PASIÓN MEDITERRÁNEA
Por Ramón Fernández palmeral
Pasando por el Cabo de Gata en Almería
Querida amiga Eloisa, sin dos puntos, qué gusto al ver este azul encima de mí fornicándome y dejándome su semen de espumas y palomas sobre mi cuerpo de mujer despreciada por el destino de los hombres inmaculadamente atractivos y seductores, ¡qué lejos quedaron los días de nuestros desafueros y de nuestras pasiones, amores furtivos, inconcientemente hermanos! Necesito ser amada por un ser que me admire, que me haga sentir halagada y recibir apoyo emocional, como de la misma sangre cuando te estimulas, de los mismos huevos de palomas que volaron al fin del mundo y de las estrellas, pero a la vez que no me persiga y que no espere nada a cambio de mi entrega rendidamente incondicional y tuya, porque soy pasión.
Esta mañana de primeros de julio, aunque la mar es como dama tendida, esperando ser tomada por un varón fornido, calmada tras el orgasmo de primera hora, se ve cómo las olas ruedan y fornican, otra y otra, incansables contra el negro y rocoso acantilado volcánico como si las rocas duras y erectas necesitaran calmar su sed de amor y espumas, la calina en los cerros salvajes de caolín, ocres y cadmios aparecen sobre el morrón de Genoveses, y el sol empieza a reverberar sobre la superficie metálica del mar donde fondean las gaviotas. Desde la cubierta de este velero a motor, romántico de velas y jarcias, te escribo estas cartas mansas, subyugadas a tus recuerdos de aquel viaje a Roma, como una parada necesaria, como un escape agradable en mi destino de aventuras y viajes a Italia, destino en brazos del abismo de la nada, buscando en Eros una respuesta, con una mirada locamente sincera, tal vez de poeta latino, con el calor de una copa de un vino rojo en la cubierta del Cormorán, en esta singladura en que navegamos apacibles, viva la vela por un aire sublime y misterioso que bordea el Cabo de Gata, en las costas de Almería, pasada su gran bahía y la Piedra Laja que viene en las cartas marinas como peligro de naufragio, hacia el levante de brazos cansados, y el mar como único testigo de nuestra pasión, este pedazo de azul líquido, espejo anclado en sus pupilas marinas, echando todo su ser sobre sí mismo, levemente húmeda la lengua, que como un latido te mantiene siempre alerta, a la defensiva, como un enemigo invisible, a veces brutal, cuando quiere, y te domina, y te posee, y te hace libre..., un verdadero traidor, he visto marineros escupir al cielo, pero hoy el mar no tiene sinónimos de pacífico, es como tocar un fragmento de eternidad, las semilla de la tierra, el cristal de luna, la cerámica vidriada de su piel
El amor debe durar poco tiempo, porque la pasión es efímera, recuerdo aquellos dos meses que pasamos en Roma, el tiempo justo de entregarnos al amor, a probar a querernos, al agasajo, y tú me dejabas flores, muchas flores sobre la mesita de noche, tu buen gusto al acariciarme con cariño de querer y buscar orificios nuevos, me sentía fascinada por ti, porque me gustaba tu pelo, y tu mirar me alcanzaba como un dardo, pero esto no puede durar, la pasión no puede durar eternamente. Una mujer no puede casarse con el amor eternamente. La pasión se pierde como la espuma del mar. Y lo nuestro, no es que haya desaparecido, acabado, no es que de pasión ha pasado, sino que ha pasado a la fase de cariño fraternal, querer, y yo que como sabes soy algo inestable quiero seguir buscando el deseo sexual por encantamiento de todo, la fascinación de lo inigualable. Quiero probar la carne de varón, porque hay que probarlo todo ¿no lo crees así? yo seré siempre tuya...
Por esto, y por todas las cosas que nos traen memorias a la soledad de un tiempo que pasó frente al elemento de Poseidón en Iatalia, te hace fuerte ante la vida, te fortaleces, te fortificas, te fraguas desde el infinito interior un fuego de ilusiones y hoy tiene yo como el mar tiene ese color cobalto que tanto usaron los impresionistas, y está tan quieto que las ondas del mar, producidas por el navegar de nuestro velero, rebotan en la costa y vuelven a nuestro encuentro, mientras la aguda proa de griegas naves, va prolongando el isósceles triangulo de nuevas ondas, de pasiones que son fraguas coléricas de metal fresco que se marchita en el rayo que no cesa.
Emilio y yo, yo y Emilio, ¡oh Emilio!, que bueno está jajajaja... Los dos navegantes solitarios, somos felices, estoy contenta sin saberlo y a cada momento como los animales cuando se cortejan lo hacemos con afán de conquista, ¿me entiendes? El ejercicio del amor es duro porque grande es su recompensa, unidos por el cuerpo, atados por la soga de la vida, vivimos en el mar, sobre el mar, encima del mar y sobre las alocadas olas que el viento mece como un campo de trigo aterciopelado de un lado a otro, seducidos por el viento sur caliente, que chupa y engendra como la mano me mesa los cabellos de viento y de mar amantes, en este velero de doce metros de eslora y no se cuánto de puntal, y de vez en cuando bajamos a tierra para sentir la nostalgia de las piernas y como anfibios saltarines que han descubierto la seguridad de la tierra, el asalto al costa colonizada, caminas a cuatro patas olfateando la firme vida a nuestro frente. Cuando veo este mar de caprichosos destellos de luz impresionista sobre su propia y desnuda liberación, desnudo como un bebé, no puedo por menos que recordar los cuadros del pintor marinissta Esteban Arriaga, una exposición que vi de él en Torremolinos, fue marino y le dio la vuelta al mundo en el Juan Sebastián el Cano.
Me encuentro como suspendida en el aire, leve, pluma, tan leve que podría echarme a volar como los cormoranes pescadores o las gaviotas reidoras cuando bucean en el aire acompañadas de sus graznidos, son peleonas, salvajes, ladronas, casi humanas, y este ser azul es un lugar salvaje, prehistóricamente volcánico, difícilmente comparable a ningún otro espacio natural de los que recuerdo haber visto a lo largo de esta costa andaluza, donde el corazón muge y grita su dolor, su propio e invisible dolor. El amor es volcánico, por ello no puede durar siempre, yo quiero la pasión del amor, soy adicta a cambio, sabe muy bien que no soy ni puedo ser sedentaria, una compañera fija al timón de un hogar aburrido y diario, domestico, ¿Qué tiene de aventura la vida tras un matrimonio? Yo creo en la vida sin el amor. No quiero trabajar para vivir y pagar a los bancos.
Este amanecer amarillento me sabe a pomelo, el sol acaba de poner en el horizonte su fuego de luz, su huevo de paloma divina hermosura, perfume de metal azul, todo el cielo se ha iluminado como quien entra en una habitación y ha encendido la luz cegadora, navegamos perdidos en la mirada de un mar que se abre en labios metálicos, en besos que venden cada día sus vientos, en la búsqueda y también en la huida, caminos en ruina de un tiempo que se va entre mis manos, sin posibilidad de cadenas que lo retengan, mar de fondo de la poetisa Ana María Navales. Emilio se ha humillado entre mis piernas. Emilio sabe que no puedo resistir su mirada, sus cabellos ensortijados, yo me entrego, me dejo licuar por los orgasmos. El sol es amarillo cadmio claro porque atraviesa muchas capas de pensamientos fallidos que vagan con la calina del mar Mediterráneo en esta estación de evaporaciones, la bruma se compone, sin que lo sepamos, de un poso de pensamiento, de nuestros errores y de nuestros fracasos, por eso no es limpia ni transparente, la bruma es la oscuridad del alma. El olor a algas se levanta brotando hojas, flexible e el deseo de entrar por la nariz y alojarse en el recuerdo del alma. Sabes que yo amo al vida, no amo el trabajo, yo amo al amor, a la libertad. Porque en el fondo tengo miedo a atarme, de que me amen con expectativas, de a cambio de qué. El amor siempre busca algo a cambio. Por eso, yo, inconcientemente huya, escape del amor abrumador, de la responsabilidad de un matrimonio. No creo en el matrimonio, creo en la pasión corta de un par de meses y ya está.
Emilio y yo somos dos pestañas perdidas entre las luces del océano, ¿dónde está el océano peguntó el pequeño pez a su padre, dónde está el mar, quiero ver las olas?, sedientos de amores carnales a la deriva del aire de un sueño olvidado o de un deseo lleno de fantasías eróticas, de mentes comunicadas y silencios no necesitados de interpretación. ¡Qué a gusto me encuentro! Es como un museo único en el mundo. Refugio sublime de las formas. Las caricias de Emilio me atraviesan la piel en un arte oriental de acupuntura seductora o como camino de hormigas obre mi espalda tatuada, si caminara sobre mis espaldas las uñas de un escorpión rubio, su atenciones sobre mí es continua y refinada, que lástima que sea un hombre forzado por el dinero, por un corto contrato de alquiler, está mi servicio. A veces creo que necesito un poco de dolor para sentir todo el placer.
No quiero perderme este amanecer con detalles. La luz se calza de rayos, el marrón de los altos cerro de la costa contrasta con el azul solitario y divorciado de nubes. El amanecer ha desplegado todo su esplendor como un proyecto de día y siento que a la vez es un hilo frágil, la poesía de la incertidumbre, la posesión de la luz que me penetra, que me eriza los vellos, vientres, pubis, pezones, placer de chupar, libar. En un momento de éxtasis en el que me encuentro llena de fuerza, llena de pasión por dar, por dar algo de mí, por saber qué tengo dentro, por eso voy a empezar en serio a escribir esa novela que siempre desee escribir, y la que lleva en mi cabeza tantos años formándose. He dejado de leer “Los emigrantes” de W.G. Sebald tiene un alemán arcaico. En cambio me he sumergido en el español, y he empezado una novela de Rosa Regás que se llama: “Azul”, muy acorde con el viaje que estoy haciendo.
