empecé a escribir unas cartas melancólicas, románticas,  con una prosa poética, de estilo lento, casi azoriniano, cuya destinataria fue nuestra muy querida ciudad mediterránea de Alicante, epistolario amoroso que se fue extendiendo a algunos lugares de la provincia, bien por algunos acontecimientos puntuales acaecidos o por sus peculiaridades paisajísticas. Cartas amorosas para mi sosiego espiritual que ahora iré publicando en grupos de cinco, y que nada tienen que ver con mi otra serie de: “Crónicas Malditas», de tinte satírico-político,  críticas sociales y desahogos personales, donde ataco a todo elemento disonante.

        Las primeras cartas que escribí las confié al diario La Verdad de Alicante, y tuvieron la suerte de caer en las manos, los suficientemente sensibles, de un poeta de la prensa llamado don Ramón Gómez Carrión, que por entonces (1996) era  Redactor Jefe de este diario, y me  las publicó en el sección "El Reloj”, de cuyas publicaciones le quedaré siempre agradecido.

         Pues bien, siguiendo con este enamoramiento irresistible, más que un capricho pasajero, o una atracción fatal seguí escribiendo cartas a mi amada Alicante, y como resultado en el tiempo, porque el tiempo es un tirano y el mejor de los testigos, he acumulado más de un centenar de cartas alicantinas, de las que he seleccionado unas sesenta de ellas para darlas al lector/ra sensitivo/a, en la advertencia, de que ha de tener paciencia si quiere convertirse en mi confidente,   en cómplice de mis amoríos epistolarios  y secretos en esta serie de «Cartas alicantinas».

           Estas cartas, cuando las  empecé a escribir, eran esbozos, apenas ideas cogidas con alfileres o relieves diferenciales, de tres o cuatro párrafos, sin embargo, poco a poco, días tras días, con el resultante del roce diario y el cariño que se le toma a la ciudad, con el trato amigable y tangible a su calles, monumentos y ambiente, he ido ampliando el contenido de las mismas hasta quedar en su actual estado definitivo. 

          En estas cartas no ha que buscar la lógica de lo que se dice en cada frase, sino percibir el sentido global de lo expresado.  

  

 

 

 

 

        1.- AMADA ALICANTE   

       Aún recuerdo como si el presente se quisiera adueñar del pasado, aquel elogiado día de un verano del noventa entre la suerte de la luz y el mar sosegado y tendido  de “verdesazulados”,  en que te vi cercana desde la autovía que pasa quieta y paralela al ferrocarril de Murcia de rojos y blancos vagones bordeando la ibérica nave donde los cangrejos hablan griego y latín. Solté lágrimas de alegría de un recordar malagueño, por semejanzas: arriba el monte Benacantil como el Gibralfaro, ambos cerros  como una corona real que en la historia perviven, remos que al agua hieren entre diminutas olas cómodas, lánguidas y tristes.   Quiero declarar mi amor por ti, ramblas de leche, cabaña del sol, playas de Madrid, mar que besas los labios de las estrellas intrépidas y silbantes céfiros, y las aladas almas de las rosas del almendro de  Miguel Hernández de requiero.

      La bien lunada ciudad de Alicante taladra mis retinas, y, al fondo como la pared norte de una catedral gótica, unas montañas difusas entre la boira y la cálima de violetas indulgentes y difusos de los cerros del Puig Campana con un cielo cómplice de ligeros algodones que el viento  se lleva el óxido y níquel de la tarde azoriniana.  A mi izquierda,  crecen palmeras con dorados datilados racimos de brazos largos y verdes limpios, sultanas de cuellos de dinosaurios con ojos verdes que me abrazan, y a la derecha dos brazos largos de tendidos hierros y el bosque de piedras como malecón abofeteado por espumas secretas y envidiosas de ese mar, que, humanizado pide una atención y un requerimiento de mis ojos que olvidan la lejanía de una tierra andaluza malagueña.

       Llegué a tus brazos a finales de junio de 1990 con la cara seca y el corazón lleno de truenos por un destino nuevo de dos estrellas desconocidas, guía de luz mediterránea que apacientas noches en el límite de sombras vulnerables e invisibles hachazos de la emigración legalizada e interna, nacional y obligatoria.  Me acogiste entre tus dos pequeños senos, redondos y nutrientes, desnudez de la nada, dientes de edificios limpios bañándose en el puerto que habitan barcos de corazones metálicos.  Y en la Explanada, cubierta de magnolias altas, flores que navegan ahogadas por el destino de unas olas de piedras transparentes y lisas, volando en círculo de besos, aduanas del fisco, comandancias de marina y vida vertebrada en velas plegadas de veleros amarrados al diente férreo de los muelles...

        Has dado porvenir a mi familia y placer a quien es tu secreto amante y tu confidente de noches que se alargaron en el dolor de sufrir esta mutilación sin perseguirla, sin atormentarla, plácido sosiego,  Sí, lo sabes muy bien, eres tú, la única, relieve de dulzura: Alicante, mi amante y mi consuelo del calvos pinceles.  Ahora, ya lo sabes, que yo vivo en los divanes de la angustia de este amor insobornable y puro, por ti, por amor a la tierra,  por una nueva Arcadia encontrada en la deriva de mi vida y en la singladura de los pasos perdidos del destino que es verte, verde cada día más verde.

     Mía amada,/ impasible perfección,/ rosa desplumada al viento dócil del levante,/ belleza azul alcanza/, santidad bendita/.

 

 

 

 

       2 -MAR ALICANTINO

        Los poetas que perdieron Troya cantan inútilmente la furia de Aquiles, parece como si el pasado empujara o se adueñara del futuro, o que resbalara como una babosa sobre el espejo que ya no refleja mi imagen, ni mis pensamiento ya enanos de azules cobaltos, azules niños imposibles de domar.  Cuando te miro, mar alicantino, caracolas,  desde lo alto de tu corona real, presente las almenas del Castillo de Santa Bárbara se me pone alegre el territorio de los sentimientos y, como un calambrazo, siento por todo mi ser excitado, éxtasis, labradas escrituras,  la mezcla del combustible sustancias y cósmico entre el aire marino y la luz levantina de los impresionistas (Sorolla, Fernando Soria, Santana...).

      Como una flecha, audaz diana de lo distante, en el horizonte indefinido, intocable se abre una línea detonante de silenciosos colores que se me salen de la paleta, y por donde me cuelo con la imaginación de las aventuras marineras de ultramar y las habaneras, y desde las seguras y dentadas almenas, junto a los oxidados cañones, arrojo infinitos pedazos de mi cuerpo líquido y vegetal, porque nada es igual desde el vértigo de este balcón fortificado de sillares troyanos con garitas en equilibrio, afiladas esquinas doblegados con el cincel de la civilización y la sangre de los que la defendieron tu libertad.

         Una ristra de piedras blancas me hace sentir la sal y la cal de Akra Leuka que guardo en el rincón vivo del puño con latidos; siento la frescura de una brisa mágica, oxigenadora, mística que pone a la mar en pie como si las olas me saludaran con sus manos espumosas con guantes de encaje, guantes de primera comunión y flores desde el fondo del mar, donde fornican y habitan los peces con sus aletas erguidas, desnudas,  una tras  otra, sabiendo que van a morir en el malecón resistente y escudo rocoso del Meliá y del Postiguet, por esta explosión marina  los hombres mediterráneos nacemos con esa pizca de sal marina entre los labios del beso pronto y fácil de sentimientos que se nos escapan.      

