Don Quijote en la aventura de los leones

 

                        Adaptación cómica  de la obra de Cervantes por Ramón Fernández Palmeral para un  entremés.

                       Tres personajes: Don Quijote, Sancho y Pedro el carretero.

                       Narrador el propio don Quijote.

 

                                                                                       Primera escena.

Entrada don Quijote al escenario con la cabeza vendada, la  armadura rotaen el brazo y la camisa fuera y cojo.

   

    -Pido perdor a vuesas mercedes por presentarme de esta guisa en este castillo ¿o es venta?,  pero no importa, veo que princesas, damas y algunos caballeros principales y hasta pajes con trompetas; es que acabo de tener una terrible batalla con unos gigantes, otros dice que son molinos de viento, pero yo les puedo asegurar que eran gigantes encantados con el aspecto de molinos de viento, tenían largos brazos y cortos cascos. Vencido he quedado  en este primer lance, pero les aseguros a vuestras mercedes, que se ha de repetir el encuentro.  Por elllo vengo con esta pinta, la celada rota, la cabeza vendada, la armadura destrozada, porque estos armeros de Toledo cada día  forjan peor los aceros. Ésta (señalando la armadura) tiene a penas un año, y miren, miren como ha quedado…

    -(Sigue el monólogo) …les juro por belcebur que  estoy algo aturdido, y  no puedo presentarme porque no me acuerdo de quien soy, ¿vuestras mercedes me conocen a mí?... (pausa, esperar la repuesta del público. Será positiva), pues sí que llegan prestas las noticias a lugares tan apartados como estos.  Ah, sí, ahora me viene luz a la memoria…,  yo soy de un lugar de la Mancha de cuyo nombre no me acuerdo, aunque si me acordara tampoco se lo diría (risas),  bueno  mejor es no acodarse.  No ha mucho tiempo que vivía allí, yo era de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, de comer una olla de algo más vaca que carnero, salpicón la más noches, duelos y quebrados los sábados, que por cierto están de muerte ¿Sabéis que guiso desaguisado son los duelos y quebrantos…, pues son huevos fritos con tocino. Lentejas los viernes, a…(muestra de asco), y algún palomino de añadidura los domingos, componían las tres parte de mi hacienda, el resto de ella concluía con sayo de valarte (se señala la ropa), calzas de velludo para las fiesta, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana me honraba con mi vellorí de lo más fino (toco la camisa).  Tenía en casa una ama que pasaba de los cuarenta,  y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Hace tiempo que frisaga con los cincuenta años, soy de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rosto, gran madrugador y amigo de la caza, y amigos de mis amigos si es que hay amigo en este mundo.

   Lo que os voy a contar ahora es verdad, estad atentos porque no es ficción, aunque las malas lenguas dicen que estoy loco por culpa de leer libros de caballería, como si leer fuera contagioso o enfermizo. La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera a mi razón enflaquece, que no razón me quejo de al vuestrra fermosura... ¿Dónde estás señora mía/ que no te duel mi alma? Nunca fue caballero de damas tan bien servido cuando a su aldea vino, doncella cuidaban del y princesas de su rocino... (Se dirige a un espectador del público “Vos bellaco, no creeís en verdad que yo soy don Quijote, estáis en contra de la oponión de la mayoría…”.

 

                                                                                             Segunda escena

  Veníamos Sancho y yo por los campos de Montiel, junto al Caballero del Verde Gabán, cuando Sancho se desvió del camino para comprar un poco de leche  a unos pastores que por allí ordeñaban a unas ovejas. En esto que alzando la cabeza vi que por el camino  venía un carro con dos o tres banderas pequeñas, sin  duda banderas reales, seguro habría una nueva aventura.

  -¡Rápido, corre, amigo Sancho, dame la celada, que yo ayudo a quien me necesita y ahí hay aventura. Voy a tomar mis armas. Tengo enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de acometer.

  -¡Vaya ¡ Olvidé sacar los requesones… (Sancho Le da la celada a todo prisa y echándose mano a la cabeza).

   Y don Quijote  sin que echar  de ver lo que dentro de la celada venía, con toda prisa me la encajé en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzaron a correr el suero por todo mi rostro, barbas y rostro, tal susto tenía que recriminé severamente a Sancho. (Se pone en la cabeza una gorrilla de beibol).

    -¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y no será por miedo… Dame, si tienes, con qué limpiarme, que el copioso sudor me ciega los ojos.

   -Tome mi amo un pañuelo –dijo Sancho- y despéjese la vista (le da un pañuelo de papel).

  - Pero ¿es que ya han inventado los pañuelos de papel?

 (Sancho dirigiéndose al público y haciendo la señal del loco). -Es que vive en otra época. Amo, es que  son de usar y tirar.

    -Aquí de tirar nada, -murmura don Quijote.

   Se limpia la cabeza, la cara y la barba y huele el pañuelo donde estaba aquella gachas. le echa la bronca a Sancho.

     -Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí me has puesto, traidor, bergante y mal  escudero,  vergüenza de tu mujer y de tus hijos, mal amigo, me quieres humillar delante estas mercedes. Olvídate de las ínsulas prometidas.

    -Por favor mi amo -dice Sancho (llorisqueando)- Le juro por al princesa y empreatriz de la Mancha,  que no he tenido nada que ver. Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré... Pero seguro que fue el diablo que ahí los puso. ¿Cómo se atrevió a ensuciar el yelmo de vuesa merced? Esto se debe a encantadores que nos persiguen a mí  a  vuesa merced. Si yo tuviera  leche o requesones, antes los pusiera en mi estómago que en la celada de vuesa meced. Son diablos que nos hacen la vida incómoda.