En la bahía de los Genoveses a 6 de Julio
Mi no olvida Eloisa, amiga, hoy el mar es una idea de paz absoluta, las olas fornican con el costado del velero, manso como una piel recién besada, lamida, “sucia de besos y arena”, como escribiera García Lorca en Romancero gitana, con esta amplia y cerrada bahía forma un semicírculo perfecto rematado por un brazos rocosos acabado en un morrón, es como un puerto natural al abrigo del poniente, parece como si estuviéramos en el cráter de un antiguo volcán, la luz es un arco de silencio, el mar, inalterable en sus ciclos, un espacio para la contemplación, la brisa delicada me acaricia, está cariñoso tanto o más que Emilio que con su lengua navegó toda la noche sobre mi piel rizada hecha un mar fosforescente, me he despertado temprano bajo este cielo a sueldo, borracho de azul de seda, como te iba contando, a pesar de que no te puedo olvidar he de seguir hablándote de Emilio. Son tantos su defectos que me vuelve loca, no tiene educación, es un bromista, carece del sentido del ridículo, es extravertido y en el fondo un salvaje, sus arbitrarias enfermedades del alma le exigen variar de hábitos amorosos constantemente por no decir de mujeres, se aburre con lo de siempre, por eso pienso en ti mientras hago el amor él, pensando que haríamos un trío fenomenal. A mí me ha tocó ser con suerte su última ama, y no porque me vaya a casar con él, sino porque quiero sacrificarlo, sí así de censillo matarlo tal y como hicimos tu y yo con aquel chico italiano, no me arrepiento, lo hice porque me lo pediste y, sin razón que tenga explicación, conque lo hubieras deseado para mi era suficiente. Emilio es ideal para sacrificarlo en gloria de nuestro amor.
Tú también lo matarías, sin poderlo remediar, sin poderlo resistir, si lo vieras tan formidable en la cama, tan fuerte, tan musculoso, tan inteligente a pesar de que no hablar alemán, todo es un mástil, todo es navegar, beber del salitre libre del mar con un velero que se ha comprado de segunda mano y le sirve como vivienda, su casa es el barco, un velero de un palo y un foque doce metros de eslora, tres de manga y cuatro de puntal, más un pequeño motor auxiliar de 25 caballos. Y por esas imaginarias enfermedades no del cuerpo sino del alma, exige de sus clientes femeninos una constante atención, mimos, cariño: amarme con la misma intensidad con la que yo os deseo, confiesa con vanidad desmedida: no puedo amar a todas las mujeres que me han comprado y, cuando termina el contrato, algunas no lo pueden soportar y se suicidan. Siempre que tiene oportunidad de decirlo, me lo suelta, como previniéndome contra la catástrofe, quizá, inconscientemente, suplica mimos maternales, mimos grandes, singulares como a ningún otro hombre le pudiera dar una mujer, o tal vez, es una forma casi tiránica para llevarlas a su voluntad a través de provocar lástima, (arma nuclear muchas veces infalible, por ella muchos mendigos comen diariamente de rodillas en una acera o en la puerta de una iglesia con la mano abierta y extendida como la garra de un cernícalo muerto), y es que a las tía les encanta ejercer de madres como un veneno que le escurre por el coño, dice sin ningún pudor.
Emilio y yo nos hemos bañado desnudos en la bahía de Genoveses cerca de unas piedras blancas, el agua es de una transparencia de silencios dormidos, de soledad interior orgánico, bucear a pulmón libre con gafas de submarinista es alucinante y sorprendente, los fondos marinos con sus tonalidades de rayos solares me devuelven a un mundo de fantasías y de seres vivos, la magia de los fondos con sus secretos. Emilio se acercó a las rocas y cogió una bolsa de erizos para comerlos crudos porque dice que son afrodisíacos, con la mala fortuna que se cortó en el dedo gordo del pie con un objeto desconocido, posiblemente con la arista de un mejillón, luego devolvió al mar los punzantes afrodisíacos azabaches. No dejaba de sangrar, y decidimos buscar un servicio sanitario en el pueblecito más próximo, uno pesquero llamado San José, situado en una bahía próxima dirección levante.
Puerto de San José (Almería), a 7 de Julio.
Querida Eloisa: Me vendería por ganar un premio literario. No he dejado de dedicar horas a mi vieja novela de la que todavía no tengo título, el tema es el viaje de dos escritores que se unen para revivir el vieja de Odiseo de Homero por el Mediterráneo, ¿interesante verdad?, y este mar y este cielo me sirven de inspiración. El narratorio es una chica que se llama Anita, que acaba de terminar Ciencias de la Información y la escribe igual que yo durante un viaje por mar, junto a un amigo llamado Marcos.
Este lugar es el ideal para escribir de lo que tú quieras. La claridad hiere entre los azules, los marrones, los amarillos, las playas en arco y las chumberas abancaladas en función de ser cultivadas, lo salvaje se convierte aquí en cotidiano. Al fondo a la derecha sobre una colina se ve la silueta de un molino de viento quijotesco, en las cañadas crecen eucaliptos sedientos. Una vez leí un libro que hablada de los Campos de Níjar, ahora no recuerdo el nombre de su autor. Me pareció interesante sobre todo por el vocabulario nuevo de plantas y lugares.
Querida Eloisa, dirás que estoy loca, sí que lo estoy, estoy loca de felicidad, como también es verdad que estuve loca por ti, antes de que te casaras y tuvieras los maravillosos hijos que tienes. no recuerdo haber sido tan feliz, nunca. No debería hacer manifestaciones de mis sentimientos, exteriorizarlos es de mala educación según el criterio de nuestra profesora de moral en el internado, pero me he contagiado de la forma de expresión de los latinos, aquí la gente te cuenta todo sus sentimiento y no pasa nada, se desahoga con cualquiera, en el autobús, en el supermercado... He preferido alquilar un crucero con marinero incluido, la compañía de un hombre mediterráneo, con lo melosos que son, que te comen con los ojos, no tiene comparación con nuestros compatriotas alemanes, aunque tú nadie sabría decir que eres: mezcla de padres italo-suizo y madre eslovaca. Emilio y yo nos lo contamos todo, nos liberamos en el diálogo, quiero que me enseñe la jerga del mar, quiero aprender frases coloquiales de bis a bis, nos desinhibido, me enseña la jerga pornográfica del amor, por eso le pido que me hable por las claras como salvajes en el amor, porque el oído también es un órgano sexual, pero cuando te lo dicen en español sueña mejor que en alemán o francés. Aquí en medio del desnudo mar no guardamos ninguna compostura o regla social igual que hacíamos en la Residencia para chicas en Ginebra, y cuando me apetece y para practicar, sin “tapujos” (palabra que he aprendido) le digo: Te voy a comer la polla, así de sopetón tal y como él me enseñó a decirlo, él se ríe, le agarro del brazo y me lo llevo al camarote del Cormorán, otras veces ocurre en la misma cubierta, y allí se la como, mientras él se come la fruta de Eva. Le he prohibido que me llame froilan, quiero que me llame nena, cachito de cielo, me encanta. De la última vez aún retengo en el paladar el olor de su piel en el prepucio, la noche estrellada en la gran había de Almería, con la ciudad iluminada al fondo, su alcázar que no es castillo según Emilio iluminado sus muros con una luz hepática.
Hasta ahora no había intentado escribirte porque no encontraba la postura para sentarme, mis manos han estado muy ocupadas con otros instrumentos de precisión, ya me entiendes..., además, estaba achicharrada, los primeros días de Julio tomé desnuda el sol sin protección, no se me ocurrirá más, me salieron algunas ampollas en la espalda, y los senos no había quien me los tocara. El sol de España es un criminal abrasador, te acuchilla la piel, pues como no te protejas te abraza viva como en una hoguera de la Inquisición.
San José, 7 de Julio por la tarde del 1982.
La hemorragia en el dedo de Emilio se ha cortado, menos mal, ¡qué susto más desagradable!, yo estuve chupándole la herida para limpiársela de cualquier suciedad y luego le hice un apósito, en el velero llevamos un botiquín elemental. Hemos atracado en uno de los pantalanes del puerto escondido bajo un elevado acantilado gris y cubierto de menchones de esparto, toda una joya engarzada en el Gabo de Gata, región volcánica como te he contado, negra como raíz de encinas, árida como un Sahara traído hasta aquí. La torre de control del puerto con una arquitectura propia del desierto, encalada en blanco chirimoya, se mete entre las rocas de un gris siena tostado. El atraque nos salió relativamente barato, si tenemos en cuenta las fechas veraniegas, teníamos que desembarcar, después de una semana en el velero, había que ducharse con agua dulce, poner los pies en tierra, sentir de nuevo la firmeza del suelo en los pies, y aunque yo no me mareo afortunadamente lo necesitaba. Una vez en el puerto nos advirtieron que el pueblo de san José era un pueblo fantasma, puesto que carecía de toda clase se servicios: agua, teléfono, no había médico estable sino que venía uno de Níjar dos veces en semana, aquel pueblo se reduce a veinte fuegos, un par de bares y una tienda de ultramarinos, muchos chalet de señoritos almerienses y algún que otro alemán ambicioso de sol. Pero el marinero o vigilante del puerto, que se nos presentó como Celedonio para toda clase de servicios, un hombre mayor con gorra sucia de marinero y manos cortadas por el sol, nos informó que en el Pozo de los Frailes estaba la botica de la tía Encarna, a la Farmacia le llaman aquí Botica ella tiene melicina y ungüentos, D. Juan el médico está en Níjar a más de treinta milla de aquí en el desierto. El Pozo de los Frailes está a un kilómetro de San José por la única carretera asfaltada que sube hacía Almería y los Escullos, pero como Emilio no debía andar le dijimos a Celedonio que nos pidiera un taxi, aquí no hay taxis señorita, esto es el culo del mundo, aquí no hay na de na, estamos lejos de cualquier parte. A lo mejor mi sobrino Sebastián puede llevar con la camioneta. A nosotros nos venía bien cualquier medio de transporte con tal de que alguien asistiera a Emilio, así que aceptamos el servicio del sobrino, un hombre delgado, de un moreno casi gitano, y una mirada poco de fiar, vestía de negros y llevaba una faja en la cintura, alpargatas de una lona de color desconocido. En la cabina de la camioneta nos metimos los tres, yo en el centro con una minifaldas para hacerle más agradable el viaje a Sebastián, porque en el retorcido pensamiento de los españoles siempre está la necesidad de parecer un Don Juan. El Pozo de los Frailes son casitas bajas de pueblo de costa con terrazas que aquí llaman terrao, se derraba en una loma cerca de un oasis y un pozo que también llaman noria de agua, que de ahí le debe venir el nombre, aunque no vimos ningún monasterio de frailes, subimos por unas calles estrechas y empinadas, oscurecía, unas farolas amarillas mercurio pestañeadas en las paredes encaladas vomitaban cierta tristeza. La botica era simplemente el comedor de una casa antigua, tía Encarna aquí le traigo a un herio, y Sebastián no entró tras dar la voz.
