AL ESTE DEL CABO DE GATA

 

              (Novela ambientada en la Isleta del Moro (Almería))

 

                                  Por Ramón Fernández Palmeral

 

 

       Empecé a escribirla en 2005... 

 

                                                  LIBRO PRIMERO

 

 

 

 

                                                                1

 

  

   VIAJÉ AL FIN DEL MUNDO en marzo de 1981, el fin del mundo se halla al Este del Cabo de Gata, en la Isleta del Moro Arráez en Almería, en los Campos de Níjar, al Este de cualquier parte del mundo y de la desesperación más profunda y determinante de un corazón como el mío que late ahora, solamente por sobrevivir en una nueva residencia. Mi domicilio actual es la "Prisión de El Acebuche”, o el palacio de la mierda como le llaman otros pringaos como el Chinches o el Witos, un auténtico pozo negro para la dignidad y los hombres que aquí cumplimos condenas injustas como la mía. Tres años hace que me detuvieron por un delito de sangre en defensa propia. Acabo de salir de un módulo de aislamiento o celdas de castigo,  esperando mi clasificación del primer grado del llamado «tratamiento penitenciario»  por denunciar los abusos que aquí se cometen.  Los boquis están pasando lista, así son todos los días, pero antes de seguir hablando con usted señor abogado defensor, por esta boca que no está educada ni sabe acariciar palabras amables ni compasivas, debo empezar desde el principio, desde 1980 en Londres:

 

    Por oficio y obligación de economista en una empresa de gestión de los capitales ajenos, sin ganas por mi parte, cada mañana lo primero que hacía era leer  la sesión de la Bolsa del FINANCIAL TIMES, índices y  gráficas a la vertical descendente que eran mi cruz, todo los días lo mismo:  «... Al final de la jornada, el índice general registraba unas pérdidas del 11´26 puntos, un 0´14 por ciento menos que ayer y se situaba en los 302’66 puntos.  El Daw John perdía 35 puntos respeto al yen japonés,...».  Se avecinaba un terrible “ckack” de las Bolsas mundiales, y  cada día recibía una bronca como si este  derrumbe anunciado fuera culpa mía.   

    Las noticias financieras no es que fueran malas o regulares, eran pésimas y de mal gusto para los inversores, el petróleo por 19 dólares y el oro refugio a no sé cuanto dólares la onza, un crack mundial como el del 29 decían, pero para mí y para la empresa en la que trabajaba Wolkon&Brothers,  más esa bajada brutal del índice general se instalaba en mi cuerpo y en mi mente en forma de ansiedad y no me dejaban dormir, gráficas de sierras asesinas que me producían vértigo nada más mirarlas, dolor de pecho e insomnios, desgana sexual, por qué no admitirlo si era  la verdad, mis biorritmos bajaban o subían al son de la Bolsa de Londres, éramos almas gemelas, podía asegurar que un cardiograma coincidía con las últimas gráficas picudas a la baja de la maldita y asesina Bolsa de Londres. La última reunión de accionistas, se convirtió en un círculo de acusaciones entre directivos, amenazas claras de despidos y cambios de responsables de departamentos.

  Llevaba no sé cuantas semanas enteras sin dormir, sin pegar la pestaña, vuelta para un lado y vuelta para otro en la cama que me merecía un barco en un temporal. Cebado mi cabeza a punto de explotar como un cóctel molov. Sin contar las cajetillas de tabaco, los porros, el té, las pintas de las tardes en los pubs y, qué decir, de los atascos de tráfico en la city imposible de usar vehículos particulares sin pagar, ¿dónde aparcar? ¿Dónde tomar una pinta?  Costumbres mundanas unidos al uso más que frecuente de tranquilizantes para doblegar el insomnio, y, últimamente pastillas de  Viagras para conseguir inútiles erecciones semanales o quincenales. Ningún remedio homeopático restituía mi apetito sexual, ni mi insomnio, necesitaba unas semanas de vacaciones.

  Me encontraba tan excitado una veces, tan cansado otras, lleno de dudas las más,  que Bárbara,  mi mujer hacía tiempo que estaba cansada de verme hecho un trapo viejo, de darme consejos, de convencerme de que yo mismo era mi propio problema y mi propio culpable, la tenía tan cansada de esperar y creo que  ya no me soportaba más mis múltiples impotencias, porque, creamos no, señor abogado, las tragedias son siempre un tiempo favorable para huir y justificar luego esa  terrible huída, huia a no se sabe muy bien dónde,  tan claro, tan claro lo tenía Bárbara que se marchó a Croydon al Sur de Londres con su hermana a pasar unos día de crítica salvaje, seguro que contra mi forma de actuar,  sobre mi forma de actuar sexualmente, claro, y mis síndromes afectivos, más la evidente inestabilidad de la economía familiar y la eterna pegunta de por qué no teníamos hijos y bla… bla… bla…

  Bárbara entrometiéndose en mi parcela privada, pues una parte del matrimonio debería tener su privacidad como por ejemplo entrar en el retrete, a hacer las propias necesidades, digo retrete y no servicio porque aunque soy escocés de nacimiento y de padre, mi madre española andaluza. Como los escoceses tenemos la mala costumbre de bajarnos los pantalones y enseñamos el culo cuando pierde nuestro equipo de fútbol o nos cabrean, pondré depositar heces, tampoco queda ridículamente hospitalario, lo dejo en evacuar, creo se me entiendes me he bajado bastante los pantalones ¡oh, no! ¿qué digo?  Todo lo que sea hablar de la mierda nos da una risa tremenda. Pero mi vena hispana católica por parte de madre, me hace ser más educado, consecuente, responsable, animoso.