        Ya son las tres, y me dan las cuatro sin que me de cuenta de que han llegado las cinco, y a las seis me parece pronto para abandonarte en la contemplación imantada, magnética, huella de un recuerdo sin pasado, fértil, cosechable, porque el tiempo se me pasa "lunando", amándote en la contemplación difuminada del caos.

         En la bahía de Alicante, los barcos se contonean con la línea del horizonte, domadores con látigos de estelas sobre fieras de espumas a caballos  galopando olas iridiscentes, lácteas, partiendo en dos el lomo del Ponto, del Odiseo azul que llora su no regreso a Ítaca jónica, y, dormitando en brillos, jardín de peces colgados de los árboles submarinos, estrellas de mar entre perchas de fieras marinas y cósmicas, quimeras que pasan el día en el deporte de la natación olímpica y el eclipse, y nos dicen adiós con sus aletas de cartílagos de seudo-tiburones anfibios y depredadoras deseos.

       Mar alicantino inigualable, de jónico metacrilato, con la temperatura ideal de la sangre, luz rezadora, ser divino ecuóreo, acostumbrado a la buena vida de los puertos tranquilos, refugiados, sólidos y de las bahías dulcísimas, hospitalarios climas, tiernos y complacientes, y  de la buena mesa de los calderos y el pescadito frito de la terrazas de la explanada, con caldos que de la raíz torcida nacieron rectos y fondillones.  Mar de la mar me vengo, beso, y no beso, y besaré son besos, voy con la prisa de las olas de tu suelo y en el alma me hago una cuna de raso y seda que mi mente quema en recuerdos.

       Al final de la tarde, perdido entre las luces de neón,  me acerco al Postiguet para saludar a  “La Culona”, que esculpió Margot con el bronce colérico de las fraguas. 

 

 

 

         3.-LUZ LEVANTINA

      Cuando la luz embriaga mis dilatados ojos, y mi puño de latidos mustio se endulza de un aire marino, caracolas pulidas más brillantes que la luna sobre los espejos del silencio de la noche, y el azul marinero sin barcas hacia Tabarca,  se agudiza en mis retinas engalanadas de pestañas  y de pinceles calvos ya, claraboyas de luz en los pigmentos.  La piel se me eriza al contemplarte, silenciosa mirada de caricias, como labios recién besados, mojados, sonrisas alegres, la alquimia de tus besos que hay en tu esencia y perfumes, porque esto es amor, amor alicantino por ti mujer de luz levantina en eclosión de sentimientos nuevos y desconocidos.

       Ambrosía que respiran vida y luz,  que saben cuidar mis acariciados pulmones de una sal enamorada, y un argumento amoroso para tenerte cada día, a cada momento, a cada instante de éxtasis y fulgor y luz perenne, en el paisaje de mis ojos nacidos para verte, y mis manos abiertas al abrazo de tu corona  de luz saliendo del mar en el oeste, gran oeste, ojo de luz naciendo entre la sabiduría de los siglos y la  hora de los maitines de la broncíneas campanas de la concatedral.  Siento la emoción en el pensamiento que recuerda la añoranza que he de olvidar de otra luz más al sur, al sur del recuerdo, me evocan la silueta de tu cuerpo etéreo, ágil, frágil, deslumbrante y ávidos de sombras en la sombras, entre sombra que se levantan al abrazo . Esto es amor por ti, Alicante. Alicante vivo y dormido.

       La luz levantina, tesoro convertible en playas de adinerados turistas,  en el mar sensitivo de olas acariciadas por el sol  agonizante de la tardes pálidas, ocres, comida por los ogros pinceles, reconoce su especial belleza única, sola, espectacular, atenta,  y, aquí, sentado entre tus rodillas con la cabeza entre tus senos me siento poderoso velero que surca el mar hasta tus besos perseguidos por la espuma, merengue del agua, leche batida, coches blancos que navegan,  hazaña de la luz y el viento, y el viento y la luz, aquí en Alicante, la ciudad con cuerpo, con vestidos vaporosos, lujuriosos,  que te deseo, que te aplaudo y mimo con mi siempre fértil pensamiento ágil.

       En los colores liberados de sus sombras y enamorados de Venus, loco por huir al lienzo, cofre de albayalde,  al cliché de la cámara de fotos, fundidas en imágenes, al odiado video de botones inhumanos, yo resurgiré como un pincel y te llevaré besos de colores sin odio, que se suicidan en el lienzo para pintar la inextinta luz levantina. Gacela mía, ¿no están respirando amor?, ¿no estás, acaso, acariciando amor?

       Si alguien encuentra mi corazón perdido en las playas de la meta-poesía, que lo lleve al malecón del Meliá y allí lo até a las piedras que son mi cuerpo esperando el calor de la salada sangre del mar levantino, ya preso y prometeo de la águilas de tu sabiduría eterna, estaré esperando la luz levantina de un nuevo amanecer.

 

 

 

      4.- LA CARADURA DEL  MORO

        Cuando desde la acera del Paseo del Postiguet alzo los ojos, y te veo pétreo  perfil andrógeno, ocre tierra de siena,  cabeza de un moro coronado por un turbante fortificado o ¿es la cabeza de San Juan Bautista? San Nicolás es nuestro patrón.  Moros y cristianos. Asombrosa escultura de la naturaleza, «engendrada no creada de la misma naturaleza del hombre»  y mensaje de las piedras, esfinge como la de Egipto o las Rocosas con lo duros rostros de los presidentes de USA, duros y belicosos, representan un misterio, enigma, sí tú, ¡oh! latente icono de la ciudad a la que amo y simbolizas. Yo prefiero llamarte San Juan el pétreo, pero de nada vale un nuevo bautizo, cuando ya te conocen por la caradura del moro.

         Mi amigo Algazel, compañero de tertulias poéticas y tardes fugaces , me informa que existe un ascensor taladrando en la piedra, con bisturí de martillos,  una chimenea que tiene más de trescientos metros de subida, para comodidad de los visitantes, a mí me da infundado miedo solo entrar en el túnel, túnel del «tierracéntrica». Uno de los ascensoristas se llama Vicente, nos eleva y nos acompaña hasta el Castillo de Santa Bárbara con velocidad  de minero, mientras yo me trago la claustrofobia sólo por subir a verte.  Y esto tú no lo tienes en cuenta, no tienes en cuenta los sacrificios inhumanos que hago por ti, ¿Tú me correspondes?, no, no creo, y tú sabes que necesito de tus besos, de tus abrazos y de «cúpulacompañía».         

        Defino castillo: donde los soldados empotraban el ojo de sus cañones y los turistas el ojo de sus cámaras fotográficas.

        Desde lo alto del vértigo de este castillo flotante, enfermo de relumbrante  luz levantina y sorollesca, podrías arrancar la ciudad como una flor en la floresta, si Alicante fueras una flor asequible. Desisto del intento y me dejo caer con alas de sonetos de 14 versos sobre el barrio de Santa Cruz, los tejados de San Nicolás de Bari, del Ayuntamiento y del puerto con escolta de barcos (Emperadores en asilo político).