La mayoría de las mujeres del Pozo de los Frailes visten de negro, yo creo que para confundirse en la noche, algunas nos miraban desde la ventanas entornadas sin cristales, un rebaño de niños se acercó hasta nosotros y a un mocoso medio tonto le tuve que dar una moneda no sé de cuanto.
No corría aire y provocaba que el terral impidiera respirar, el calor parecía propio de una caldera de barco de vapor.. Una porción de luna apareció en el cielo como una tajada de melón. La tía Encarna le hizo una cura a base de sulfamida a Emilio, y cuando salimos la camioneta de Sebastián se había marchado, qué contrariedad, San José quedaba cerca y lejos a la vez, según sea el caminante, bajamos andando hasta la carretera, en la puerta de un bar llamado León, estaba un asqueroso inglés mayor con una mujer, cuatro ociosos hombres jóvenes bebiendo cerveza empezaron a silbar en una tonalidad de piropo que enfadó a Emilio, las caras de aquellos hombres sin afeitar no me gustó nada. El colmo del enfado llegó cuando uno de ellos me dijo tía buena, creyendo que Emilio, por su pelo rubio, también era extranjero y no entendía, Emilio se acercó hasta la terraza del bar a la que había que subir tras unos escalones ¿quien es el cabrón que me lo repite? Ninguno de los hombres que bebían cerveza replicó, salió de dentro un camarero con bigote aquí no quiero peleas, ¿es que no sabéis respetar a las personas?, largo de aquí, y lo jóvenes, sin afeitar, morenos y bebedores de cerveza se fuero calle arriba. Emilio me explicó que en España era muy importante hacerse respetar y sobre todo cuando vas con una mujer, no lo entiendo de verdad.
No había nada tan estúpido en aquel lugar como hacer autostop, no pasaba un coche ni hacia arriba ni hacia debajo de una carretera estrecha y asfaltada. No sé de donde salió el pintoresco inglés y la mujer con un coche y nos pitó para que subiéramos corriendo pues la gente del Pozo se nos acercaba como mendigos pidiendo limosnas. Cuando le contamos el accidente y vio el dedo maltrecho de Emilio se ofrecieron en llevarnos al médico de Nijar, y una vez colocados los puntos y vendado el dedo nos trajeron de nuevo al velero. Para nosotros aquel acto samaritano requería una recompensa, y quedamos que por la tarde le invitábamos a cenar. Aceptaron gustosos y nos propusieron acudir a Casa Sebastián en la Calilla de San José. Cenamos junto a los nuevos amigos salvadores, yo con mis reparos, ya sabes que no soporto a los ingleses, pescado frito y una pinta de cervezas en uno de los bares del puerto de San José, muy amables hasta que pagas, la discoteca debía esperar para mejor ocasión. La tajada de luna era ya una gran porción de queso coronando la noche líquida y mágica. Las estrellas fugaces desplumaban la noche en carnaval de latidos inaccesibles. Late la noche con claridad de telescopio, jamás vi tantos ojos en el cielo, tantos cabellos de ángeles peinando a los astros en el Camino de Santiago o Vïa Láctea. Muy de madrugada volvimos al barco, aquella noche no hicimos el amor, ya forniqué con las estrellas.
Levantamos ancla y costeamos por la concha del mar. A la izquierda se alzan altivos dos montes gemelos, idénticos, debajo, cerca de la costa se explota sin piedad una cantera de arenisca blanco marfil, son las consecuencias de la industria que encuentra en la tierra el más ocultos y preciado de los tesoros: la minería a campo abierto.
Garrucha, a 10 de Junio.
Querida Eloisa, como verás mi novela tendrá gran éxito, a quien no le fascina el Mediterráneo, las islas griegas, los clásicos. Ahora tengo paz espiritual y ese tiempo que antes no tenía, me gustaría escribir algo grande como el Adriano de Margarita Yourcenar. Dicen que era lesbiana como nosotras dos.
Sobre las once de esta mañana, con un agradable calorcillo sobre la cubierta del Cormorán, Emilio soltó dos cabos de los norays del pantalán y dio un brinco para abordar el velero que había sido liberado de las ataduras al continente, arrancó el motor de varios latigazos para salir del muelle con la seguridad de no abordar a los demás barcos, ¡joder qué duro está el motor!, exclamó, y sin respetar la velocidad máxima de tres nudos para maniobrar dentro de la rada del puerto de San José, el olor a gasoil impregnó el aire como un globo que se desinfla de gas, en la bocana un viento de poniente agitó las drizas y empezó el velero a deslizarse por el agradable amanecer mientras la quilla abría las aguas mansas como desflorando a una virgen marina, y un gemido hacía huir la espuma hacia los lados en una perfecta bisectriz, y fue el momento en que Emilio desplegó la única vela, mientras con uno de los cabos sostenía el botalón, yo levantando los dos brazos y con una pinza en la boca me recogí el pelo color caoba y lo coloqué dentro de su gorrilla marinera con visera y dibujo bordado con ancla en la frontal a modo de una divisa de timonel y, con la certeza de saber bien lo que hacía, me agarré al manubrio del timón que es mi lugar preferido, dirigir siempre sin que me importaran las equivocaciones, al sentarme con mis pantalones muy corto vaqueros deshilachados, presentaba unas rodillas perfectas y morenas que son sobadas por Emilio cada vez que pasaba de popa a proa y me dice qué buena estás chata. Otras veces me decía nena le había prohibido que me llamara por mi nombre alemán.
Me pongo a escribirte en la sobremesa, no tengo mucho tiempo, aunque parezca que mentira en un barco hay tantas cosas que hacer que uno no paras de moverte de un lado a otro, subir y bajar al camarote, sujetar las jarcias, comprobar, el botalón, mirarl la costa, el viento, limpiar la cubierta, fregar los cacharros en la cocinilla, y un sin fin de quehaceres. Pasamos por la Isleta del Moro, la Punta de la Polaca, la Negras, Mesa Roldán, Los castillos de San Felipe y San Ramón (te leo los mapas). La luz de Julio inaccesible a otras latitudes, he de ponerme las gafas de sol y protegerme con alguna toalla si no quieres achicharrarte. Queremos llegar a Garrucha.
¡Ah!, no te he contado que Emilio, el patrón y propietario del velero en el que navego por la costa del Mediterráneo como un delfines desorientados, es un esclavo sexual o para que me entiendas mejor, es un gigoló profesional, sí querida amiga Eloisa, no te escandalices, de esos que se dejan subastar a las extranjeras por quince días en los mercados del sexo de las discotecas del Mediterráneo español, no en una agencia para modelos, sino en un mercado de esclavos, un capricho mediterráneo que me he permitido después de licenciarme en Filología española en la Universidad de Berlín. Su rostro es un diario de miradas, su musculoso cuerpo es de un Apolo digno de un museo en Roma o en Atenas, su piel es de liso mármol y peligrosa como sus intenciones puesto que la moda es depilarse todo el vello al gusto sueco, además se tiñe el pelo de rubio a manchas que cuando navega como lo hace ahora, agarrado a la rueda del timón, se lo cubre con un pañuelo a lo pirata y me seducen con recuerdos del Pacífico, y está para comérselo, además, para más completa comparación se dejó colocar un pendiente en el lóbulo izquierdo, su conversaciones reduce a tres temas fundamentales: a su físico, al amor y a su velero llamado Cormorán, que se ha portado como un delfín cuando pasamos cerca del faro del Cabo de Gata o de Agata, un día apacible en que las corrientes son favorables, aguas de azul profundo en placer. No te he dicho que tiene veintinueve años.
Mi esclavo Emilio es como un niño grande travieso, ejerce de enfermo imaginario, necesitaba mucho cariño, es de los que les gusta que se apiaden de él, que le tengan lástima, que le dirijan, yo creo que es ligeramente masoquista, padece prácticamente de todos los males del espíritu, salvo de impotencia sexual (en la mente tiene su pene), y sobre éste tema tan tabú en Alemania alsaciana, se centra nuestro contrato: quince días para hacer con él lo que me venga en gana. Lo he comprado para quince días en una subasta de Marbella, no me da vergüenza confesarlo, me pertenece por una quince y ahora hacemos un crucero costeando el Sur de España con intención de llegar a la isla de Ibiza. Me cuenta que participó en la Olimpiada de Barcelona y ganó un diploma olímpico en K2.
Desde el primer día, desde el momento en que Emilio pasó a mi poder por nueve mil Euros, el dinero que mi padre me dio como regalo, y que además me tenía prometido, para fin de carrera por licenciarme en filología española, más un viaje por España. Estoy enhorabuena, tengo inspiración suficiente para empezar a escribir una novela.
Fondeadero de la Isla de Tabarca, 12 de Julio
Ayer no escribí nada, el viento de poniente fue favorable, nada más salir de Garrucha no paramos de navegar por el “podenco de la olas” (Emilio dice que el Cormorán corre como un perro, a la caza olas) con muchos nudos de velocidad rumbo al puerto de Alicante o Lucentum (la ciudad de la roca blanca), cambió el viento, se nos echó encima un fuerte levante con olas de ocho a nueve metros, demasiadas olas para un velero como el nuestro, no estábamos compitiendo por una medalla olímpica, renunciamos a Alicante y buscamos el refugio de la Isla de Tabarca. La jarcias, los obenques, las drizas, todo estaba tenso para explotar en el vuelo sobre lomos de olas. La verdad es que hoy estoy cansada de navegar, de dar tumbos y cabezazos en el camarote del velero, de vivir tan estrecha en un espacio tan reducido, cayéndose los cacharros de la cocina al suelo, golpes de mar y el ruido del viento que silva a mi oído y sobre todo ahora que necesito más tiempo para escribir mi novela.