   La cuestión es que mi mujer me había pedido cita previa con su psiquiatra y me advirtió severamente de que ella no regresaría a nuestra apartamento a las afueras de Londres mientras yo no acudiera a la consulta y me pusiera en tratamiento severo de supositorios, sabedora de que el culo de un escocés es su ariete, su espada, su punto débil,  así de rotunda se mostró ella conmigo, estúpidamente convencida en su cabezonería victoriana y polaca  que la disciplina inglesa y el ejercicio de la hipocresía es el mejor remedio contra la enfermedad del sexo y de la mente que yo padecía: el exceso de trabajo y la impotencia un idas hace un buenas alianzas. Acepté ponerme en manos de su loquero particular, tenía que aceptar la visita médica, me jugaba mi matrimonio y algo más que por ahora no debo contarle, y además, ¡qué coño!, hacía semanas que tenía las visitas inesperadas de un dolor  punzante en la zona izquierda debajo de la clavícula donde está el bolsillito en las chaquetas, dolores  acompañados de un punzamiento en el brazo, más una falta de aire para sentirme satisfecho en mi ración de oxígeno.  

    Cuando llegué al portal del psiquiatra Dr. Donald Siegel, se llamaba como el director de cine americano, el portero me miró con esa cara de asco y rencor infinito de todo los porteros fisgones poseen como mayordomos de los nobles, pero no interceptó mi paso como adivinando en mis gestos que era un enfermo psíquico peligroso, y, sin decir goodivnin me dirigí al ascensor con puerta de caverna aceradas, pulsé el botón del décimo, se me cerraron ante mí las puerta metálicas como cuchillas de acero hidráulicas que se te cruzan sin reparo, tuve tiempo suficiente para pasar revista a mi aspecto frente al espejo: lo que ven mis ojos es a un hombre de talla media, pelo largo de color resina de momia, mala cara (culpa de la luz interior), ojeras de funerala, traje con corbata o uniforme de agente de la Bolsa, corbata de amarillo chillón, zapatos tipo mocasín que da un aspecto de limpieza, en general el aspecto exterior va impecable pero por dentro va destrozado, ¡un asco de tío!

 Tenía una expresión tensa, como si la preocupación me hiciera sufrir con un tipo de tic en la mejilla derecha que antes no tenía. Este tipo frente al espejo, Intenta reír, se ve los dientes y saca su pañuelo para frotárselos como dentífrico, los tiene limpios pero la luz del ascensor amarillea y le da un aspecto de vampiro con colmillos sanguinarios.  Ensaya un saludo con la mano y piensa lo que va a  decirle al doctor “...vengo a su consulta porque mi mujer me ha mandado, no, no debo decir eso, debo decir la verdad, no puedo dormir porque los problemas financieros de mis clientes me agobian...”  Muestra su sonrisa sarcástica, la que le da a los clientes, la que trata de disimular una personalidad vulnerable y susceptible e hipersensible a los problemas ajenos, o a las indirectas de mi jefe de sección que no hace más que agobiarme con que me tome un descanso, si en mi “lobby” te tomas un descanso es seguro que no vuelves a ocupar el mismo despacho. ¿Qué pinta un tipo como este, supuestamente agresivo, depresivo, subiendo en un ascensor silencioso de puertas de cuchilla?

  Décimo piso, menos mal, salgo de la pesadilla de mi auto examen y del ascensor mortaja, si llega a tardar un poco más seguro que le doy al stop y me vuelvo a casa. Me encontré en un pasillo oscuro, dándole a todos los interruptores para encender la luz, hasta que desde una puerta oí la voz de una mujer en inglés viscoso: « ya está bien, esta tarde se han equivocado dos» . Le pedí esquiusmis, perdón por dos o tres veces seguida para disculparme de mi error, de mi falta de tacto y es que soy un manzanas con eso de los timbres e interruptores de los rellanos,  muchas veces ni me atrevo a encender la luz de mi propia escalera por temor a equivocarme.

   Cuando el Dr. Donald me recibió noté en su rostro feliz de banano que ya mi mujer le había puesto en antecedente de mis problemas, daba asco tanta anticipación a todo hasta invadir mi privacidad, tanto control y tanto orden me desespera. Tras una larga hora de combinadas  preguntas, tras acosarme con un test y dibujos, tras dejarme el celebro suave como la seda, se quitó las gafas y enarcó las cejas.

   -Señor Burn, le puedo mandar pastillas como el Bromazepan, el Brominol 50 u otras farmacopeas para el insomnio pero le recomiendo que visite a un cardiólogo, esas molestias en el lado izquierdo hay que controlarlas, para prevenir, pero lo que usted necesita es un descanso en un lugar tranquilo y soleado, le aconsejo el Sur de España. La Costa del Sol ¿Desde cuando no disfruta de unas vacaciones. Ha estado alguna vez en España?

  Mi nombre es español es Roberto Burn Azorín, en inglés se me queda en Robert Burn, ahorra palabras. Por que el inglés se basa en la economía de palabras y de letras.

   -Sí, he estado infinidad de veces en España, mi madre es española andaluza –remarqué con un cierto tono de superioridad ante un idioma dificilísimo de leer y de pronunciar, sobre todo por culpa de la conjugación de sus verbos.

   –¿Y lo de mi impotencia?

  –No se preocupe de eso ahora.  Estoy seguro que se debe al estrés del trabajo. A la falta de concentración.

    Prolongamos la conversación por unos minutos fuera de su ajustado horario de consultas, miró impertinentemente el Rolex, los justos hasta que se levantó de su sillón y se puso a mi altura, demostración evidente de que mi hora de consulta se había acabado. Me dio la mano, y me dijo que le pidiera hora a la enfermera para dentro de un mes.  Salí a la calle, llovía como es de costumbre, para no variar, el cielo de un gris arenoso, la primavera debía empezar en cualquier lugar del Hemisferio Norte, menos en Londres, donde el tiempo puede ser motivo de una larga conversación con un desconocido y se puede hasta intimar.  Nuestro carácter está hecho en piedra como los pórticos húmedos de sus iglesias góticas, la blancura de  nuestra piel puede llegar a transparentar los huesos del rostro y el calcio que los alimenta.  Yo no soy inglés sino escocés como el actor Sean Cornery, trabajaba en Londres desde hacía cuatro años con deseos irrefrenables de volver a mi Edimburgo natal, pero en Edimburgo vivía mi madre y sin duda éramos demasiados en esa ciudad.