          Y como si el águila de mis ojos quisiera fotografiar todo el panorama imposible y certero, mar de almíbar, me lanzo desde la garita colgante, piedra preciosa en anillo,  apretadas de piedras por la corocha, salto de habilidoso trapecista sin vértigo, sé que me salvaré porque tú Alicante hospitalaria, me salvarás en el Barrio de San Cruz.

          También puedo subir hasta la cabeza del moro por una carretera, escondida entre un ejército de pinos, endebles, mohínos,  atacados por el proyecto del Palacio de Congresos, el Palacio de Alperi. Una vez en el empedrado de la fortaleza te aparece una puerta custodiada por un cañón enmohecido, oxidado, que hace tiempo firmó la paz, pasamos al salón de actos llamado de Felipe II, o puedes solicitar una visita guiada, comprar un souvenir y hacer la foto del recuerdo inolvidable, o arte ante las esculturas de Capa. 

       Pausadas reflexiones espirítales sobre cinco lugares comunes de mi vida cotidiana alicantina.

 

 

 

 

        5.-     LA EXPLANADA DE ESPAÑA

 

       «El corazón es un piano en mitad del pecho», asegura mi amigo Algazel, un filósofo ambulante, al que he bautizado así en honor al filósofo árabe medieval crítico de la metafísica aristotélica. Es asiduo de la biblioteca pública del Paseíto Ramiro, entre cuyas palmeras, antes de la remodelación, se erigía un pedestal sin busto dedicado a Rubén Darío, y cada día Algazel pasa por el arco detector de ladrones de libros, se sienta en aquellos «semibajos» asientos hojea/ojea todos los periódicos y se emborracha de noticias frescas y luego medita, saca sus propias conclusiones, sus razonamientos, sus propios pareceres.

         Tal vez mi amigo tertuliano tenga razón en que el corazón y el piano es la misma cosa, por eso, yo, cada mañana me echo el piano al hombro con alegría y salgo a tocar música a mi ciudad, a inventar la ciudad alicantina, calle a calle, plaza a plaza, edificio a edificio, a contar esquinas y las  palmeras que se han ido de visita a Elche. Me siento en una de las sillas plegables y coloreadas de la Explanada de España, sillas de arco iris pintadas y rescato las que faltan o se llevó la noche con su manita de estrellas, y la complacencia de la luz de la luna que raptó los ojos de las farolas, insomnes y pálidas. Y allí toco mi piano, observo cómo los jardineros de las manos afiladas en la húmeda manguera riegan las onduladas olas pétreas, apaciguadas, lentas de solería del paseo hasta borrar la marea negra (chapapote) de la suciedad de los sonámbulos en el cubalibre derramado que rompieron sobre ellas los vasos.

         Como un robinsón urbano, desertor de la cama usada, he madrugado, los coches han madrugado más que yo, la ciudad no duerme porque le sobra voluntad para sobrevivir y sobreponerse a la luz que, parsimoniosa, desviada furia de lo invisible, se apodera del amanecer sobre el mar harapiento de tornasoles matutinos, y no deja que la yema rompa el huevo del día. 

         Siempre empiezo el día por el emblemático paseo de mi amada Alicante, por la Explanada de España, al borde del ponto, sin esquinas, condecorado de olas y sillas de colores, y, alcanzado por esta soberbia luz levantina que te sana de los años acumulados en sexenios, y luego, borracho de verdes esmeraldas, bajo los abanicos de las orgullosas palmeras, tomo mi piano entre los brazos cual guitarra de niño de pecho, y espero a que la olas petrificadas de la solería se eleven  y lleguen a mi encuentro y me bañen de pies y la quilla de la música, porque soy nave anclada en el muelle imaginario de tu cuerpo y de tu espíritu que late a la sombra quieta de una ilusión perdida porque adoro esas palmeras «desenlace de surtidor hernandiano»,  como cañones de corsarios puestos en batería y en pie, apuntando al vetusto edifico del Hotel Palas  que recuerda una arquitectura ya arqueológica en la historia de la ciudad.  Y las de bocas verdes,  un fuego lacio de ramas color vejiga y curvados follajes, ocultan las ventanas, con caras poliédricas de cristal y algunas se balancean y se pliegan entre ellas, arriba, besan al sol sin odio, a toda risa sin prisa que la brisa les carcajea.

         He dejado el piano/nave de mi corazón navegar a la deriva en medio del puerto y me he puesto a improvisar sonetos viejos de 14 mástiles, canciones románticas que el añejo olor a rosas empalagosas, emboscada del amor, cerró heridas y restaño resentimientos, y camino hasta el Ícaro que con su tabla de winsurf quiere salir del puerto sin mojarse. ¿Cómo está el agua?, le pregunto, y no sé por qué, él no me contesta.   Se me acercan niños sobre ruedas en sus cunitas de nácar, otros más espigados con sus maletas escolares, palomas que ensayan en el auditorio el vuelo de la música, viejos domadores de años pasean sin destino fijo, perdidas las ambiciones y los proyectos arriesgados, empeñados en ahuyentar la artrosis,  fotógrafos del tiempo, y turistas, no japoneses, con las armas inteligentes de sus cámaras digitales atestiguan de que estoy vivo, que lo dudo, y toco una canción que acabo de componer: «fugitivos rayos del terco sol levantino».    

         Cuando las musas, ya viejas profanadoras de la inspiración,  se han cansado de oírme aporrear las teclas de mi corazón/piano,  cometas de amor puro en arco de cuerdas románticas,  todos los rayos de sol como un arpa  se han confabulado en acordeones, se han sentido proclives a la mansedumbre de la tierra que amasan raíces y abrigo de soledades que nunca puedes quitarte de encima.  Los músicos han de partir hacia las sinfonías, este domingo sin honores, han cosido con imperdibles de acero niquelado las partituras sobre los atriles que vuelan notas en do, en si, en fa... Luego pliego mi corazón de música y navego sin remos con cuidado de no salirme de las crestas de las altas olas/palmeras con música de acordeón, hacia las blancas horchatería para hacerme la prueba del nueve en cordura y sin alcohol.

         Y cuando he dado un paseo completo al estadio de la Explanada,  termino cerca de la parada de los taxis con fondo la fuente «artesanía del agua» como surtidor de ciprés sin Gerardo Diego, y el mástil con la adorada bandera rojo y gualdo, los soldados de bronce en custodia y defensa de la ciudad. Mi corazón es un piano y una bandera grande como una Explanada de España.

 

                                                                         (Publicado en el número 22 la revista "AUCA" de Alicante)

 

 

       

 

 

        6.-LA PLAZA DE LA VIÑA

        Desde mi terraza blindada y acristalada, acorazada, acariciada por la molesta luz del amanecer a mi espalda, veo la cuadrangular plaza que unas palmeras niñas y en crecimiento lento ajardinan como setos el centro de mi mundo visual.  Justo en un ángulo sube  una columna metálica que por la noche se convierte en gigantesca farola Polifemo,  que las ilumina y sobre todo, cuando se celebran fiestas de buena vecindad, hogueras y elecciones de las "belleas" de la Asociación de la Florida. Su fuente, de diseño modernistas deja ver su cuerpo de cemento despellejado, surtidos de lluvia sobre arco de un puente con forma de ballesta, resuena cada mañana hasta despertarme como el falso y engañado anuncio de su tormenta próxima y cercana. La lluvia artificial de los aspersores me traen recuerdos diferenciales de olor a tierra fertilizada por el rayo que no cesa.