A babor el lejano acantilados del Cabo de Santa Pola y encima el faro fiscalizando la costa, rodeado como nieve por construcciones de chalet, luego las playas junto a los pinos: muralla verde, edificaciones y apartamentos que parece virtual sobre las cornisas del Cabo. Fondeamos en el puertecillo de la isla de Tabarca o Plana (es plana , agreste, resaca y no un solo árbol, si no cuando unas palmeras en la plaza del poblado), paraje marino protegido y vigilado. Hace mucho calor, viento sur del Sahara. Bajamos a tierra, el pie de Emilio no se había inflamado, el pueblo está enclaustrado dentro de una antigua fortaleza, de estilo colonial, tiene treinta o cuarenta casas, aún no ha llegado la luz eléctrica, tienen iglesia antigua, castillo circular, faro, Hotel llamado del Gobernador, restos de fortaleza, buscamos un chiringuito para comer el famoso arroz negre o negro de la tinta del calamar. A pesar de ser zona marinera nos dieron una clavada, Emilio pido factura con IVA incluido, no sé para qué, si la paella la pagué yo. El precio de la comida es barato. El camarero hizo como le pareció una factura a lápiz, consultó con la cocinera que debía ser su madre y no llegó con el cuento de que se había equivocado en mil pesetas. Cerca del puerto tuvimos que correr al barco porque se nos veía encima un perro ladrando con ganas de que nos marcháramos de allí, yo perdí un zapato que el perro se llevó como trofeo mordiéndolo con ganas. Aquel paraje es el infierno. Un levante de dos días nos retuvo en el Cormorán, que amarramos en el puerto, si se puede llamar puerto a un espigón de treinta metros, donde además amarra el barco de Santa Pola, que mantiene comunicada a la isla con la península.
13 de Julio rumbo a Benidorm.
Por la tarde, aprovechando el cambio de vientos, nos había llegado uno cálido del sur, ponemos el timón y el juego de velas hacia la diminuta isla de Benidorm. Emilio ya puede andar descalzo por el velero para sujetarse como felino a la cubierta y con bañador de escasa tela deja ver su atlético cuerpo griego, bronceado, depilado, ligeramente musculoso no de culturista sino más bien como la de esos modelos de pasarela, no dejaba de atirantar y ajustar los cabos para dirigir el trato en la posición más favorable para que se llenara de la brisa caliente del poniente-sur. Para aprovechar la navegación hasta el puerto de Benidorm, la ilusión nunca se pierde de pescar algún gran mero echó un curricán con un viejo calamar poco apetecible para la fauna marina en anzuelo del diez. Emilio se ha vuelto algo tosco, no es que me rechace, sino que no le hace ilusión hacer el amor, pero yo he pagado por él y he de aprovechar la mercancía, las mujeres, con todo lo que digan somos más sensible, notamos los rechazos, los desaires con mayor intensidad. También es evidente que si quieren cansarte de mujer enciérrate con ella en un velero.
El velero, veloz como labios calientes, pasó costeando muy cerca de Villajoyosa, luego el blanco erizo de Benidorm con sus chimeneas "manhatarianas" de edificios más parecido al mundo de los sueños que a lo real, y al fondo como respaldado por un vigilante atmosférico la cresta mordida del Puig Campana con su bocado cúbico, que dice un amigo mío que es el hueco exacto para apoyarse un ovni. Se hizo la tarde con una despedida en carnicería sangrienta: el sol se arañó la cara, se rompió una uña, se largó con reflejos insoportables, y fondeamos en Cala Negra entre la costa y la Isleta Mediana, dejó caer el ancla hasta el fondo alcanzado a unas veinte brazas.
Si te tengo que contar la verdad, Benidorm, no me gustó, es una ciudad inglesa. Un pueblo con más de medio millón de habitantes. Un caos. Un gran salón de baile. Las terrazas al aire libre. Lo más parecido a las Vegas. Desde el puerto salen unos barcos que llaman “golondrinas” para un islote, frente a Benidorm, del mismo nombre, dicen una reserva de aves marinas. Eso si que tienen dos espectaculares playas y huerta de naranjos en los extramuros. No me atrevería a vivir siempre en Benidorm, a lo mejor su pueblos, sobre todo Finestrat, que es de montaña y parece tranquilo. No me gustas sus rascacielos de apartamentos, La Cala es más humana parece estar más hecho a la medida del hombre. Es mucho peor de lo que podrías imaginar. En el casco antiguo se respira ambiente mediterráneo, lo más admirable su mirador o balcón al mar con balaustrada pintada en blanco y azul. La iglesia de San Jaime con su plaza en la que los caricaturistas tienen detenido a un cliente para mofarse de él. Salimos del Cormorán a cenar un arroz caldero en La Portuguesa, en la calle San Vicent, especialidad de toda clase de arroces.
Isla de Portixol, pasado el Cabo Nao, 14 de Julio
Querida Eliosa, no dejo de pensar en Anita Regás, la protagonista de mi novela a la que le he puesto, de momento el apellido de una escritora española, quiero añadir mucha intriga y tensión como los grandes "best seller" como los de Danielle Steel, suficientemente aliñada con los pormenores de ganar un premio, hubiera vendido su virginidad por un Nadal, (virginidad perdida con un imbécil de la clase de biología aplicada), soñaba con ser famosa en los telediarios como Carmen Posada ganadora del Planeta con su foto en la portada de un libro en todo los escaparates de las librerías o como Lucía Etxavarría, Almudena Grande con las edades de Lulú. Ahora, quieta como una sombra en los brazos de Emilio pensaba en la trama del I capítulo de su novela en la que todavía no había dado un titulo. A ella siempre le gustó escribir poesía y leer literatura clásica que es aquella que estamos siempre releyendo, pero por decisión paterna tuvo que renunciar a Filosofía y Letras, carrera que según su padre no servía para nada, y estudiar alguna ingeniería, pero como la nota de Selectividad no dio para más, escogió Biología. Un editor por favor que confíe en una mujer joven, soñaba la muy ingenua, sin saber que es más fácil que te toque la lotería que alguien confíe en un novel, en alguien desconocido que no tiene obra previa, algo publicado aunque sea pagado de su bolsillo en un imprenta de pueblo, así empezó Antonio Muñoz Molina pagándose su primer libro "Robinsón urbano", aunque luego confió en él Pere Gimferrer el de "Mascarada", y le dieron el merecido premio Ícaro.
Puerto de Jávea, 15 Julio.
El Cormorán parece cansado como una golondrina tras un viaje largo a través de los océanos, Emilio no desea más que perseguirme, hace incansablemente el amor, me cuenta que tiene una avería de agua y yo también tengo una avería en el corazón, ha concluido el tiempo de contrato, dentro de unas horas dejará de se mi esclavo para convertirse en hombre libre, del que espero su decición favorable en que sigamos juntos, pero todavía, ansiando lo imposible: soy su ama.
Mira lo que tengo escrito para mi novela a la que titularé la Pasión Merditerránea: cegados por el sol de un amanecer que les devolvía el sentido del tiempo y de la realidad, mientras el resplandor más intenso que nunca se batía en duelo de rayos contra el acantilado del cabo y el faro, arrancó el motor auxiliar porque no tenía ganas de hacer un mínimo esfuerzo para arriar la vela, y puso rumbo a Altea donde desembarcarían para almorzar en un bar del puerto donde las sardinas asadas las aderezadas con un salsa de ajos. El olor a salitre se dejaba confundir con el ruido sincrónico del motor que como voces errantes de un náufrago rompían el silencio del mar, Anita Regás se aplastó sobre una toalla en la cubierta para tomar el sol mientras pensaba en el planteamiento de su novela, que hasta que no está publicada nunca es definitiva, tal vez para que no pareciera monótona tenía previsto un plan con todo detalle, una intriga. Miró al cielo para que no se le cayera encima la bóveda del cielo. Sus ojos eran una puerta de entrada a lo desconocido, a su interior.
Mientras Emilio solucionaba su problema naval, yo fui a dar una vuelta por las tiendas del pueblo, buscando algún champú adecuado para mi destrozado pelo de tanto salite y mar, cuando regresé, para mi sorpresa vi salir del Cormorán a un hombre con traje en pleno verano.
-¿Quién es el hombre del traje de ojo de perdiz que salió del verlo?
-Mejor será que no lo sepas.
-De esa forma me destrozas toda la confianza que tengo en tï.
-Asuntos financieros.
-De qué tipo, un préstamo.
-En cierta manera, sí, pero tu no lo pueden entender, yo necesito dinero, ¿sabes?, tengo deudas, que paga el barco, tengo gastos, yo como todo los días, y mi trabajo en el salón de "estrictis" masculino no da para mucho, cuatro sábados con una despedida de solteras.
-O sea que te has vuelto a vender, no lo niegues, reconócelo Emilio, ya no me quieres.
-No confundamos los términos, yo nunca te he querido..., perdona pero es así, tú me compraste por quince días y el tiempo acaba de cumplirse, ya no soy tu esclavo, adiós, así es mejor escoge tus cosas y aquí en Jávea puedes buscar hotel
Pero esclavo de Emilio se comporta como un tipo más, sin corazón ni sentimientos, ya ha acabado nuestro contrato, los quince días en que le compré en Marbella se han acabado, no tengo poder sobre él, y yo, imbécil, enamorada de él, y sin haberme atrevido a matarlo cuando pude, me olvidé de asesinarlo en una bella cala. Ya no pasa a defenderme como lo hizo en el Pozo de los Frailes, no recuerda nada de lo que pasó en el camarote.