    Ahora tenía un grave dilema, si visitar a un cardiólogo cuyo diagnostico iba a ser el esperado de quítate del tabaco y de la bebidas alcohólicas con un bodrio de fórmulas mágicas, seguramente venenos como las  pastillas del psicólogo, o tomarme unas vacaciones en el Sur de España, como me había aconsejado el Sr. Donald,  a un lugar alejado de aquel antro maléfico de vida y de  la city victoriosa que podía vencerme, muy lejos del magnífico clima seco de Londres, al húmedo sur de España, pero esta decisión debía ser rápida y contumaz, pues si me ponía a pensarlo llega ese círculo vicioso del: “puedo, no puedo, puedo, no puedo...” y de ahí no se sale jamás. Mi matrimonio no tenía el fruto de los hijos, y mi mujer despreciaba Londres como la mayoría de los londinenses.

 Yo sentía una intensa fascinación por España, conocía su historia y la llevaba en el subconsciente como el idioma desde la infancia, mi madre, andaluza, emigró en los años sesenta a Edimburgo y se casó con un escocés, por eso mi nombre es Raymond Burns y López, López si le añado el primero de mi madre, aunque ella usaba el apellido de mi padre como es de costumbre anglosajona.

  Esperaba en la calle a un taxi para regresar a la oficina cuando un suceso colmó mi estabilidad emocional.  Esperaba al taxi que me llevaría a la mina inestable de las finanzas y de la Bolsa,  preocupado por una serie de inversiones arriesgadas que hice sin la supervisión de mi interventor general, y, en las que habían perdido millones de Libras, cuando mi paciencia no pudo más, iba a explotar: una huelga de trasporte, pitada impresionante de coches, lluvia diminuta, circulación parada, sirenas de policías hacia un fuego, un atentado del IRA, y  tomé una decisión drástica, y a la vez simple y perfecta como un triángulo, busqué una cabina pública y llamé por teléfono a mi mujer: Me voy a España, vente conmigo, por favor.  Le expliqué que debía huir por una serie de problemas laborales, el de jugar con el dinero de los demás, pero sin asustarla, sin entrar en detalles como el de que podía acabar en la cárcel.  Le hice ver que la vida en España era barata, buen clima, playas, los españoles hospitalarios, y con lo que teníamos ahorrado más la venta del BMW, seguro que aguantaríamos una larga temporada hasta montar un negocio propio, ella fue rápida en su decisión elemental como su cerebro cartesiano. 

  -Lo siento, de verdad que lo siento, cariño, no puedo dejarlo todo, sabes que no soy de la persona a la que le gusten los cambios,  tengo la sensación de que España es un país por civilizar. Si quieres prueba con una vacaciones –apuntó mi mujer con cierta aseveración no rectificar.

  Por una parte no era de extrañar su frialdad, entendí su cansancio de mis pequeños problemas y no quería participar en nuevas aventuras, no era mujer de riesgos, ritos y ceremonias, necesitaba seguridad y fuente de placer, y yo lo entendía, ella tenía su trabajo de traductora simultanea de inglés y polaco, porque su madre era de Varsovia, y adónde iba a encontrar ella trabajo de esos dos idiomas en España, se encontraría perdida. Lo entendía perfectamente. Yo la quería, de verdad que la quería, aunque no fuera una pasión, ella era mujer poco cariñosa, demasiado cerebrar y, sin ánimo de insultarle, Dios me libre, distante en todos los aspecto de nuestra relación matrimonial. No compartíamos la economía, ella se valía con su seguro sueldo y los domingos invitaba al pastel de Yokshay.  Además habíamos perdido lo más importante del amor: la pasión, el cortejo, la satisfacción del encuentro, además es que prácticamente nos veíamos tan sólo los fines de semana, ella siempre estaba fuera, en Bélgica o en Holanda o en Varsovia.

  Un divorcio costaba tiempo y dinero, me faltaban las dos cosas, en aquellos años no me hubiera importado,  no teníamos nada en común, ni hijos, ni aficiones que compartir, bueno en común teníamos la religión: éramos partidarios de Woytila.  Decidí tomarme unas largas vacaciones, y así se lo hice saber, llegáramos a un acuerdo financiero, le dejé el BMW, no quería viajar en coche, quería huir.  Bárbara era una persona con un concepto más práctico que ético de la vida, le encantaba comprar, vivir en un paraíso del consumo, la tarjeta de crédito sin límite como máximo exponente de un sin fin de comprar libros, y el vicio de la ropa o de un buen perfume tenía más valor que lo girasoles de Van Gogh, dominada por su única hermana de Croydon, mayor que ella en la que se apoyaba como una madre, por que al sangre polaca es muy familiar, leía a Sergisuz Piasecki el enamorado de la osa mayor, poesía rusa y a Virginia Wood.

  No lo dudé por más tiempo y preparé mi viaje a España, me despedí de mi jefe de sección del “lobby” en Londres.  Con sangre fría de la mejor leche inglesa y su educación de Oxford, aunque yo estudié en la estatal de Edimburgo, me dijo que yo había tomado la decisión correcta sin mirarme a la cara, casi con desprecio, en vano había pasado cuatro años de trabajo con él, no le importaba, la verdad es que jamás nos tomamos una pinta junto, porque yo no pertenecía su club el “Royal Scott Club”.   Cincuenta gilipollas de cuellos estirados como grullas jugando al crike y tomando whisky de mi tierra hasta perder el conocimiento, pero eso sí, jamás en público, ¡oh no!, por favor, sexo no, somos ingleses.   Si abandonaba la firma a petición propia no me indemnizaban, así que me armé de cierto valor a le dije que  me despidiera por ineficacia, u otras razones que se recogieran en el estatuto de los trabajadores, no aceptó, como si ser socio de la empresa le convirtiera en  un déspota refinado.   Me encerré con él en el despacho y le hice un chantaje claro: o me daba diez mil libras de despido o hacía público su relación homosexual con Bob, el chico que repartía el correo.