        Cuatro ficus de hojas pequeñas custodian otras tantas esquinas, que acaban de ser ampliadas con el propósito de facilitar accesos a carritos de compra o de inválidos, los bornes de bronces protegen e impiden que el coche se adueñe de las aceras.  Los tilos cambian sus hojas con precisión de las estaciones, exactos testigos del color violeta cadmio de sus flores, algunas veces, desde el otoño hasta el invierno los árboles están descalzos de hojas. Y en primavera volarán semillas en ataques a las alergias.  El violeta, los amarillos azufaifos  aparecen de pronto, irrumpen, germinan en el mes de mayo, como anuncio del grito sonoro de la alegría de crecer. 


       Los perros madrugaron temprano y con sus olfatos serpenteantes buscan el rincón del depósito escatológico, se orinan  y juegan  sobre la arena y alberos, sobre los prados artificiales de los laterales, y, algunos amos, los menos,  recogen la caca en bolsitas de plástico de unos postes al uso. Un jardín infantil presenta sus maquinarias oxidadas y juguetonas, el tren, el tobogán, el laberinto, y los cuidadores charlan mientras los niños juegan y se cansan como Atilas sin descanso, la pelota es perseguida por unos perros, el olivo del monte artificial siente la proximidad de mármol y el azulejo. 

 
       Durante los festines de las Hogueras de San Juan, la plaza de la Viña brilla de alegría, de barracas con música hasta la madrugada en común convivencia, con tracas, petardos y la mascletá nocturna que nos dejó los ojos llenos de cohetes de luces, cartuchos y olor a pólvora quemada y transformada en arte pirotécnico.
       Mi plaza de la Viña es un amplio escaparate de gente que se sienta en los perezosos bancos de madera, o la cruzan en diagonal,  por todas sus bisectrices y ángulos haciendo de ella un uso público y sobre todo un embargo de ocio, descanso y paz. Tiene varios bares, Bancos, parada del Bus nº 2, Correos y hasta un bazar Ceuta para revelar fotos. Mi plaza está blindada a mis ojos, y desde mi terraza la vigilo cada día, la controlo.

 
 
     
       
      7.-   LA RAMBLA

     Como un río que fue, oculto y tapado en el subterráneo suelo, obras que interminable fueron, inicias la bajada o andadura con una plazoleta o plazoleta con unas cerámicas de óxidos de cromo, posiblemente cocidas en Agost. que nos dice algo así como el pueblo de Alicante homenajea a la Constitución de 1978, desapareció el olivo de la paz y nace no sé qué cosa del suelo con raíces sobrenaturales. No sé cuántas veces te han levantado y vuelto a enterrar,  vuelta a cambiar como un añadido que no pega bien, ni firme ni seguro.

    La Rambla de Méndez Núñez, que en tiempos de la tía abuela Filomena, fue el centro comercial y del paseo alicantino ha dejado de ser lo que fue para convertirse en unas largas paradas de autobuses, unos bares de comida veloz al hígado, y bocadillos de atún  con cola con hielo, En la esquina una sala de exposiciones de Bancaja y además territorio sagrado del Banco de España y algunos hoteles que llaman de Europa, Gran Hotel, Isfas. Desembocadura de la calle Mayor.
     Las antiguas palmeras de látigo de botella han sido cambiadas de sus alcorques por otras jóvenes promesas, más bajas y resistentes, vacunadas contra la polio,  de medidas estándar que serán la esperanza verde del paseo.    En un rincón se nos abre a los ojos de luces tenues el Portal de Elche con sus ficus y palmeras adultas y un kiosco oficina de Información y Turismo y que atiende un taxista  de la parada cuando la azafata de la oficina  tiene que ir  al lavabo o a tomarse un refrigerio, porque el día es más  largo que el mes de mayo, y cuando la azafata vuelve a la oficina el taxista le regaña por que se pasó de media hora de charla con una amiga.
     Acaba la Rambla en la perpendicular Explana de España, sin explicaciones y sin derecho a reclamaciones, así, de pronto y sin señal de carretera cortada. Dos estatuas de bronce nos recuerdan el modernismo añejo, azoriniano, rubendariniano.  Las aguas pluviales desembarazan la carga de su fango en el puerto, por unos aliviaderos subterráneos que construyeron con aquel famoso plan contra las riadas, que de tantos sustos en gotas de agua fríanos han librado, a pesar de las protestan del empresario, peatón y del conductor por los numerosos desvíos y atascos que son como tacos de jamón cuando el vino está agrio.
     A la Rambla la bautizaron con los apellidos de Méndez Núñez en honor de aquel marino español de perillas amplias como alas de mariposas, de nombre César (como el de mi amigo César Rubio), héroe de Filipinas que murió en 1869 con las botas y el sextante puestos encima. En Semana Santa es lugar de paso de procesiones porque algunas, las caben por las calles se acercan  en la concatedral de San Nicolás.


     Y tu paseo de la Rambla es ya  río cortado y comercial sin afluentes, de norte a sur, nace y muere, y como estación de un tiempo glorioso que fue, persiste, asiste a todas las celebraciones de la ciudad a la que amo.


       


     8.- SEMANA SANTA ALICANTINA

     Marzo o abril con cáliz de misericordia a mi boca sedienta de paz y sosiego llega la Semana Santa piadosa y alicantina, con un cirio de flores ardiendo y yo descalzo arrastraré mi túnica morada con la pesada cruz y de la penitencia y de la resaca de la fe, el vicio en el alma de los largos años de mortal, siglo, cansado de pecar, de escuchar mentiras y palabras necias, odiando a muerte las siglas de los partidos políticos o tránsfugas de urbanizaciones en la arena de la corrupción. Pero yo, silencioso y sudoroso, penitente bajo mi cirio con mariposa encendida subiré por las crestas del barrio de Santo Cristo hasta tu mirador de mística y ermita.
       Me dice mi viejo amigo, ratón de biblioteca Algazel que el primer dato escrito sobre Hermandades y Cofradías alicantinas se remontan a primeros del siglo XVII, y que imagineros de misteriosas y hábiles manos en la gubia afilada en la piedra de agua, esculpieron, por encargo del cielo y de algún que otro no renegado cristiano nuevo, figuras de cuerpos semidesnudos y lacerados a la imagen de la Pasión de Cristo, Dolorosas, Sepulcros y Cenas.  Esos imagineros debieron ser impostores ángeles ebanistas más que tallistas de la dulce madera de ciprés (no le ataca la carcoma).  Magos del escoplo y de la gubia como Nicolás Bussy o Salzillo autor del Cristo del Hallazgo, Castillo Lastrucci autor de la Virgen de Santa Rendición o un anónimo, y otro que pervive transfigurado en el barrio de Benalúa.
       No debemos buscar en estos días el folklore o la competitividad entre Hermandades, ni la playa con olor a incienso, ni que se parezca la cabalgata de reyes o un destile de Moroso y Cristianos, no, esto no son días de asueto, sino días para el aseo del espíritu, vivamos una Semana Santa en el máximo grado de fervor religioso y conciliador del espíritu, si no es con Dios verdadero al menos con el Dios del Cosmos. Cada punto tiene su lugar exacto en un círculos, un lugar inamovible, equidistante; ya nos llegarán los Hogueras con su fuego y su trueno, o la Navidad, o la peregrinación a la Santa Faz con nuestra caña y nuestra ramita de romero.
       Siento cómo mi río interior se hace grande por el ruido de su alegría, a la gula la llevo a raya en la Cuaresma, penitencia sin flagelos hipócritas, oposiciones más que exámenes de conciencia me revelan que soy un pecador incorregible, en mí alma anidan los roedores de todos los pecados capitales. Seamos sinceros con nosotros mismos y respetemos la tradición de esta Semana Santa a la que tanto quisieron y respetaron nuestros padres y abuelos.
     El lunes se celebrará la mona, pero esto es otro cantar y otra historia.