  -Todo puede ser (don Quijote perdonándole), te perdono,  ayúdame a montar  a Rocinante y dame la lanza (me darás  mi bastón).

  -Tome vuestra lanza que la afilé ayer.

   -¡Así de delgada se ha quedado...! (Mirando el bastón) Ahora, venga lo que viniere, que aquí estoy con ánimo de enfrentarme  con el mesmo Satanás en persona.

    Llegó en esto el carro de las banderas conducido por un carretero, y dos mulas.  Me puse delante del carro y lo detuve.

  -¿Adónde vais, hermano? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son acuestas?  ¿De donde sois, como os llamáis? (aquí puede entrar Trinitario)

  -Me llamo Pedro y soy de Callosa.

  -¿De qué Callosa?

  -De que Callosa va a ser, de Callosa del Segura en Alicante, cerca del puerto de Cartagena donde me han cargado el carro con dos leones, y los llevo a la Corte. Son dos bravos leones enjaulados, ¿no los ve? Regalo del sultán de Argel.

     -Yo he oído hablar -le pregunta don Quijote- de un tal arzobispo Loazes que fundó una Universidad en Oriola. ¿Conoces al poeta Francisco Salinas y a Santiago Moreno ya aun tal Vicente Bautista se fue an trabajar a Flandes...,(a estas preguntas el carretero afirma con la cabeza) y a...¿son grandes los leones?

    -Tan grandes –el carretero de Callosa-, que no los hay más grandes en toda África, qué digo África en el mundo entero. Son hembra y macho y ahora van hambrientos porque no han comido hoy. Quítese de delante de carro que tengo prisa en comer.

     -Comer o no comer he ahí la cuestión -dijo Sancho.

    -¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas?  Apeaos, señor Pedro el leonero, y abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera, que en mitad de esta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha y descubrir a los  encantadores, y a quien  me  los  envía.

   -¡A…A…A…amo! –tartamudea Sancho-, que son le…,le..,leones de verdad y no hay encantamiento. Que yo le he visto las uñas y son como montañas.

    -¡Voto a Dios, don bellaco, que si no abrís ahora mismo las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!

   -Señor mío -dice el carretero de Callosa-, dejadme al menos desatar a las mulas. Sed testigos que forzado la abro y de nada soy responsable.

   -Pero señor –decía Sancho casi llorando-  le suplicó desista de tal empresa, esta es peor que la de los gigantes y los molinos.

    En tanto que el leonero abría la jaula primera, estuve considerando si sería mejor hacer la batalla  a pie que a caballo; y, en fin, determiné con pie a tierra, temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones lo até a un pino. Salté del caballo, embracé el escudo y desenvainé la espada (ahora bastón como espada), y con corazón valiente, me puse delante del carro, encomendándome a Dios y luego a su señora Dulcinea, de todo corazón.

 

                                                                                            Tercera escena

   Pedro  abrió de par en par la puerta de la primera jaula, donde estaba el león macho, el cual pareció de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo el león fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi dos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de bravatas mías, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y  me  enseñó sus traseras partes, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual mandé al leonero: “Dale palo, irritale, que echarle fuera”. Le miré fijamente a los ojos, deseando que saltase ya del carro y viniese sobre mí,  a mis manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos y descubrir en sus entrañas a los encantadores que me lo envía.

    -Eso no haré yo -respondió Pedro-, porque si yo le instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí mismo. El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir, o no salir; si no ha salido  no saldrá en todo el día. Si al desafiar a un enemigo este no acude, la infamia será del que huye.

    -Vale, qué vamos a hacer -respondió don Quijote-: cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto hacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no salió; volví a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar.

   -Que me maten –dijo Sancho- si mi señor no ha vencido a las fieras bestias o como les llamen.

   -Volved, hermano, a uncir vuestras mulas –dice don Quijote) y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale dos Euros.

   -¿Euros señor?, que son Euros.

   -Bueno da igual, escudos de oro -dice don Quijote-. En recompensa por el tiempo perdido. (Dirigiéndose al público. Dice que no sabe que son Euros, que se lo pregunten a los pensionistas ¿Cuánto vale un Euro o una arroba de aceite...?

    -Se los daría de buena gana -respondió Sancho-; pero..., ¿qué han hecho los leones? ¿No se sabe si están vivos o muertos?

    -Sancho, qué le vamos a hacer, otra vez los encantadores, magos y malandrines han querido quitarme la gloria de la aventura. Pero yo no tengo culpa que los leones no hayan cumplido con su oficio de afama fiereza. Págale tú Sancho porque  está escrito que los caballeros andantes no llevamos dineros encima, para esto están los escuderos, para los asuntos domésticos.

     Cuando Pedro recibe los dos escudos de oro, éste le besa la mano a Sancho.

   -Le prometo que  contaré esta valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte llegue. ¿Y si acaso me pregunta el rey  quién hizo esta hazaña, qué le digo…?

    Dile que fue el  Caballero de los Leones, que de aquí adelante es  como  quiero que se me llamen y no el de la Triste Figura.

    Y el carretero siguió su camino.

   -Le advierto señor Pedro que no soy tan loco ni tan menguado como parecen mis acciones. Que el valor consiste en superar el miedo.

                                          FIN

 

 

                                                           

                                                          

  

 

 

 

                               Reservado los derechos de copia sin permiso de su autor: ramón.fenández@ono.com                        Año  2006