 -No tienes pruebas, es un farol –desafió mi jefe de sección a la vez miraba a su izquierda, hacia una ventana.

 -Si quieres arriesgar, es tu problema –me levanté con decida intención de salir del despacho.

 -¡Espera! –llamó por el interfono del despacho a su secretaria y cuando entró con su libro de notas le dijo que preparara un acta de conciliación.       

  El imbécil de mi jefe sabía que yo no mentía, les vi besarse una vez en el ascensor, sus miradas eran delatoras, cómplices y cuando Bob entraba a su despacho a entregar el correo tardaba más de la cuenta.  Aquel despido de Broker & Broker me supuso nueve mil setecientas libras, no era mucho pero suficiente para salir de aquella cloaca de ciudad, un cubo de niebla y humedad y empezar en España.

 

 

 

 

                                                       2

 

 

  Pedí a mi madre que me llevara en su coche al aeropuerto de Hilrowl, llevaba dos maletas bien cargada con mi ropa, libros y demás enseres para una larga temporada en España. Pensé que la compañía Britania me cobraría exceso de equipaje pero como era un vuelo charter no me lo cobró, facturé sin pagar una sobre tasa,  no compré nada en las múltiples tiendas de la Terminal y al fin entré en los finguer de embarque, me dieron un asiento cerca del ala derecha que me impedía ver el suelo.

   Hice un vuelo de cuatro horas y media a Alicante,  pasé control de pasaporte, cuando llegué a recoger mis maletas en las cintas transportadoras me las habían perdido, no pase Aduana, así que no puede seguir mi camino dirección sur, hasta que no me hiciera con mis maletas, pero no era yo el único viajero con el equipaje perdido. A lo mejor estaban en Singapur o Dios sabe dónde.   Alquilé un coche en el aeropuerto y me hospedé en el Hotel Gran Sol de Alicante a cargo de la compañía Britania, antes de acostarme me di una vuelta nocturna por la ciudad, saludé el puerto y sus palmeras milenarias, y por la noche me tomé mis medicinas en la cafería del hotel.  Era una ciudad tranquila, patinadora del sol, su mar parecía una pista de tierra batida, pero no era el lugar que yo había pensado para olvidarme de la civilización. Al día siguiente por la mañana Britania me trajeron las maletas al  Hotel. 

   Al segundo día,  alquilé un coche, un Opel Corsa y salí en huida por la carretera de la costa hacia Murcia, sin pretensión de ir a un lugar predeterminado, mi idea era otear hasta encontrar un lugar que me gustara, el mar siempre a mi izquierda, llegué sin parar a Cartagena, puerto militar, pregunté dónde comer y me mandaron a una especie de chiringuito que se llamaba Techos Bajos, la impresión exterior era nefasta mas cuando salí con el estómago lleno después de comer paella y una dorada a la plancha, mi idea de aquel chiringuito era comparada al mejor restaurante de Londres. Seguí costeando, el tubo de escape era como una mecha de pólvora que ardiendo me llevara a las estrellas, fuga de mi vida anterior, fuga hacia la libertad, no quería mirar atrás para no convertirme en sal, para no desmoronarme, siempre adelante como un alquimista impaciente, contento, feliz, porque en cada kilómetro que dejaba atrás soltaba lastre de preocupaciones. Me había propuesto dejar de fumar, lo de beber tenía que planteármelo seriamente, no se puede uno quitar de dos vicios a la vez.  

   La tarde era de una luminosidad masticable, el mar hipotecaba todo el azul del universo, las montañas se iban mondando de vegetación y se coloreaban hacia el gris oscuro según avanzaba por la estrecha carretera hacia Águilas,  Mojácar  y Garrucha. No sabía donde detenerme. La luz del cielo aumentaba en claridad. El sur era mi ruta. Conocía España de muchos viajes anteriores de cuando mi madre me lleva a Nerja, su pueblo de nacimiento, pero Nerja es cosmopolita, y yo necesitaba paz y soledad.

    Por un momento de lucidez me pregunté qué hace un hombre como yo, licenciado en economía por la Universidad de Cambridge, con master en valores de Bolsa, con dominio de dos idiomas: inglés y español, divorciado una mujer que amaba la niebla y los libros de poesía rusa, viajando por una España de chocolate reseco cada vez más solitario, camino a Almería.

    Cuando conocí a mi mujer en Hide Park mientras leía un libro cuya cubierta me fue imposible leer, una rubia atómica de 1´18 de altura, yo mido unos centímetros menos que ella, pensé inmediatamente en decirle algo poético, una frase del Romeo y Julieta de Shakespeare (Acto II, escena II que todo joven británico se sabe de memoria, aprendida e en la escuela secundaria), pero cuando alzó los ojos y me miró con sus dos océanos, no me salía ese verso aprendido que todo el mundo se sabe. “...¿silencio!, ¡qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¿Es el oriente, y Julieta el sol!...”  Pero no me acordaba, estaba nervioso y solo se me ocurrió preguntarle por donde estaba el retrete más próximo. Media hora más tarde me hice el encontradizo con ella: hola soy el del retrete.  Una sonrisa pulcra fue suficiente. Y así fue como empezamos ha hablar con chispa porque a una mujer se le conquista cuando se logra hacerla reír.  Luego vinieron muchas noches de amor, nos llamábamos constantemente, salíamos a comer y a hacer el amor, siempre estábamos dispuestos, ella se dejaba llevar por todo lo que lo le hacía, se cruzaba de brazos y se tiraba sobre la alfombra, lo mismo le daba a ella que he echara uno, que dos o tres, no le importaba, no tenía prisa, lo que deseaba es estar conmigo, sentirse protegida, amada con toda la pasión que el ser humano puede mostrar con sus salvajes instintos. Aunque mis instintos no eran brutales en las relaciones sexuales, como le puede suceder a británicos o alemanes, tienden al sadomasoquista, debido, sin duda, a su estricta y severa educación infantil. 