 

  

 

        9.-  ROMERIA A LA SANTA FAZ

        El misticismo de San Faz retumba en mi interior como una voz que me llamara al recogimiento y a la peregrinación más devota e ineludible, días después de cada Semana Santa.  En este día me veo forzado a bordar la calzada con mis pasos religioso de vía crucis, desde el Ayuntamiento hasta el Monasterio acompañando la comitiva oficial con mi caña y mi sayón negro, pasos silenciosos, mientras pensaba en ese rostro divino en el paño de la Verónica, y por un momento eludía los pensamientos mundanos y materiales, pido paz, ahora pico consuelo para el dolor de los enfermos y las víctimas de cualquier guerra, legal o ilegal. Sin embargo, ahora, las jugadas de los cóndrilos malgastados de mi rodilla derecha me impiden peregrinar, alcanzar las estaciones de las vía crucis, y el jubileo de la gracia,  respirar los olores del romero y el sudor de mis convecinos o de la tortilla de patatas. Caminaba solo entre la multitud, empujado por la fe que es solitaria e interior.
         Tras ocho kilómetros de alfombra asfaltada y cerrada al tráfico nos acercamos al Monasterio que fue construido en 1766 de estilo renacentista y fachada barroca, sobre la pila bautismal una placa de mármol da testimonio de que por allí rindieron visitas todos los reyes de España. En el solemne y eclesiástico interior trepan exvotos en ofrendas de mandas o favores recibidos. Detrás del ábside, una rica capilla, en la que se guarda con tres llaves la sagrada reliquia (un lienzo en el que la Verónica enjugó el rostro Cristo camino del Calvario). Cuenta la historia que la reliquia fue traída desde Roma en el siglo XV.
         Tres llaves guardan la custodia en la basílica de Santa Faz. Cuando abierta la puerta, el Obispo nos enseña a los feligreses la tan solemne y alabada reliquia, el romero florece en nuestros báculos de caña, y el señor Concejal de Cultura, responsable de la tercera llave, la abre, hemos conseguido el jubileo, y mis pecados anuales,  muchos que lo son, han sido perdonados, me siento libre  de culpa y lleno de una extraña energía que me servirá para celebrar un ágape entre amigos y familiares bajo los maltrechos y perseguidos algarrobos.  Por un día los coches han cedido su fuerza avasalladora y han sido domesticados por el poder extraño de un día de fe y romería reconfortante y reparadora, un día que nos hace olvidar el belicismo en que vivimos y el bombardeo de un estado permanente de campaña electoral.
         Pero si fuéramos verdaderos devotos, cualquier domingo nos debería valer para hacer una visita a la reliquia y pedir perdón por nuestros muchos errores morales y ético, y sentirnos verdaderamente aliviados de nuestro dolor de hierros y bridas entre las que vivimos

 

 

            10.- LAS HOGUERAS DE SAN JUAN

          Pasada la Santa Faz, los foguerés ya están pensado en la Hogueras de San Juan para el 24 de junio,  ya no paran de trabajar los artistas, artesanos, carpinteros, pintores en sus talleres con sus dibujos, maderas, andamios, pinturas y pensando en ganar el primer Premio, sin pensar en que hay un segundo y un tercero
          Si le tuviera que explicar a un extra-terrestre qué es el fuego, le tendría que decir: es algo como un loco y descontrolado amarillo que sube en forma caprichosa, da calor y te quema, a veces es violento y siempre le acompaña su amigo el tóxico humo, pero si quieres tener una imagen exacta, un ejemplo eficaz, le diría vente a Alicante la noche de San Juan.
          La ciudad de Alicante emboscada en sus fiestas se deja peinar por las melenas de luz de los fuegos artificiales, de la luz dorada en estrellitas, burguesía del fuego, fiesta de la pólvora.   La ciudad, inocente y víctima, se deja ahogar, engatusar dulcemente por los cortes de calles, plazas, esquinas con barracas y verbena y asfalto robado a los coches por una semana maravillosa e inigualable, la ciudad se deja, se deja apretar por los forasteros sin revólver, porque San Juan Bautista se ha dejado la cabeza en el Benacantil que es la cabeza del moro Bautista.
         Cada barrio busca una plaza para instalar un ninot o figura fantástica y artística llamada Hoguera, no Falla como en Valencia, sino Hoguera o Foguera. Efímeros monumentos que concursarán por unos premios, se salvará una, y las demás perdedoras al fuego necesario, porque si no ardieran no cerrarían el ciclo de la vida: nacer, vivir, morir.  En otros lugares o plazas se celebrarán «mascletás» o fuegos artificiales que congrega a vecino ávidos de truenos y arte de la chispa. Barracas y música hasta latas horas de la noche.
        La fiesta por excelencia, no puede estar callada, nuestra fiesta es recordar a nuestros antepasados, mantener la tradición a toda costa, aunque ya tenemos costa. También hay detractores que no soportar tantos cohetes y cortes de calles, son personas mayores de oídos enfermos o turistas equivocados de playas y fechas. Pero siempre, siempre, hay una fuerza mayor y poderosa: la tradición. Porque ella es nuestro soporte histórico, nuestra identidad, nuestro motivo de vivir y convivir y dejar huella en la historia alicantina.

         El fuego educado de las hogueras sagradas, llamas candentes, egoístas, ruidosas, repletas de un orgullo que nadie puede disputarles, ni robarles el derecho que ellas tienes de purificar y elevarse a otra dimensión de la materia, energía transformada de las hogueras alicantinas de San Juan Bautista, el apóstol que bautizaba con agua del río Jordán, como una antítesis del fuego, el apóstol que bautizó al mismo Hijo de Dios vivo, y, luego él decapitado a petición de una sádica y malcriada Salomé. Si yo tuviera que explicarle a un extra-terrestre qué es el fuego, le debería decir: es algo amarillo que sube en forma de caprichosos tirabuzones, da calor y te quema o «Cremà de hogueras», a veces es violento y siempre le acompaña su amigo el humo que se eleva, pero si quieres tener una imagen exacta, un ejemplo eficaz, le diría vente a Alicante la noche de San Juan. A las Hoguera, no Falla como en Valencia, sino Hoguera o Foguera. La ciudad de Alicante emboscada en sus fiestas, célebres, barrocorrománticas, se deja peinar por las melenas de la luz de los fuegos artificiales, de una luz dorada en estrellitas coloreadas, burguesía del fuego, escándalo de las fraguas, estalactitas de llamas chispeantes de lava.