El hombre del traje de ojo de perdiz con maletín parecía un corredor de fincas. Me aclaró que era su contacto en tierra, organizaba las subastas de chicos en las discotecas, secretamente porque nada de ello era lega. Una vez se iba a vender por quince días como esclavo de amor en la subasta quincenal que se celebraba en Benidorm con periodicidad de los vuelos charter, aunque también es verdad que las subastas las hay en otras ciudades de las costas, subastas son las de Ibiza, Manacor, Salou y Marbella que fue donde yo lo compré. La última vez que se vendió fue muy sencillo, en una sana de "estrictis" masculino, tras un espectáculo caliente y bebida a go-gó se exhiben los esclavos completamente desnudos, las mujeres, la mayoría extranjeras montadas en la libra esterlina pugnan para tener un acompañante fijo durante sus vacaciones un capricho hispánico, un latín mover o un macho ibérico, con derecho a todo incluido durante su estancia de quince días en España, el esclavo cobra el cincuenta por ciento de la puja, una cantidad previa que viene a ser unas quinientas mil pesetas con todo los gastos pagados pero también ha de incluir propinas y regalos si es que se porta bien y es digno de toda la confianza. El esclavo no tiene que hacer nada, tan sólo obedecer todo lo que le mande su ama que para eso ha pagado por anticipado y en caprichosa subasta por los derechos de alquiler. Normalmente, los que hacen el negocio, son como siempre los intermediarios, en definitiva quienes buscan a los jóvenes y organizan las subastas. Para hacerse rico sólo hay una fórmula, y la tienen los judíos desde hace milenios: vender más caro de cómo compras. Emilio lo pasó bien el año pasado con una belga, que no le exigió demasiado; pero también ocurren desgracias cuando te sale un ama sádica, como le ocurrió a un chico subastado en la misma puja, que apareció asesinado en la habitación de un hotel con las manos atadas a una cama y desangrado por el corte del pene, y en su pecho desnudo escribieron con la punta de un cigarro "I Love".
Emilio me dice que ha cobrado por anticipado la cantidad de quinientas mil pesetas para la reparación del velero, y ya no se puede echar atrás, esta gente paga al contado pero si no respondes te cuelgan. Si me hubieras contado que necesitabas dinero para el velero, se lo hubiera pedido a mi padre, le dije, pero él respondió que era la mismo, de todas formas tendría que devolvérmelo.
Querida Eloisa, para mi desgracia, el viaje de fantasía sexual se ha acabado y yo debo desembarcar del Cormorán salir de su vientre como Jonás, y de la vida ficticia de Emilio del que sin duda me he enamorado. En Jávea, en esta época del año, es imposible buscar una habitación, así que llamo a Dusseldorf, y a través de la secretaria de mi padre, le hago que me busque una reserva de Hotel.
Jávea, 16 de Julio
Para mi asombro El Cormorán sale del puerto de Jávea con rabia en la quilla, sin miedo al profundo azul, creyendo escuchar el canto de las sirenas que bajo la sombra de las olas esperan a los veleros zarpar, balanceándose sobre las olas en forma de troncos tendido. Me siento muy engañada, el enfado hace que me salga un salpullido de granos, Emilio va con otra, ambos componiendo una sola imagen por un abrazo que les une fuertes ante la brisa de un amanecer con resaca aún sonámbula, sábanas limpias para vestir los cielos que se llenan de ladridos extraviados, tomaron la vía férrea o fiera del mar dirección Ibiza. En mi imaginación el dedo índice de Colón marcando el nordeste igual que la dolorosa aguja embrujada que siempre marca el norte magnífico. Propósito inútil de perdonarse mutuamente los reproches únicamente el silencio es simulador insuficiente de olvidos, un gesto una mirada, un beso cierran un acto de la vida.
Me asomo al balcón triste de mi alma, la habitación del Hotel me deja el cabo de San Antonio a la izquierda, el puerto frente y el Cormorán se va, se difumina en una especie de niebla de calor. Me pregunto qué he aprendido, este enamoramiento será vapor, tendré que suicidarme como decía Emilio cuando dejaba a sus clientes, o tengo suficiente experiencia para empezar a escribir una novela de verdad, y dejarme de tonterías históricas.
Sigo con la obsesión de Emilio, quiero enterarme bien del mundo de la esclavitud sexual, de las subastas de jovencitos en manos de mujeres feas como yo, no agraciadas. Esto no termina aquí, esto acaba de empezar.
En un Hotel de Jávea. Sin datar.
Todas las páginas que siguen las acabo de romper, querida Eloisa, las he destruido, no me sirven, ahora tengo otra idea más real, un desamor, un desengaño, la autodestrucción, pero no te preocupes, no me voy a suicidar como anticipó Emilio con sus otras amas. Hace días que no salgo de mi habitación (un Hotel que me buscó la secretaria de mi padre), no paro de darle vueltas a la cabeza, no puedo dejar de pensar en Emilio y en su nueva ama, ¿cómo será? Me encierro en la Habitación de un Hotel de cuyo nombre no puedo acordarme, en un pueblo de costa que no tienen una sola playa de arena.
La trama de mi novela se había iniciado muy clásicamente, consistía en que un editor contrata a dos escritores para que hagan un viaje en un yate por el Mar Egeo con la intención de hacer una Odisea II, buscar las huellas de Ulises una magnífica idea, los conocimientos de los escritores se complementas, uno de ellos se dedica a la novela histórica, es profesor de economía y en sus ratos de ocio escribe de una forma consolida en el reconocimiento de su obras, es un escritor de éxito; sin embargo, el otro escritor es antagonista al primero, el típico indisciplinado, que escribe cuando le apetece y sobre lo que le gusta, normalmente sobre viajes, y este era uno de los anzuelos tendidos por el editor, el viaje. Son escritores antagonistas en todo, en forma de trabajar, en educación, en disciplina de trabajo, en dudas sobre la misión del hombre en la tierra, fragilísimo matiz que puede convertir a dos hombres en enemigos sobre todo si tienen que compartir el mismo espacio existencial, o por el contrario, caso poco probable de salir como dos seres afines al complementarse las ideas.
I
-¿Quieres oír una de las mejores páginas que he escrito? preguntó Anita a Marcos en aquel amanecer que rompía su horizonte de lanza, sobre un mar en el que se sentía muy feliz.
-Qué remedio, no me puedo ir!
-No seas bobo, -y le hizo un ademán como de tirarle el manuscrito a la cabeza- escucha: " El yate de bandera gibraltareña, que había sido alquilado por el editor Luis de Lara y Carrión con tripulación compuesta de capitán y tres marineros, no navegaba a vela sino a motor, era grande de quince metros de eslora y cuatro de manga, con dos motor a gasolina de 250 caballos. Una mañana de finales de Junio partió del puerto deportivo de Barcelona, una aterciopelada madriguera de bucaneros, holgazanes y gente a quien el dinero ha dejado de tener interés o ser la mayor de las preocupaciones que dan sentido a sus vidas, ese dinero que no pasa de ser dinero, que se oxida en los bancos y que nadie ve y que produce hipertensión cuando se invierte en arriesgadas especulaciones de bolsa que como una montaña rusa amanece en las páginas de economía de la prensa diaria y que incluso cuando la ambición se desborda acabas en la rosada cárcel de una provincia interior. Uno de los escritores era Ramón Fernández, autor de varias novelas históricas de éxito como "El rey de los Moriscos", y "La mujer que sabía volar" capitán retirado, metódico en su forma de hacer las más elementales cosas, desde la más mínima a los grandes asuntos, por ello al embarcarse para un viaje crucero veraniego, se trajo una maleta de libros aquellos que no puede dejar de consultar ni dejar de releer, y, como no, también, sus fetiches de recado de escribir: la vieja pluma Parker en la que se apreciaba un bisel de desgaste en la gallinácea punta, libretas de distintos colores cuadriculadas en las que tomabas sus notas y perfilaba personajes, una figurita de madera de olivo que le servía de inspiración; más dos maletas con ropa utensilios de aseo, cremas para antes y después del sol. El otro escritor era Antonio Muñoz Molina, de todo el mundo conocido, licenciado en historia del arte, autor del "El jinete polaco", entre otras obras, articulista en prensa, y de todos los aficionados a la literatura conocidos, cansado de atravesar los pasos a nivel por donde pasa el tren de las guerras literarias, de gran éxito en novelas de aventura donde siempre había una intriga y un crimen científico, tan sólo se había traído sus gafas, un necest con los trastos de rasurar y, como único instrumento de trabajo, un ordenador personal, era un hombre práctico en ideas, rápido en reflejos, diestro en la emboscada de palabras como buen Séneca y vigoroso en la lucha de las discusiones hasta morir con la espada en la mano como buen Aníbal cartaginés".
-Vale, vale, voooo..., -interrumpió Marcos con voz de asustar animales, aburrido por tantas descripciones- ya está bien que voy a sacar el hierro y no vamos para Altea.
-O sea, que no te intriga, que te aburre, que debo empezar de otra forma, como por ejemplo: vine a Madrid a matar a un hombre o al despertar me di cuenta que me había convertido en un gran insecto o el día en que se suicidó Inni las acciones de Philips habían bajado...
-Mira Anita, no te molestes en darme explicaciones, yo no entiendo de literatura, a mí leer no me gusta, no me distrae, soy mediterráneo y levantino, a mi lo que me gusta es la mar, navegar a la luz de la luna, salir en una compañía de amigos, tomarme una copas en una terraza de moda, mover el esqueleto en una discoteca, liar un porro y se presenta una tía pues se aprovecha. Podrías escribir una novela titulada: Los comedores de coños y verías cómo tienes éxisto.
-No seas guarro. Eres un caso perdido, claro que yo no escribiría para gente como tú, sino para intelectuales, gente sensible preocupado por los temas existencias el del mundo, la crisis de fe y los valores.
-No me cuentes rollos Macabeo, la gente no lee, ve la televisión, se le mete por los ojos esos colores en engancha, le dan cuatro programas de problemas sentimentales, una película y un partido de fútbol y a perder la tarde, que la realidad del curro está esperándote al día siguiente. Mira que te digo Ana, la realidad de la vida es más dura de lo que parece, y tú tienes muchos sueños.
-Si no tengo sueños a mis veintidós años, los voy a tener a los ochenta, ¿no?.