   Los escoceses enseñan a los niños a obedecer, a no ser creativos, a no mirar a las personas a la cara, tienen un largo código de no es, que les inhiben socialmente.  Los medio latinos somos más cariñosos y complacientes con la mujeres, hasta las prostitutas o “sexomozas” prefieren hacer su trabajo sexual en países latinos, quieren huir de la bestialidad.

He de reconocer que mis relaciones  sexuales han sido siempre un fracaso, jamás provoqué el orgasmo a una mujer con la penetración vaginal, fui torpe al buscar el mítico punto g  de la mujer, el álgebra se me dio siempre mal, pero no es para reírse, no, ni mucho menos. Este hallazgo geométrico es una mentira de consolación. Las mujeres con las que he practicado el sexo, que han sido pocas, llegaron al orgasmo con la estimulación clitoridiana, todo ello me llevaría a un hipótesis antropológica, la naturaleza fue injusta con la mujer, la utiliza como receptora y procreadoras y le procura escaso placer, en cambio, al hombre le da el premio por su penetración vital. La naturaleza es injusta hasta extremos salvajes. La naturaleza es una egoísta, se preocupa en exclusiva por  su supervivencia.

  El desierto almeriense se me abría en todas direcciones, luz cenital y estimulante, perturbadora, naturaleza inorgánica, ausencia de árboles,  parecía como si me hubiera perdido en el centro de la nada, lo cual me alegraba en cierta manera, eso era  lo que yo buscaba en realidad: soledad interior, perderme, huir de una sociedad capitalista y sumamente agresiva, quizás huir de mí mismo y de mis problemas. Conforme avanzaba por Carboneras,  las montañas se me antojaban dinosaurios zambulléndose de cintura para abajo en el mar, colores siena y tierra tostada, armonía de los tonos tierra primitiva y volcánica, lujuria de formaciones extrañas y a la vez conocidas de un mundo subconsciente. La luz siempre la luz se fue apagando cuando hace un sol rojizo entre las cejas de la montañas. Se me hacía la Noche cuando vi un letrero de Níjar. Era un desvío, carretera estrecha y con muchas curvas y hasta allí llegué para buscar una pensión y hostal que no fuera muy caro, tenía que economizar para que el dinero se estirara como el plástico.  Cerca de la iglesia había un restaurante con habitaciones.

–Quería una habitación para esta noche.

–Buen tenemos todas las habitaciones que quería- respondió un hombre con sonrisa agradable y cara de pillo.

      Para él yo era un forastero más, uno de los que por Níjar se pierden a comprar artesanía del esparto o alfarería un poco tosca y de colores muy vivos.

 Subí las maletas a la habitación de un primer piso. Bajé luego para cenar, la fonda más cercana, como llaman aquí a las casa de comida, estaba bajando por un paseo que ya encendí las luces de unas farolas.

  Regresé pronto al hostal. En la mesilla de noche alguien habían olvidado un libro titulado Campos de Níjar del autor catalán Juan Goytisolo.  Cuando llegué a mitad del libro me dormí, por puro aburrimiento, estaba asombrado de que la miseria que relataba el libro, soñé con un nuevo vocabulario almeriense: pitacas, parrales, guayules, henenques, alarife, tracoma, paratas... y muchas más que fue anotando para conocer mejor el idioma.

 

 

 

 

 

                                                                 3

 

 

    Al amanecer del día siguiente reinaba la primavera de gracia de nuestro señor de 1981,  salí a la calle abrigado creyendo que haría frío, me tuve que quitar la cazadora porque como dicen en esas tierras, «me asaba de caló», el sol quemaba mi piel mitad escocesa y mitad española.  El aire del mes marzo era de una dulzura extraña,  olía como a maíz y heno seco, luego cuando di un paseo por las calles empinadas del casco viejo, pude comprobar que aquel olor extraño provenía de la cantidad de enseres, cestos y objetos de esparto que se mostraban como escaparate al aire libre, en cada portar, como tienda para venta al público de souvenir.  Me quedé asombrado al mirar tan original artesanía,  me hubiera gustado comprar un sostén de esparto como adorno, pero no quería gastar ni llenarme de objetos decorativos. Un hombre vestido de negro, con sombrero de fieltro, rostro arrugado, cortes ejecutados con la fuerza del sol y la cicatriz in disimulable de un pasado agrícola, casi sin ojos me ofreció pasar dentro de una de esas tiendas de artesanía, no paraba de hablar, era un mina de mostrar cosas, ya le dije que no quería comprar sino que buscaba la costa, el Mediterráneo.

 -Pues tiene que visitar San José. Se va a jartá de agua y de sol.  A 27 kilómetros de aquí –apuntó el hombre de gorra de cazador hispano-.  Allí vive mi hermano Frasquito, bueno cera, en el Pozo de los Frailes, tienen un bar, el Bar León y habitaciones, le atenderá bien si va de mi parte...

 Siguió hablando a un ritmo de mil palabras por minuto, que en cierta manera me era completamente imposible enterarme de todo su discurso, pero en esencia el hombre trataba de ser amable, ayudar a un extranjero, y eso es asombroso para mí, un hombre sajón es de lo más racista. Los españoles en sus conquistas por América se mezclaron con las demás razas no así los ingleses, que siempre fueron xenófobos. El nombre de Pozo de los Frailes me sonaba a lugar monástico y retirado hacia la meditación.

    No quería perder más tiempo en aquel pueblo cuyas paredes parecían pintadas con el mejor acrílico, solo busqué una gafas de sol porque los ojos me “escocían”, así es como se dice aquí cuando los ojos te pican, también dicen que ese terreno es propicio a quedarse ciego por el glaucoma.