      La ciudad, inocente y víctima, incendiada, levemente decadente, se deja ahogar dulcemente por los cortes de calles, plazas, esquinas con barracas y verbena y calzadas asfalto robado a los coches y aceras propiedad de peatones por una semana maravillosa e inigualable, indulgente al sueño de la diversión, porque la ciudad se deja, se deja apretar por los forasteros sin revólveres, mansos turistas chisperos que llegaron en transatlánticos embarazados de navegantes y argonautas, embrazadas princesas que se pierden entre las palmeras estiradas. San Juan el Bautista se ha dejado la pétrea cabeza sobre en el Benacantil, cetro de cal, preeminencia caliza, que son los ojos tercos, insomnes, atentos a una mascletá o palmera real, Cada barrio busca entre los rincones de una plaza, escuadras, lugares privilegiados para instalar una hoguera, alta, artística, escoltada de «ninots» o figuras fantásticas y alegóricas de los eventos anuales, con sus carteles críticos, satíricos y de buen humor y gracia popular. El Pregón, la cabalgata del Ninot y la «Plantá» de hogueras y de los «Ninot de carraçer» Precarios monumentos, efímeras figuras con vida para una semana que concursarán por un primero, segundo, terceros premios, en busca del indulto o amnistía de una hoguera, y las demás, lacias y tristes perdedoras irán al fuego necesario, incendiado, porque de lo contrario, si no ardieran no cerrarían el ciclo de la vida: nacer, vivir, morir.

      En otros lugares o plazas se celebrarán «mascletaes» o fuegos artificiales que congregarán a vecinos ávidos de truenos y arte de la chispa, el lujo de la pólvora. Barracas y música hasta altas y cornisas horas de la madrugada joven y alcohólica. alcohólicas Nuestras fiesta por excelencia son las Hogueras de San Juan, y no pueden permanecer calladas, porque nuestra fiesta significa jubilo y a la vez recordar a nuestros antepasados, homenajear a la vida en primavera, mantener la tradición a toda costa, aunque ya tenemos costa. En estas fiestas no pueden faltar la "Bellea del foc" ni las "señoretas" o su damas de honor, embutidas en su preciosos trajes de terciopelo bordados, taraceados de floresta y sus rodetes y sus mantillas y alfileres y zapatitos de charol, que con sus manitas blancas y gráciles, cuales educados abanicos te saludan con su paipai, y, esa noche mágicas del fuegos y cohetes no consolarán sus lagrimitas, "condenada al llanto de las fuentes/ y al desconsuelo de los manantiales". Como lloró Miguel Hernández en su soneto final de un rayo inagotable de fuegos y rayos incandescentes. También hay detractores que no soportar tantos cohetes y cortes de calles, plazas amputadas, avenidas cortadas, esquinas y cambios de paradas de autobuses, son personas mayores de oídos lastimeros, enfermos o turistas equivocados de playas. Pero siempre, siempre, hay una fuerza mayor y poderosa: la tradición y la historia alicantina. Porque ella es nuestro soporte histórico, nuestra identidad nuestro motivo de vivir, nuestra lámpara pura de llama eterna.

 

 

         11.- CASTILLO DE SANTA BÁRBARA

    Alicante, mía amada, mía eres, ciudad acogedora que recibe a la gente bajo palio con olor a incienso y aire marino, paraíso de manos abierta, corazón de piano, y tu alma mora prisionera en el castillo de Santa Bárbara a 166 metros de altitud. Desde lo alto del vértigo de este castillo flotante y enfermo de luz levantina, podría arrancar el volar, tú vuelas, y yo te sigo y deseo lanzarme en suave parapente sobre el barrio de Santa Cruz, la Catedral de San Nicolás de Bari, sobre el barroco entramado de edificios, sobre los tejados de los dos edificios del Ayuntamiento y aterrizar con garras de paloma en la explanada del puerto, atento, comercial, esa herida abierta de mar escoltada de barcos que son emperadores pidiendo asilo político de otros mares a los que nunca he ido, de otros lugares a los que no volaré. Y como si el águila de mis ojos quisiera fotografiar todo el panorama imposible y certero, cielos grises, montañas azules en bruma, más de almíbar y ambrosía, escalo el pináculo de la garita colgante apretada de piedras por la coracha y doy el triple salto mortal del trapecistas sin red, deseando que me salven los rojos y acolchonados tejados de la ciudad. Una vez abajo, veo la misteriosa y gigantesca esfinge natural que yo llamo San Juan Bautista. Mi amigo Algazel exclama: ¿Qué diría el geógrafo Al-drisi (s.XII) que llama a esta roca Banu-lQatil, o «Laqanti» de los árabes, para ser conquistada en 1247 por el infante Alfonso (futuro Alfonso X el Sabio) para Castilla, y luego incorporada a la Corona de Aragón y al reino de Valencia en 1296 por Jaime II el Justo, si te viera ahora con el ascensor que taladra la piedra para comodidad de los visitante y está en perfecto uso a pesar de que tienen ya más de treinta años Al castillo le circunda un lazo de carretera que, escondida entre un ejército de pinos carrascos y duros que resisten al fuego a y a las sequías, nos conduce a la puerta del viejo resistente castillo, puedes aparcar en su interior junto a las almenas, visitar el salón de Felipe II, lugar de encuentros culturales y conmemorativos, donde los poderosos muros te hacen sentir seguro de los ataques del Borbón Felipe V en la Guerra de Sucesión (1706-1706), pues estabas en poder de los ingleses. Y luego la el acorazado «Numancia», en poder de los cantonalistas te derribó en 1873. Fuiste una lo que se una plaza fuerte con vistas al mar, ahora eres historia de las piedras y una tienda de souvenir, salón noble y sobre todo la inolvidable foto para el recuerdo. Y sobre todos los oxidados cañones de un pasado histórico olvidado pero cercano entre los siglos que nos contemplan.

 

 

 