Siguieron refunfuñando como dos amantes que han encontrado un punto de sutura, esas pequeñas averías que a la larga se convierten en punto por donde se hunde la nave del amor. Sobre la cubierta, mientras izaban el velamen hubo un momento de órdenes confusas, órdenes de voz de capitán al novato grumete, y que ella se aceptaba con un silencio que se unía al del amanecer en aquella cala rodeada de acantilados de vértigo, donde los primeros rayos del sol se inyectaban con toda su adrenalina en los cuellos de la piedras y algún que otro pino carrasco torturado por sobrevivir en los riscos. Unas olas fornicaban lentamente contra un islote muy incipiente, donde unas gaviotas se disputaban el desayuno de un pez que se debía sentir con suerte al haber caído en los labrados picos de una gaviotas y no en una sartén asado como un San Lorenzo, formas de ver la vida. Y es que Emilio radiaba confianza, se hacía sentir indispensable, al sonreír se le hacían unas arrugas al borde la comisura de los labios que a Ana María la volvían loca, y era uno de sus atractivo a los que las colegialas sucumbían muertas de pasión, quizá lo que más agradaba de su compañía eran sus bromas, y el aspecto tranquilo de sus formas de actuar, como su todo estuviera bajo control o las cosas mundanas no le importaban demasiado, posiblemente, los treinta años sea una edad en que los ideales están a punto de convertirse en sentimientos altruistas y la vida práctica, y ya los consejos de los padres dejaron de tener eficacia y parece que siempre cae uno de pie.
Las previsiones del tiempo eran buenas, el parte meteorológico anunciaba, ligera brisa, pero él nunca dejaba de vista la costa como la mejor de la brújulas, de un lado los acantilados peinados de un verde mantillo de romeros, y al otro lado el mar abierto, acerado, reflejarte por donde un paquebote, muy desdibujado, y un carguero, que parecían no moverse, se alejaban poco a poco rumbo a las profundidades.
Mientras Ana dirigía el timón, levantando la cara y cerrando los ojos para que el viento le diera en la cara, la gorrilla calada para no estropearse el pelo, la mente en blanco como deseando de apoderarse de ese momento único, ser dueña de su destino parecía viajar envuelta en una aureola de colorines, Emilio se miraba el vendaje que le protegía la herida del dedo que una lata de atún por muy poco el rebana una falange, con la mano que el quedaba ilesa sostenía uno de los cabos que dirigía la botavara, su mente había dejado de preocuparse por la suerte que podría tener en el mercado de esclavos por aquella herida que de ser producida por una lata oxidada debería ser mirada por un médico antes de que una cangreja saliera al encuentro.
Arribó el Cormorán al puerto de Altea. Ya en el paseo marítimo al poner el pie en tierra firme sintieron una sensación que era sin duda la de conquista colonial: la mar para conquistar, la de estar sujetos de nuevo a la gravedad, cuando se ha navegado durante mucho tiempo, al poner pie en tierra es como si la conciencia de estabilidad se te fuera a los pies, la fantasía de los viajes por los mares del sur se pierde por la aparición de los piratas que ahora se han convertido en peatones en el muelle que te miran y te piden papeles en la torre de control para inscribirte, has retornado a lo vivido lejano del mundo, a la burocracia, a ser de nuevo controlado, vigilando bajo discreta sospecha de ser un traficante de drogas, has vuelto al mundo terrenal, por eso la mar es cielo porque están en contacto, la mar es la libertad y medicina que cura todos los males del alma. Caminando se acercaron hasta la bodega de Pepillo, en el mismo paseo marítimo de Altea, con terraza y buen ambiente, el almuerzo iba a ser lo de siempre tinto con casera y sardinas asadas. De las paredes colgaban antiguas fotografías, objetos diversos de lo más extraño, ruedas de carros. El techo lo formaban una larga hilera de vigas de maderas sin aserrar ennegrecidas por la corrosión de los humos de los cigarros y el alcohol de los toneles, maderos de Flandes decía Alfonso Grosso en una de su novelas, porque la palabra Flandes trae a los españoles ese recuerdo de agradable añoranza de poner una pica, bordados de flamencos, las añejas glorias imperiales, de europeismo, porque los españoles fuimos en epocas de Carlos I y V de Alemania los más europeos, de no haber sido por la intransigencia religiosa, quién dice que la CEE no tuviera quinientos años. En los lienzo maestros se apiramidaban barriles a tresbolillos: Requena, Marina Alta, moscateles de Moraria, VinalopóA, Bierzo (porque el dueño era natural de Villafranca)... vinos todo del terreno y de crianza, cuyos años de crianza de señalaban con tiza en la cara visible de los barriles, porque los barriles con como la luna, tienen dos caras pero te enseñan solo una. Aunque en el levante alicantino, y en la costa mediterránea la bebida preferida no sena los vinos sino las cervezas bien frías y los cubatas o whisky escoceses o nacionales con alguna bebida carbónica.
A media moraga o sardinada, con los hocicos aún aceitosos, sin que las servilletas de papel pusieran limpiar con aseo todo el festín denunciado en los márgenes de los labios, con todo el cuerpo hirviendo de un deseo desconocido Anita insinuó a Marcos que acaba de percibir un olor que le había traído una idea para empezar su novela a la que le bautizaría en principio con el título de "Dos escritores buscando a Ulises", pero no el de Joyce, antes de un editor se lo cambiara por otro título más comercial, algo así como "El arco de Ulises" o "Ulises y la madre que lo parió", sí, las leyes del marketing nos dice que lo extraño o raro es lo que produce atención del cliente en los escaparates de las librerías, y acompañado de una portada extraña que es la mejor nemotecnia para recordar, ahí tenemos la magnífica portada de Almudena Grande en su "Atlas de geografía humana" y en la portada una mujer cuya piel es un mapa de carreteras, es una genialidad de los diseñadores de Tusquets, fórmula que al lector difícilmente se le puede olvidar.
-Qué te parece si empezara mi novela con un suicidio, escucha: un hombre aparece un el retrete de un avión con la cabeza metida en el inodoro, se ha ahogado en mierda, y tiene las manos atadas atrás con la cadena de la cisterna.
-Eso es asqueroso, además no sería un suicidio sería una asesinato, cómo se va a atar las manos en las espaldas él sólo. Además qué tendría que ver con lo que me leíste antes sobre los dos escritores en busca de Ulises por el Mar Egeo.
-La cuestión es la de atrapar al lector desde el principio, y no soltarle, es darle al lector una dosis de intriga aquí y otra allí, poco a poco, cuando al escritor le interesa darla, para que no se te duerma el lector y empiece a contar la páginas que le quedan por leer.
¿Qué te parece esta otra forma de empezar mi novela?: "Al llegar el octavo día de navegación, el yate de bandera gibraltareña Elizabet II se le averiaron los dos motores de propulsión al romperse los ejes de las hélices por haber atrapado una red italianas de las llamadas muerta de cien kilómetros de longitud, se han quedado en mar abierto y a la deriva porque el la cadena del ancla no tiene suficiente longitud para coger fondo, un viento de levante empuja con fuerza cinco al yate contra los escollos de una isla en el mar Egeo, según las cartas marinas es la mítica isla de Itaca. A bordo viajan cinco personas, tres tripulantes y dos escritores empeñados en seguir los pasos de Ulises para escribir una novela por encargo, plagiar a alguna forma a Homero. Pero el maldito levante es cada vez mas fuerte, la tempestad digna de ser contada por Virgilio en la Eneida: embiste la borrasca embravecida por el Aquilón, que levante el oleaje hasta los astros, da de frente a la vela; quiebranse los remos, desviase la proa, y contra el flanco de las naves montes de agua... Claro que yo no iría a copiar a Virgilio porque se notaría mucho y escribiría algo así: Poseidón enfurecido, retratado en las laderas de las olas mostraba su furia por haber osado entrar en sus dominios, el oleaje se elevaba hasta besar los cielos, el yate era un juguete sin respetar las leyes de la flotación, algunas olas subían tan alto que al dejar el hueco dejaban ver las coras de los fondos marinos y los peces saltando sobre las algas sin el manto acuoso.
-Anita, de verdad que me asombra tu imaginación, yo creo que si insisten lo que conseguirás, le dar fuerza a esa tempestad a esa situación al límite en que no sabemos que le puede pasar a nuestros argonautas.
-De veras que te gusta esta forma de empezar, mejor que la del suicida en el retrete del avión.
-Hablando de otra cosa, Ani, tengo un trabajo en Madrid y me voy a ausentar dos semanas, me gustaría que cuando volvamos a Alicante te preocupes de cuidar del velero, ya sabes, darle un par de baldes a la cubierta con aguan dulce, arrancar el motor, y cuidar de que no me roben algunos enseres. No me digas que puedes venir conmigo, porque no, no puedes venir, tengo que ir solo, y no me preguntes más, por favor, déjalo así, mejor que no lo sepas.
-¿No será un trabajo ilegal?, supongo. De esos que te da de vez en cuando tu amigo Paco el Tarta, porque de ese tío no te debes de fiar, ya sabes lo que te pasó con el año pasado.
Altea, 24 de Julio.
Querida Eloisa, tras unos días de pequeños problemas, he empezado de nuevo mi novela, tendrá paralelismo con mi experiencia personal con Emilio al que le voy a llamar: Marcos Chillida y la chica se llamará Anita Regás, que sin duda me representará, he encontrado título y ya es una gran fortuna, ya sabes que sin título no soy capaz de nada. La obra de un novelista no puede ser ajena su vida real, cuando Margaret Yourcenar escribió Memorias de Adriano, en realidad Adriano era ella, nadie puede inventarse una vida diferente a la propia, lo que sucede que la novela está muy bien contada, en mi tesis sobre “La verosimilitud en la novela”, descubrí que lo difícil de la mentira no es que parezca verdad, sino sea una verdad posible. Anoche estuve en la playa me dejé llevar por la hogueras de San Juan y una sardinada o “moraga” como también suelen decir. En Benidorm se plantas hogueras o celebran con la quema de artísticas hogueras (aquí no se le llaman fallas como en Valencia sino hogueras de San Juan, las fallas son por San José), preparó todo para ir a la playa de Finestrat a esperar que amaneciera se unieron aun grupo de españoles que habían hecho su fuego sobre la arena para asar unas sardinas y tragarlas con bebidas. La noche es la más larga del año, se presentaba tibia como la cera caliente cobre tejado de zinc, hirviente, exótica, única, bochornosa, los cohetes se venían a explotar y después al rato llegaba el sonido, lluvia de chispas, bengalas, gentío turbulento en la playa, en el paseo marítimo y algunos alientes se metieron en el mar, un baño de noche supone la experiencia que jamás se puede olvidar, si hubiera luna planchando el mar con su plata entonces el conjunto es como el perfume de lluvia sobre tierra mojada.