   En una gasolinera llamada  “Kilómetro 25”, cerca de la Urbanización Retamar, paré a repostar a la antigua usanza, o sea, que el gasolinero es el que mete la manguera, lo hizo un joven, hablador, amable y dicharachero, encima me limpió el parabrisas sin pedirme propina, claro que se la tuve que dar pues todo trabajo ha de ser recompensado, y además, estrechábamos relaciones para hablar y le pregunté si quedaba cerca el Poco de los Frailes. Me dijo que a veinticinco kilómetros, puso mala cara y añadió  que era un lugar triste, que allí no había nada que si iba de turismo mejor fuera a San José podía ir al Hotel San José o  al Emigrante, donde podía encontrar habitación por buen precio. Todo el mundo estaba interesado en ofrecer alojamientos, pensé que de seguro debían cobrar una comisión por ello, luego supe que no que lo hacían desinteresadamente, por el hecho de colaborar, sin duda no existe mejor manera de fomentar el turismo que el boca a boca.  Me indicó la carretera que debía tomar y me advirtió que llenara el depósito de gasolina puesto que ellos eran la última estación de servicio en 25 kilómetros a la redonda, además se veía un cartel informativo de carretera que indicaba: San José 25. Cabo de Gata 15.  Parecía como si todo estuviera a 25 kilómetros de distancia y aquella gasolinera el centro geográfico de la comarca del Campo de Níjar, un campo inmenso lleno de invernadero y pueblos de nueva o reciente construcción.

   Tomé la carretera de San José, entre curvas, toboganes, casones ocres de terrazas abandonados, más propios de una estampa del norte de África, la vegetación eminentemente desértica como describía el libro de Goytisolo: pitas, henenques, tarays y dunas de arena.  Llegué al cruce de Ruesca, y allí hay una bifurcación para Cabo de Gata y otro para Pujaire y San José. luego pasé por la Planta de experimentación  o centro de pruebas de la Michelín donde se apreciaban largas pistas donde hacían pruebas de cubiertas de vehículos pesados, como si pareciera el lugar donde las cubiertas son sometidas a interminables penitencias por todos los accidentes que hay en el mundo.  Vi el cruce que se indicaba como cortijo Nazareno, derrumbado, a la izquierda se puede ir dirección Níjar y a la derecha decía las Bocas, continué el viaje sin encontrarme un solo vehículo de cara ni a una sola persona para preguntar sobre mi correcta dirección,  la carretera desciende entre curvas y rocas amarillentas de un óxido viejo y ocre, apareció el cartel de situación del Pozo de los Frailes, un pueblo de casitas bajas escalonado en dos laderas dividido por el pliegue de una carretera, era exactamente como un libro abierto, un lugar deprimente, estacioné en una especie de explanada terrosa junto a un gran pozo tipo noria movida por aspas de molino, el nombre del lugar era evidente, había un bar a la izquierda: Bar León con cortinas de canutos de plástico y al lado contrario una tienda de ultramarinos con un letrero que decía: Agua de Enix, venta a granel.  Lo cual me demostraba ya que el agua debía de escasear, hacía calor y el coche que alquilé no tenía aire acondicionado. Me bajé para preguntar por el familiar del vendedor de souvenir de esparto de Níjar, en la calle no había un alma, por esa costumbre troglodita de considerar más cómodo el interior de las casas o semi-cuevas que el ardor de la calle, la sequedad del paisaje recordaba fotografías del Norte de África.  Entré en el Bar León, desde el interior oí: “¡va voy!”, salió un hombre de baja estatura, maduro, con bigote imperialista, vestido de negro y con sombrero a pesar de estar dentro de la casa.

-¿Qué le sirvo?

Sin duda era el camarero, si sirviera en un pub de Londres seguro que se le llenaba de clientes por lo snob.

-Me ha dicho su hermano de Níjar que pregunte por Franquito, que me orientará por aquí.

 -Pues aquí lo tiene usted, el que viste y calza, para servirle. ¿Cómo está el sinvergüenza de mi hermano, no le ha dao una caja de tomates para mí –añadió la última frase con cierta amabilidad-. Si viera el invernadero que tiene.

 No entendí muy bien la frase coloquial, pero por su gesto y su forma de sonreír estaba ante el hombre que buscaba, me dio la sensación de hallarme ante un apache  de las películas almerienses de Cleanwood: “La muerte tenía un precio”, o  “Por un puñado de dólares”, “El bueno el feo y el malo”.  Sin duda este era el feo.

  -¿Este pueblo parece solitario?

 -Solitario no, que tiene cuarenta vecinos y nos llevamos a matar, pero usted puede estar aquí tranquilo, ya no hay tiroteos como antes, nada más que para las fiestas de san Roque en Agosto, que siempre muere alguien. Pero usted no tenga cuidado que con los forasteros no va la cosa. Aquí no le va a molestar nadie, no tenemos teléfonos porque no nos hace falta, no hay médico, policía, bancos, alcantarillado, agua corriente, ni Correos,  ni falta que nos hace, tampoco nos escribe nadie. Ahora mismo usted está en el culo del mundo.

   Sin duda alguna, geográficamente,  si tomamos un mapa de España y consideramos que es una piel de toro, esta parte debía corresponder al rabo de ese toro ibérico. Yo buscaba tranquilidad pare también un poco de los servicio públicos que nos ofrece la civilización.

   -Si busca tranquilidad, usted ha topao con lo mejor del cabo, aquí en mi casa pe si se va a San José allí hay muchos “dones” juerguistas y no el van a dejar dormir. ¡Malhaya sea..., los gatos!

   Puse cara de no sabe qué eran los “dones”, lo más parecido a esa palabra en mi registro idiomático eran Donus de comer,  pero él lo entendió inmediatamente por que nervioso y espabilado sí que era.

   -Los “dones” son los señoritos de Almería, que todo tienen casa en San José en Cabo Gata, se pasan el día coche arriba, coche abajo, ¿a que sí?, -llegó al bar un hombre del lugar, negruzco, borracho de sol-. Sebastián, dile a este forastero a que los “dones” no le van a dejar dormir en San José.