            12.- PLAZA DE CALVO SOTELO

      Las águilas blancas y hambrientas del alicantino parque urbano de la Plaza de Calvo Sotelo, que llaman palomas, si supieran hablar, serían cotorras subidas a los ficus tropicales, pero como son palomas cagadoras, algunos quieren fusilarlas, en algunas ciudades quieren dar sus cadáveres a los pobres como alimento, como si estos pequeños ángeles no tuvieran sentimientos y les diera igual una paloma de paz que un cadáver exquisito. Para la palomina de las palomas habrá que poner en los parques bolsitas semejantes a las ya existente para la caca de los perros. Yo creo que el hombre con abrigo simulando ser bronce (de Vicente Bañuls) sobre gallardo pedestal (de Guardiola Picó) en el centro de la plaza era el mismísimo Calvo Sotelo, pero no, me dice Algazel que se trata de Eleuterio Maisonnave, ilustre alicantino fundador de la Caja de Ahorros de Alicante y ministro de la Gobernación durante la presidencia de Emilio Castelar. Hace unos meses, dicho pedestal fue desplazado hacia una centrípeta plaza llamada de los Caídos, y ahora Maissonave parece un policía local de bronce dirigiendo el tráfico en el eje de las avenidas Federico Soto y Doctor Gadea. Bajo una carpa de blancas palomas revoloteando sobre el pequeño circo que es la plaza, enceladas con la mísera ración de grano que severamente administras un niño, una anciana, una mujer con carrito de la compra, yo busco un banco limpio donde sentarme, libre de eyecciones o palominas, me siento sobre unas hojas de periódico que acabo de leer, y al momento me siento observado, enfrente, a una mujer con la doble intención de la poesía erótica de Bécquer y del Kamasutra. Luego perseguido por su mirada insistente, me levanto y navego por el jardín acorralado por verjas de hierro. Esas de mujeres solitarias me recuerdan barrios chinos y me recorre la piel como una conspiración de uñas y besos. Muy cerca de allí baja la calle Canalejas, perpendicular a la de Rafael Terol o de las putas. . En el borde del jardín dos lápidas me recuerda que hubo allí dos retretes públicos, uno de señoras y otro de caballeros. Más tarde, y cuando los monstruos de cuatro ruedas invaden la realidad de tus calles, sumergiéndose como termitas metálicas en los parking, salgo a la puerta oeste desde donde veo una cruz circunvalada por arco de jambas alargadas, monumento a los Caídos (de cualquier ideología) durante la Guerra Civil.

 

 

            13.- LA MARCHA NOCTURNA

     Alicante, confinada en la noche, se me aparece en opulentas luces de neón y sombras chinescas que caminan solas y sin dueño, y sobre el agua de puerto se reflejas como marinas pintadas de las que se exhiben en cualquier galería de arte, y los vulgares focos que cultivan con su eléctrico secreto los abancalados balcones del Benacantil. Parque de Canalejas, casco antiguo, Panoramis o la zona ocio del puerto donde antes estuvo al Comandancia de Marina. Los héroes de la noche y musas insoportables con tacones que amargaban la vida a los mansos poetas gongorinos, quevedescos y gracilazos, son ahora chicas todas ellas uniformadas: pelos artificiales de medusa trenzadas, tatuados brazos, pearsing en la lengua, minifaldas negras, medias claras y botas de montañero aguerrido con hebillas de plata, modernos héroes mitológicos que como Aquiles con chupa de cuerpo y remaches, han ocupado las vías públicas con sus botellones y sus vasos de plástico, porros pegados al labio, sus rasetes de música, litronas y bolsas de basura en medio de su descaro y omnipotencia. Algunos han dejado las motos calladas, calientes aún los tubos de escape, la música en los CD de los coches a todo volumen, como abejas obreras pululan en los panales de bares, palanganas de lo vómitos, discotecas enjauladas, bailan o mueven el esqueleto o como se dice ahora: danzar vampiros. Los jinetes del fin de semana sin horario tienen un extraño horario: salir a las doce de la noche y recogerse a las ocho de la mañana, muchos, hartos de pastillas. No sé si esto me produce envidia o desolación sin nombre. Años atrás la moda era ir de marcha de San Juan, en el tren transnochador, los vagones parecían herméticas latas abierta con olor a rancios mejillones, caminar, hacer la danza del vampiro, acabar con los pies hecho faros rotos y volver a casa con el aliento anestesiado por el cloroformo del garrafón y el éxtasis, más rotos los oídos de una música de tambores rítmicos y baterías rocas de cocina. Pero la movida, la noche es cultura, es ocio, es vida con farolas, por eso se organizan en verano los conciertos de jazz o lo de Operación Triple K. Pero esto es la norma, sin hablar de la ya vieja ruta del «bacalao», que es otra de las peligrosas movidas nocturnas de un completo cóctel molotov fin de semana, latidos de las pasiones, más, allá afuera espera la guadaña de los accidente de tráfico por los jóvenes se han vuelto poetas del alcohol.

 

 

 

      14.- MIRANDO AL MAR 

     Ebrio del propio destino, angustia descalza del ayer, mansedumbre entre las manos, luz cuajada en tocinitos de cielo, caminé a duras penas en ejercicio rehabilitador y terapéutico una mañana de mayo desmayado en la luz, una de tantas mañanas perdidas en el amable almanaque de los días bobos hasta el final del paseo del Postiguet donde la solería geométrica y cubista esboza un final circular con plazoleta de tierra y olivar artificial, un paseo junto al mar, un pasodoble de mar, eres el  único mar que adoro y lo miro con ojos nuevos sin asperezas ni daltonismo, donde en el recodo final, frente la estación de los ferrocarriles valencianos, o autovías de hierro, enorme placer el viajar en tren, se admiran dos esculturas,  la primera, junto a la Cruz Roja es una mujer desnuda y tendida «Despertar» es su nombre aunque es conocida cariñosamente por «La Culona» de la escultora alicantina Margot, una mujer vital que no ceja en la creación artística. ¿No será acaso una Dulcinea acosada por el calor que se desnuda en estas playas alicantinas, porque le laguna de Ruidera queda lejos del Toboso?  Continuando la vara longitudinal del paseo hasta llegar al final de la glorieta, contemplé suspendido en el aire marino, un bosquecillo artificial de tres plantas mal peinadas y otros tres viejos olivos replantados, supervivientes de un huerto jubilado y eclosionado, posiblemente reconvertido en una zona industrial, y entre la luna verde del olivar apareció la cabeza gatuna de una mujer de bronce, inclinada la cintura sobre un marmóreo pilar, una dama no ibérica, prima hermana del Ícaro que el puerto sale del mar desnudos los dos con su tabla de winsurf. La broncínea mujer de parturientas caderas tiene los ojos de mar y olas pecadoras, mira al aire marino que es materia de lo místico, olas dulces que son de mármoles si me baño, arenas que son hojas si las piso, gaviotas que son águilas si la persigo, aparece bronce habitual habitado, verdoso esmeralda marino, es la joven desnuda de mis sueños, la que habita en mi cerebro erótico, la que con el látigo de su boca arranca las últimas prendas de mi coraza de seductor hipócrita y me dejo... La joven desnuda «Mirando al mar» limpio y almendrado, es una obra escultórica de Vicente Ferrer Molina (1999). La mujer es sibila real, secuestrada en el paseo de los pasos perdidos, sirena para siempre esperando a que llegue al marinero marido de la barba de tres días y las botas de agua amarillas, su amante o su esposo, que salió a la mar a pescar provisiones convertibles en euros. La escultura con su culo como dos planetas en colisión, al borde de la playa mira al sur, al borde del deseo mira al espigón guadaña de olas y remolinos, contempla con una mirada de juvenil felicidad un punto no elegido, distante en libertad, es esa mirada perdida en el horizonte de los paquebotes que a dos millas navegan diligentes con su carga de contenedores, cruceros por el Mediterráneo que a tu puerto hospitalario escala hacen, como un punto “santafaz” peregrino, descanso de turistas, puesto que nuestro “mare nostrum” desemboca en el cielo Mediterráneo. Nuestro aire marino merece un monumento de granito, por este clima gentil y mítico que nos protege de los cíclopes vientos del norte, amigos de la tos y del mal de ojo, la ruta y el silbar sin escala de solfeo. Tú mi mar y mi ciudad, sueño de la música del piano de mi corazón alegre, tal vez distraído en un mundo insolidario. 