Gente noctámbula, bares abiertos, música, alegría, puntos ambulantes donde se vendían, gorras, matasuegras, bigotes postizos, gorritos cónicos de payasos, turrones de Jijona, garrapiñadas, orejones, manzanas en caramelo rojo, almendras fritas, membrillos, calabacines de cabellos de ángel, casetas de tiro al blanco con escopetas de aire comprimido, altavoces como si de una feria se tratara, puesto de chocolates con churros en la madrugada, en la últimas horas que son un sueño dorado de alusión.
Te mando unos folios de la novela
I
LA PASIÓN MEDITERRANEA.
PRIMERA PARTE
LAS OLAS FORNICABAN LENTAMENTE contra el malecón de puerto Banús de Marbella o mejor el malecón mítico de la Habana, pero recordando al cubano Cabrera Infante con la estampa de una pareja de mulatos besándose bajo la espuma lametona de las olas cálidas por mi viente encima del pubis. Anita Regás de origen catalán no era una chica agraciada, delgada, cara angulosa. acababa de terminar su carrera de filología española y para perfeccionar pensó que lo mejor sería viajar a España con el dinero que le había regalado su padre marchar se la Marbella de Gil, a la Marbella de la jet-set en busca de experiencias y aventuras. La primera noche se se fue sola de marcha, al pasar por una de las céntricas calles con jardines artificiales, cerca del paseo marítimo, un joven camarero le dio una entrada que en principio rechazó creyendo que le costaría dinero, luego la leyo y vio con extrañeza que en la publicidad se decía: compre a un esclavo en las subastas mejor organizadas de la Milla de Oro. Anita Regás que sentía cierto morbo por todo aquello prohibido, se dejó llevar por el anuncio, entró en la discoteca o en el bazar oriental del amor furtivo. No obstante, ella era un a mujer que se dejaba llevar enloquecida por cualquier hombre que le pidiera con educación que le chupara la polla, se descontrolaba con el chupete lleno de leche condensada, era algo superior a la gula, a sus fuerzas en las que perdía el autodominio e incluso diría que la auto-estima, un deseo incontrolado, hacerle la flauta a un pene suponía para ella un ejercicio de tal artesanía lasciva que engendraba en ella los más efusivos instintos básicos o primitivos de los simios, porque quizá, en los más escondido de su subconsciente, se sentía poderosa y dominadora, ver a su amante quejarse de placer y diciéndole que la querían, o más que nada, sentirse aceptada, nunca humilla por bajarse al pilón.
El salón tenía un escenario o pasarela, los chicos se dejaban ver desnudos, uno a uno, mientras se subastaban.
El salón de baile de aquella discoteca de Marbella, cuyo nombre no quiero revelar, se convertía ocasionalmente en una fiesta y capricho nada frecuente para la carne, placeres para la edad madura, es decir un par de veces al mes, a puerta cerrada e invitaciones restringidas, se subastaban esclavos del amor, y esta vez no iba a ser menos, se iban vender a catorce jóvenes de una presencia apolónica, bien parecido, escogidos por el Sr. Ridruejo, un hombre corpulento de ojos aguados por el whisky, entre los jóvenes que trabajaban en los locales de "estriptis" masculino, bailarines de "gogos", algún que otro camarero apuesto o simplemente voluntariado especial o recomendado por antiguas clientas. La clientela era en su mayoría femenina de edades más bien maduras, alemanas, inglesas, belgas y alguna que otra española de la España central o húmeda, círculos muy restringidos tan restringidos como las subastas de arte. Aquella madrugada, el reloj se acercaba a la línea de las seis de la mañana, cuando las rayitas de coca gratis empezaban a hacer surcos sobre el campo de las mesas con todo descaro, a el vocabulario había dejado de tener el sentido educado de la civilización, se escuchaban algunas voces como la de "chiquitín tú vas a ser mío" , A tío bueno", o "me vas a chupar el coño".
Como un desfile de modelo, primero pasaron los catorce mozos vestidos a la moda uno detrás de otro, y a modo de los concursos de miss se fueron quitando prendas hasta quedarse en porretas, exhibiendo los genitales masculinos como un collar de perlas negras, un diamante o una joya con incrustaciones de ámbar, entre los candidatos se hallaba Emilio, el cual había cogido ya la seiscientas mil pesetas de anticipo, la cuestión del dinero que ganara o perdiera después el SR. Ridruejo, era asunto suyo, pero tampoco le gustaba que los esclavos no se mostraran provocativos para de esa forma alzar su valor en las pujas, aunque previamente los asesores del Sr, Ridruejo ya habían calculado el valor del candidato, en la misma forma que el técnico en naranjas se presenta en la alquería y de un ojo sabe los kilos que tiene cada naranjo, y el valor que puede ganarle. Indudablemente, si con algún esclavo perdía por haberlo sobre estimado ya no le llamaba más, por ellos los candidatos se mantenían en forma y se depilaban al estilos de los deseados nórdicos, atletas o culturistas, gimnasio y más gimnasio, porque alguno vivían de este mercado.
En un atril con mazo de madera se situaba el subastador, en aquella ocasión era Tom, un hermano del Sr. Ridruejo,
-José con el número uno, tiene ojos grises, mide uno ochenta, buena musculatura, sano, excelente dentadura, cariñoso y fiel como un perro, sale en quinientas mil.
-...setecientas mil se escuchó en la sala.
-...un millón cien mil.
-Quién da un millón doscientas mil.
-....un millón doscientas mil, -se escuchó decir una mujer en silla de ruedas no ya madura sino con pellejos sobre el collar, con un perrito caniche en las faltas-
-Un millón y doscientas a la una, a las dos... a las tres..., adjudicado.
-...un millón.
amigas todavía no nos vamos a marchar al hotel, esperemos que acaben las subastas. Es algo que solo a los españoles se les puede ocurrir, su ingenuo no tiene límites.
Marcos, que parecía estar contento con su compradora
Cuando bajó Marcos de la pasarela donde había sido adquirido por quince días, se acercó a su nueva ama, y esta le indicó que empujara el carrito y los dos se fueron para la calle donde un Mercedes con chofer les esperaba. Caprichos de la suerte. Luego hubo murmuraciones en una mesa donde una rubia de aspecto ario conversaba con dos amigas, en un critiqueo evidente sobre la suerte del número uno
-Marcos, con el número dos, ojos verdes, pelo teñido de rubio, mide uno ochenta y cinco, habla inglés y alemán, es cariñoso, no le gusta el deporte, lo advierte con antelación, es un buen marinero y es muy cariñoso.
Todas las pujan salín al mismo precio, quinientas mil pesetas. Cuando se dieron cuenta la puja iba ya por dos millones de pesetas, sin da un esclavo de primera, la rubia alemana siempre daba el último valor cuando la puja se alzaba por dos millones seiscientas mil pesetas se plantó y nadie pujó más. Emilio había sido adjudicado. Se fue a camerino se vistió y cuando salía para buscar a su nueva ama, ella ya estaba en la puerta esperándole. Empezaron a hablar en alemán los primeros saludos, luego pasaron al español.
-Eres muy guapo dijo la nueva ama- a ver que es lo que sabes hacer porque he pagado mucho por ti.
-Yo no le he obligado a que me compre.
-Me gusta asegurarme en lo que compro, sienes un culito precioso, y unos andares muy graciosos, me gustas. Vente con mis
por quince días, necesitaba tomarse alguna bebida fuerte, algo que le hiciera olvidarse un poco del trago de haber posado desnudo y exhibido como un animal, como un auténtico esclavo en un mercado romano. El ama le ofreció un porro al que le dio unas caladas por no decir que no, sus preferencias se iban por las drogas de diseño, aunque últimamente estaba notando que le estaban afectando la memoria porque el speed o el éxtasis son verdaderos devoradores de neuronas, aunque cuando empezó con ellas creía que su juventud era capa de regenerar la neuronas que sin darse cuenta iba perdiendo.
II
Cuando visitaba a Marcos Chillida en el pequeño velero que tenía fondeado en uno de los pantalanes del puerto deportivo Banús para hacerle compañía ante sus constantes quejas de que nadie le quería, o bien con la excusa de pedirle algo, mientras él adivinaba en seguida que Anita no iba a darle charla o pedirle dinero que no lo tenía, sino más bien hacerse dueña bucal del memorable mástil de su cuerpo lujurioso en la deriva del placer. Camino del puerto, ya por la Explanada, bajo el abaniqueo de las palmeras como cañones puestos de píe arrojando fuego vegetal, Anita, que era una mujer del montón nada atractiva, sentía, al acercarse al velero, temblor en las piernas y en las bragas notaba una anunciada humedad recién afluida o casi escupida, pero aquella mañana de domingo que poseía seguro: un cielo construido de azul, saldrían los dos a navegar y, como una loca sin control ni pudor, deseaba ver a Marco en el pequeño camarote donde tantas eyaculaciones amortiguó en su boca mientras entre la cuadernas del casco él le presentaba esa carilla singular de perro abandonado, vio bajar por las escalerillas del velero de Marco en cuyo espejo de popa se leía Albatro, como en una novela de Rosa Regás, a un hombre maduro, medio calvo, con gafas de sol negras imitando al jabato del anuncio del Martini, vestido con un traje de ojo de perdiz con chaleco y zapatos nuevos de pécari, por un instante llegó a pensar en un agente de seguros o un burócrata de la Junta del Puerto que le pedía el rol o el libro de navegación, pero jamás imaginó la verdad de aquella visita del hombre con zapatos nuevos de pécari.
Tienes la piel lisa y sin vellos como la de los asiáticos, una porcelana recién pulida a la que le voy a ella dar pensaba relamiéndose mentalmente, y recorría con los dedos el brillo con mi lengua, hoyuelo de la barbilla y en cada rincón de su pecho nórdico (ausencia de vellos depilación de sunas) dejaba la huella latente del pétalo de sus labios, y allí donde las costillas alineadas como olas de músculos formaban un archipiélago al descubierto le lamía con la punta de la lengua, esa lengua de plastilina que algunas veces podía convertirse en broca. Lamer era su verbo favorito, que se conjuga como comer. Marcos no tenía ganas de ser absorbido por los cálidos labios de Anita, eres un cucurucho de chocolate, le decía al posar la la quería para otra cosa que no fuera eso, una noche de placer, bajo collar de estrellas de un mar apaciguado y sumiso, en una noche de chapistas que sueldan las constelaciones al cielo en una cala cerca de la Isla del Descubrir junto el colosal Cabo de la Nao, donde acostumbraba a fondear las noches en que salía a navegar con ella.