   Asistió con la cabeza y no dijo una palabra, dejó un cubo de pescado y se marchó.  Sin duda, yo buscaba tranquilidad, no quería el agobio de aquel pueblo en lo hondo de un rambla seca,  aquel  lugar remoto, encajonado entre cerros,  no acababa de gustarme, me provocaba una sensación de intranquilidad, deseaba ver el mar.  Mas por pasar un par de noches hasta que recorriera yo los demás lugares, tampoco me iba a pasar nada que no fuera lo normal.  Tiempo era lo que me sobraba, me había hecho dueño de mi propio tiempo, de lado quedó el estrés neuronal de la Bolsa de Londres, la mañanas de lluvia desesperada y aquella gente egocéntrica encerradas en sus cáscara de paraguas negros, taxis homogéneos o autobuses rojos de júbilo por su doble piso.  Le dije entusiasmado que sí, que me quedaba con la habitación, descargué las dos maletas y el hombre vestido de negro sin quitarse el sombrero las subió sin demostrar el mínimo esfuerzo, sin duda la vitalidad de aquel hombre era inverosímil.  La habitación tenía una cama y un armario empotrado y para ducharse e ir al aseo había que salir fuera. Es mejor no contarlo.  Además allí, en el bar también servían comidas. Me duché y bajé a comer, había tres mesas dos de ellas ocupadas por españoles albañiles de alguna obra cercana.  El menú del día era paella de primero y melva frita de segundo, vino tinto de una jarra de barro y fruta de postre por el ridículo precio de 300 pesetas, al cambio, menos e dos libras. A mi me gusta la comida española,  mi madre era oriundos de Galicia, pero aquella zona es lluviosa como Londres y yo quería sol, mucho sol.

  Después de comer salí con el coche a explorar los alrededores. Mi acerqué hasta el pueblo costero de San José, en una calada a la izquierda  construían un puerto deportivo, cada uno de los camiones llevaba una sola piedra inmensa, la gente tenía mucha gana que finalizaran el puerto pues tenían la esperanza de una segura prosperidad por el turismo náutico.  El pueblo ocupaba la costa de la bahía, una calle a la derecha conducía hasta un morrón donde se alzaba un cuartel de la Guardia Civil, que los lugareños le llamaban el castillo, pies allí, se levantó un castillo de defensa de costa, todo ello me lo contó el dueño del Bar Sebastián un tipo nervioso, chaparro, típico español bajito superviviente de la guerra civil.  Como el bar era lo único abierto,  me valió para desayunar y sin ningún esfuerzo entrar en conversación y hablarme de los años del cacique Don José Montoya del que decía que todo San José hasta Los Genoveses es suyo, además Franco venía cazar a esa finca.  Sin yo peguntar me siguió  historias rancias historias, la que más recuerdo fue la de cuando Don José Montoya q.e.p.d., sacó una escopeta para amenazar a un vecino, y el Cabo de la Guardia Civil, un tío cojonudo, lo detuvo una noche en el cuartel y le quitó la escopeta,  escopeta que para Don José era la vida.. También me contó que la Brigitte Bardó y Sean Conery, mi paisano, estuvieron en su bar comiendo la especialidad: patatas fritas con pescado fresco de la bahía, pues muy cerca de allí estaba la Peineta un islote volcánico con forma de gorro de cazador donde siempre estaban los peliculeros o gente del cine. Desde que nació en Almería el pequeño Holywood (Tabernas) aquella costa salvaje sirvió como escenario de innumerables películas. 

 Sin que hubiera forma de pararle en su extensa disertación, yo era el único cliente con el que podía desahogarse, me peguntó qué hacía yo por el culo del mundo, no sabía qué contestar, era la primera vez que alguien me preguntaba directamente, con cierto descaro la causa de mi viaje, p respuesta que en verdad no sabía ni yo, por otra parte, pregunta indiscreta que a nadie Londres se le ocurría hacerme, me vi desconcertado, sin una repuesta valiente, no sabía qué hacía yo en aquel lugar soleado, solitario y al borde del mar y de todo mal. Además aquel tipo de bigote pachón, se había interesado por mi vida, por otra parte qué alegraba, desde la muerte de mi madre nadie se preocupaba si yo existía en este mundo de abismo y soledades.  Me veía en la necesidad de mentirle, le dije que era escritor y buscaba un lugar tranquilo, nuevamente me recomendó su casa donde tenía una habitación libre, le dije que por ahora estaba hospedado en Bar León.  ¡Hombre!, en casa de mi consuegro, yo tengo en el Pozo a un hijo..., y  nuevamente, sin reparo alguno me contó toda su vida.   No es que no me gustara San José pero sí había mucho ruido con las obras del puerto.  Conozco otro sitio que seguro le gustará, la Isleta del Moro, diez casa  de pesadores, allí vive mi hermana pregunte por Joaquín Pérez, en verano alquila una habitación, ese es el lugar más tranquilo del mundo, allí nunca pasa nada, no hay teléfono, agua, médicos, nada de nada, la civilización todavía no ha pasado por allí, ni siquiera le han metido el asfalto. Me lo dijo con tanta ilusión, con los ojos de alfiler, que decidí ir a visitarlo.

Tomé la salida de San José y el Poco de los Frailes, apareció un cruce  a mi derecha y una señal que decía Los Escullos y Rodalquilar, el cartel no tenía escrito Isleta, olvidado, eso me daba buenas señales, avancé, leí un cartel: “a las Presillas bajas”, que apuntaba al interior de las rocas volcánicas y tierras sembradas de chumberas o nopales, entré en las Presillas pero no me gustó, estaba encajonado en un hoyo sin vistas a ninguna parte.