 

 

 

         15.- LAS TARDES EN ALICANTE

       Entro en una de esas cafeterías con aire acondicionado de tu centro, Alicante, la zona acomodada de Maissonave, una cafería con terraza, donde, además de saciar el bocado del estómago, uno puede obtener la foto mental de una chica de esas alicantinas, bellezas o mises sin concursar. Luego, cuando he mirado y remirado a través de todos los espejos de la entrada, señuelo de crista, dejándome la percha en la puerta sin humildad, que no tengo abuela, me siento en un taburete giratorio, tapizados, palo gallinero vertiginoso, y al momento, como si una orden recibiera el camarero, que es de Bacarot, llega y me sirve lo de siempre, ¡qué pena más grande que te sirvan los de siempre!: un descafeinado de sobre con magdalenas, sin preguntarme si lo quiero o no de máquina, ¡qué dudas más existenciales tiene el camarero. ¿De sobre o de máquina? De maquinas no, por Dios, son los robot y no tienen sensibilidad. La taza es grande como un cubo de la fregona, a las magdalenas les tengo que colocar mondadientes para que no se pierdan en el océano negro descafeinado con color a barro encarcelado, a la sombra, las banderillas como mástiles de barcos en una maqueta de juegos de guerra, navegan por el mar de café. La chica que está a mi lado se ríe socarronamente, como si no prestara atención a los detalles mínimos de mis manías y yo, lento casi camaleónico alargo la mano silenciosamente y con la uña de mi dedo meñique le araño el reloj a la chica curiosa. Ella se sorprende de mi metálica caricia, jamás lo había hecho antes, pero un impulso incontrolado lo tiene cualquiera, porque los impulsos son siempre desagradables a media noche cuando hay que matar al cangrejo. Alicante ere una ciudad de talla media, una 48 en pantalones y un 42 en zapatos de caballero, las señoras con un 36 tienen suficiente para quejarse, cuando uno pasea por el centro acomodado y cosmopolita tiene la sensación de que muchas caras nos son conocidas, casa familiares, del roce visual de los años, sin saber cómo, por intuición ciudadana y la costumbre distinguimos a los indígenas de los foráneos, por ello, algunas veces, reconocido por la apacibilidad de sus ojos, a uno el entran ganas de saludar al peatón, a esos matrimonios tardíos que pasean cada tarde por las calles céntricas, el caballero detrás de la dama detenida en un escaparate, hablando con una amiga, tirando de la bolsa de la compra de los grandes almacenes. Eres una ciudad mimada tienes algo distinto y familiar a otras mega-ciudades, ¿Qué será? Sin embargo, te lo dirá su gente caminera, amantes del paseo después del crepúsculo, a esa hora en que la luz se incendia, diría un poeta de los muchos que en Alicante habitan encariñados en el aplauso de los ámbitos y tertulias. ¿Qué me arrastra a salir cada tarde a reconocer las aceras?, jaulas abiertas, bienes públicos de almoneda, posiblemente sea el deseo persistente, casi mágico de encontrarme otra vez contigo en la cafetería, enfrentarme a la batalla naval con magdalenas con el camarero de Bacarot y yo conformarme tan sólo con arañarte la esfera del reloj, mientras tú me sonríes a una tontería del impulso irrefrenable y la súbita memoria de las tardes y de la nada.

 

 

 

    16.- BIBLIOTECA DEL PASEO RAMIRO

    Más que un paseo es un rincón o plaza ajardinada tuya Alicante, hija de la cultura y de las obras municipales, donde antes,  existía una plataforma de cemento, donde podían aterrizar los helicópteros si tuviesen cuidado con la estilográficas palmeras con talle de bambú, y un árbol semi-tendido de hojas alanceadas que no sé como se llama la especie ni la familia y no quiero incurrir en errores botánicos porque luego se paga con una advertencia lingüística de mi amigo Gaspas. Había en su centro aparece un pequeño monolito decapitado por la guillotina de los ladrones de arte que se han llevado la cabeza o quizás anda en algún sótano municipal, era el busto del nicaragüense Rubén Darío, que en realidad tenía otro nombre que no quiero acordarme, la inscripción decía: “Ser español es timbre de nobleza: Rubén Darío”. El padre del modernismo poético, de Azul. De ese azul que dejó ciegos a los poetas y a muchos del G-27. El monolito pasaba por ser una donación de Nicaragua a la Ciudad de Alicante, fechado Julio de 1974. Cuando dejo mi coche aparcado cerca de la fechada de la iglesia de Santa maría, cerca del taller de reparaciones de antigüedades de mi amigo Vicente, se me acerca un empedernido gorrilla o antiguos guardacoches con sonrisa alcohólica y ojillo de alfiler se queda con la mano extendida esperando la propina o tasa bajo amenaza de romperte un faro. El hombre de la sonrisa alcohólica y el don de la ebriedad claudiana (Claudio Rodríguez y su don de la ebriedad) me es conocido, pues he observado que siempre viste con la misma chaqueta a cuadros de Cartitas.

    Se llama Ramiro y es tocayo del Ramiro de la plaza, nadie le ha preguntado cuántos trienios lleva en el parking, cuántos hijos tiene y se ha leído el Ulises de Joyce, yo le doy 1 € porque yo también soy alcohólico.  La Biblioteca Pública Provincial de la Generalitat se encuentra en la desembocadura o delta de unas escaleras de mármol gris que posee un meandro y una isleta central, la cual eleva al visitante a la altura de un primer piso. En un descansillo o bando de arena siempre hay chicos y chicas embarrancados en las escaleras, esperando una cita o hablando de exámenes u oposiciones. .  Desde que fortificaron la plaza con oxidadas chapas metálicas, mamparas de defensa contra un ataque naval, aquello parece un blocao, además ya no está Ramiro el gorrilla que amenaza con romperte un faro.

   La puerta de cristal me da entrada a una antesala donde mamparas exhiben panfletos, folletos o carteles de concurso de pueblos que nadie conoce y que desde luego no te van a premiar. A la izquierda la sala de lectura con arcos detectores de robadores de libros, un mostrador con funcionario de prisiones de libros viejos, y al fondo los sillones bajos, incómodos, despojos seguramente de algún reacondicionamiento del despacho oficial de un funcionario de la clase A. Los anaqueles con libros y revistas o prensa diaria que aguardan el turno de los lectores silenciosos y bien educados. ¿Te gustan los libros, amada Alicante mía, sabes leer? Nunca te lo he preguntado, al menos la gente compra libros, que los lea o no ya es otra cosa, aunque las bibliotecas están llenas de esperanza en papel que molieron los batanes quijotescos, la proporción de lectores respecto al medio millón de habitantes es ridícula.  Hemos de acostumbrarnos, los hombres mediterráneas somos charlatanes más que lectores, porque nuestra sangre tiene algo de misterio, de mítica de la luz celestial, de sal marina, de fuerza extraña, de noches en bares y farolas en el puerto de las discotecas que madrugan y cabalgan en la noche persiguiendo las educadas y discretas columnas hasta llegar a los sótanos del mar y del puerto, donde los coches descansas en sus pesebres. Hasta otro día biblioteca. Aunque a mí me gusta más escribir que leer.

 

 

 

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                    Alicante, junio 2000