Sin más sentido que el que tiene la verdad, Anita, aquella adolescente estudiante de Filología española en la Sorbona, asignaturas pendientes del último año de carrera, que hubiera dado la vida por Marcos en una tempestad, olas no amaestradas salidas del zoológico privado de Poseidón, ese mar odiseo que ella tanto amó desde los de texto clásicos o las explicaciones en clase de aquel catedrático que no aprobaba a nadie en su asignatura a no ser que le cayeras muy bien, que no entendía que para Marcos ella era algo pasajero como el viento que no se detiene en la vela, como el viento que no recuerda nada una vez en barlovento, era simplemente un ligue feliz de fin de semana en una discoteca de la costa, pero por otro lado él desconocía que ella era constante como las olas del mar, una detrás de otra incansablemente y capaz de erosionar las mismas rocas, una mujer muy peligrosa cuando se le contrariaba en su instinto sexual, aunque sentimentalmente se le podía considerar una mujer dominable.
Anita, no era la primer a vez que venía a España, era una peregrina asidua en la que se sentía mejor que en su casa. A la primeras horas de la noche la arena desprende todavía calor del día, luego empieza a enfriarse y hay que ponerse una camisa y en la madrugada algo de abrigo, para Cordula la temperatura suponía una delicia y se quedó en bañador, luego se atrevió a quedar se top less con un par de tetas con las que se podrían quitar el hambre al mundo, a pesar de su edad cerca ya de la menopausia de los cincuenta debía pesar cerca de los cien kilos, toda una mujer, su piel era un un blanco porcino, la piel del cuello y cara aparecían y desparecían de todos los colores aunque no se quitó un collar de perlas de dar vueltas ajustado a modo de grillete para que las pieles del cuello no se fueran a dislocar, soltaba aire en cuanto hacía un movimiento excesivo, aunque aquel cuerpo se notaba que en su juventud había hecho mucha gimnasia su forma de hablar y su corrección, se notaba que no era un ama de casa sino una mujer que había tenido unos cuidados, pero la herencia del peso no había forma de que se la quitara nadie a pesar de que odiaba la cerveza. Olía bien a esencias de baño como perfume de la rosa de los vientos, Marcos tocó su piel y luego con las dos rapaces manos empezó a darle un masaje cervical a la que ella pareció un verdadero profesional de los masajes quirománticos y a los que no pudo resistirse y a la vez se quitó el collar y lo guardó en el bolso, agradeció con un encogimiento de cuello como los gatos agradecidos a los que se les rasca la barriga, se le acercó al oído para aplicar un aliento excitado provocativo más que respiración jadeante, a decir verdad un tanto exagerados, ella parecía sentirse la reina de los mares, de las playas mediterráneas, luego Emilio estuvo paladeando su cuello, detrás de la oreja, chupándole el pendiente que era de los que se quitaban con pinzas y se lo metió en la boca y se dio cuenta de que era una perla por su redondez, haciendo juego con el collar, persiguió a la otra oreja a cuyo lóbulo lo iba a dejar descalzo del otro pendiente, y le estuvo mordiendo muy despacio hasta llegar al maxilar inferior de muy pulida y maquilla piel, se le acercó a la boca que ella la tenía reseca y la besó, en un primer pago de su deuda de esclavo, las bocas se unieron recorriendo un camino de un destino incierto, un calor se transmití como nadie se lo había dado antes, las lenguas parecían repelerse como polos negativos y positivos de una pila de linterna de petaca, y esa sensación conocida y a la vez mágica fue la impulsora de que luego le fuera sobando los senos, morados los pezones del fríos y cubierto de arena de la playa. Ella no resintiéndose más empezó a tocar y lamer los pechos afeitados de Emilio con ciertos deseos ocultos de darle un bocado, fue bajando hasta buscar el premio que se salía por encima del bañador como biberón deseosos de ser chupado... No dejó de trabajar porque parecía que ella tenía muchos amigos en los ovarios.
Marco esta trabajando, había empezado su jornada laboral, su alquiler de gigoló, mientras la Anita se metía en la boca aquel caramelo ya grande que no le cabía todo dentro de ella, chico que fuerte eres, y él se dobló el brazo derecho sacando la bola del bicpe, no obstante ella en sus amontonados recuerdos tuvo un amante fuerte y violento del que tenía buenos recuerdos porque el amor en realidad el lucha, ella al decirlo tal piropo no pretendía halagarlo sino que buscaba un apretón fuerte que le doblara las caderas y el dejara marcas, pero no quería ser herida por el aburrimiento. Marcos podría imaginarse que en vez de con el ama, estaba con Ana en el camarote del Cormorán, nunca penetrándola porque ella se conformaba con los deditos largos de Emilio, no quería ser penetrada y ese acuerdo siempre fui cumplido por los dos, pero Ana estaría ahora en las playas de san Juan de Alicante con algunas amigas pensando que su amante se encontraba trabajando en Madrid. O tal vez esta con su novela de aquellos escritores antagonistas navegando en el mar de Ulises, escribir para el público sin saber quien es el público, toda una ambición, contentar a todos a ninguno, sabiendo que no hay público imparcial. Ella si intentaba escribir una novela erótica quería que se pudiera leer con las dos manos.
III
Perdidos en la madrugada pávida, tomaron la fiera determinación de marcharse de la playa, llenos de embriaguez vacía, sedientos de jodienda, casi a la hora en que el sol se despegaba del mar como un fiso, y las olas se deshacían en calderilla contra las rocas del espigón, con resaca de la noche pasada, en un grito derribado, se dieron el último baño llenos de razón suficientes y regresaron al apartamento situado en el Rincón de Loy, y para sorpresa angustiosa de la alemana, el collar ni los pendientes se encontraban el bolso, inmediatamente, como expulsado por el ánima de un 38, Emilio salió para la playa mientras pensaba que se debieron de perder en la arena con tanto revolcón, antes de que algún turista madrugador se los encontrara, Cordula se acordó inmediatamente de su marido, ya que había sido un regalo por los veinticinco años de casados llenos de infidelidades, por otro lado sospechaba que Emilio se la había jugado en el primer encuentro amoroso, y tenía que recuperarlo como fuera, no ya por su valor casi incalculable porque la perlas naturales que sean perfectas no tiene precio, porque no podía volver a Dusseldorf sin el collar.
Regresó Marcos de la playa, Anita le esperaba en la habitación sin haberse duchado, con cara seria, hablándole en alemán de furia, le pidió que por favor le devolviera el collar, convencida de que él lo tenía, que le daba dinero, u otra joya, pero el collar no. Emilio no pudo darle esa satisfacción porque no había encontrado el collar ni los pendientes donde había estado revolcándose. Ella, que no era una niña, cambio su postura terca por ojos anegados de llanto, por favor, no me hagas llamar a la policía, esto se puede arreglar si el collar aparece, es un regalo de mi marido, que si vuelvo sin el se me acabó la tarjeta de crédito, los Marcos, )entiendes?.
Nadie podía saber qué había pasado con el juego de collares y pendientes de perlas naturales, )acaso se perdió entre la arena?, (algún descuidadero aprovechó?, o había desaparecido por arte de magia, cosa poco probable desde que los alquimistas de jubilaron en la Media al no encontrar la piedra filosofal aunque algunos autores sostienen que los templarios, soldados de Cristo, guerreros monjes, llegaron a conseguirlo porque conocieron el contenido del Arca de la Alianza, porque los primeros cruzados se establecieron en el Templo de Salomón en Jerusalén.
Marcos, llevado por una confusión que no tenía precedentes, empezó a especular sobre la posibilidad de haber sido objeto de una trampa, no le cabía la posibilidad de que se lo hubieran robado en la playa la noche de San Juan a pesar de que mucha gente joven la profanó de hogueras, tiendas de campañas y juerga, pero no se acercaron a ellos. La idea de ser inculpado por un hecho no cometido le producía una angustia como la que puede sentir aquel que ha sido
. La meriendas cena iba a ser una latas de atún con jamón de invernadero así le llaman al tomates con sal y aceite de oliva, al abrir una de las latas con navaja se cortó Marcos con uno de los acuchillados rebordes, y blasfemó asustado un par de veces, con una reacción refleja se metió el dedo gordo de la mano derecha en la boca, luego lo ahogó en el inmenso mar, el corte era limpio empezaba en la yema del dedo pasaba paralelo la estanque rosado de la uña y llegaba hasta la flexión de la falange distal, hasta que Ana se acercó con el botiquín pero ante, ella sin temor al SIDA le estuvo chupando el dedo seccionado como una vampira, mientras le miraba a los ojos con una insinuación tan lasciva que, si no llega a ser porque Emilio le saca el dedo de la boca allí mismo lo deja seco, sin apetito se entretuvieron en acariciarse hasta que a Emilio se la calmó el dolor, y allí en aquella calurosa y calmada noche galáctica , plana como las pastas de un libro, quedaron a dormidos unos abrazado al otro como dos primates en medio de las calles vacías del mar.
NOTA: continuaré enviándote la novela.
En Benidorm a 31 de Julio.
Querida Eloisa, he hecho una pausa en mi novela, le voy a dar un descanso a Anita Regás y a Marcos Chillida, he venido a Benidorm, porque estoy segura de que Emilio ha de volver a puerto, han terminado la última quince, ha sido larga espera. Recuerdas aquellos años en que estábamos tan unida por nuestros secretos de infancia. Te echo mucho de menos, tu pelo....
Me desespero, pienso que necesito tranquilidad. Añoro la soledad de la isla de Tabarca. Pienso regresar una temporada a la isla de Tabarca, necesito tranquilidad, mucha tranquilidad.
(Talta texto…) Novela ínédita de Ramón Fernández Palmeral 1995