 A la derecha, emergidas del mar, surgen dos cerros gemelos y cónicos, en el mapa se les nombra como Los Frailes, al pie casas semi-enterradas, con terraza, blancas y desérticas, un cartel decía: “las Norias”. Vi el mar, por fin un cataclismo de colores y matices, un viento de poniente rizaba las olas en un azul ultramar. Los Escullos eran cuatro casas, a la derecha la silueta de un castillo costero sobre un acantilado, me asomé al borde y vi dos enormes islotes como huevos de un gran dinosaurio encubados en el mar junto a una casas blanquísimas semejante a fortines –así los denomina Goytisolo- africanos, más parecidos a construcción marroquí o argelina que da española.

Aquella soledad convertida en silencio, la luz cegadora, el color, la transparencia del aire, la proximidad de la lejanía, era demasiado para un escocés que vive en Londres, demasiada brusquedad de cambios de paisajes y luz en unos días, me encontraba en esa España mágica de Sánchez Dragó, en ese atormentado lugar de la España de la pena negra de Lorca y su “Bodas de Sangre”, literatura que siempre me atrajo por su crudeza y primitivismo.  En cuanto llegué al cruce de la Isleta vi dos islote, como dos huevos pétreos gigantes, dejé el asfalto y tomé el carril de tierra, el Corsa notó el buzamiento del carril desnudo en sus huesos de gravilla suelta y blanquecina. Me quedé ensimismado, atontado, bobo, rogando a Dios que hubiera un lugar para alojarme.

  Descendía por curvas, el coche patinaba y me obligó a meter la primera, a la izquierda una cuatro o cinco palmeras,  tomé un rambla seca que te deja en mitad de la plaza, donde en una fuente central más bien lavadero, charlaban unas mujeres vestidas de luto con pañuelos a la cabeza y un hombre de unos cincuenta años con el pelo cano de cara ancha y curtida por el sol y el salitre, que miraba con curiosidad de baño raro. Nada más parar se me acercaron unos morenos chiquillos fisgones, unos gatos ni se movieron, un perro se puso a oler mi pernil, unas gallinas picoteaban tranquilamente en la plazoleta, el perro ladró y la voz de un hombre lo calmó. Sin duda esto era lo que buscaba, por fin mi ínsula, un mundo anclado en la Edad Media, la ausencia de coches, de ruidos, y al fondo el mar con barcas como una marina decorando un salón.

–Busca usted algo en especial – era un hombre cincuentón.

–Sí, ciertamente, me manda un tal Sebastián de San José,  y busco a su cuñado Joaquín Pérez que tienen una casa para alquilar.

–A sí, hombre, el tío de la Pipa, yo soy sobrino suyo, le acompañaré a su casa está ahí mismo a la vuelta -mientras caminábamos-  estará ahora con sus cestos de esparto, y es que mi tío en muy manitas, una vez le llevaron hasta una exposición de la Diputación de Almería, que lo llevaron por la artesanía popular de Níjar, ya sabe esas cosas de cacerolitas de barro y jarapas, está un poco sordo... –continuó mi nuevo cicerone sin parar de hablar como si callar fuese una enfermedad, y tener la caja de la boca cosida un pecado, me extrañó el color azul nórdico de sus ojos, llegamos a la puerta de la casa o fortín de muros gruesos de la casa de Joaquín, un anciano sentado en una silla de anea bordaba con sus manos manchadas por la vejez unos cestos de esparto con una habilidad de dedos bailarines exigentes en la máxima disciplina en un arte arcaico y nada rentable, usaba viejos pantalones de pana y una blusa negra.

  –  ....Lo ha mandao tu cuñao Sebastián quiere saber si le alquilas la casa...

  –¿Y cómo está mi cuñao.... – y continuó hablando, el tío de la Pipa, no fumaba pipa en ese momento, pero le pasaba como a su sobrino que no paraba de hablar de cuanto le venía a la cabeza, cualidades de esta zona del Cabo–.

–El barman de su cuñado me ha dicho que a lo mejor me alquila una casa, este lugar me gusta.

–¡Ka!..., pues menuda categoría le ha dado usted a mi cuñado: barman. Ya quisiera ser camarero, él lo único que ha hecho en su vida es pescar, beber y pelar patatas. Lo que le pasa que se atreve con todo, y el negocio no le va mal, gracia a mi hermana que es cocinera de primor. ¿Sabe usted cuántos años tengo yo?, eche un cálculo, Hilario díselo tú...

Yo me quedé pensando en la respuesta si le echaba muchos se podía ofender, y si pocos también se podía molestar si su intención era demostrarme ser el hombre más viejo del lugar, esto de echar años es complicado, sobre todo si te lo preguntan con tantas ganas, yo le dije setenta y cinco para no pasarme.

–Usted no vale para comprar a ojo de buen cubero. Tengo noventa y dos años.

Desde luego que Joaquín tenía toda la razón, yo no valía para comprar a ojo y más razón tendría si yo pudiera contarle los desafortunados negocios y malas inversiones que había hecho en Bolsa y, además, eran la causa que me habían llevado hasta allí. Pero no hablaba sobre lo que a mí me interesaba, sobre la casa de alquiler. Daba rodeos. Me acusó de tener muchas prisas, luego le puso algunas pegas como que no la tenía preparada para alquilar, sin contarme la gran pega. ¿Cuánto pide por el alquiler?  Se levantó, y acompañado de Hilario me enseñó la casilla sin hablar de dinero, me ponía nervioso, él quería que primero la viera y después hablaríamos. Temí por un precio abusivo, el lugar lo permitía.  Era una casa antigua de gruesos muros, blanqueada,  herencia familiar, tenía una puerta con clavos gruesos con forma de mariposas y una cerradura con llave de castillo,  madera pintada en color marrón con pintura de barco, miraba al mar, a la bahía con bacas de pesca y un islote redondeado a la izquierda, frente ella una especia de paseo de unos cinco metro de ancho, y al borde un pequeño dique o muelle de unos diez metros de longitud, la vista era inigualable. Tenía un emplazamiento envidiable junto a Hostal de la Isleta.  El poblado no tenía más de 40 vecinos, era mi paraíso soñado, un lugar privilegiado, el mar amplio de un azul intenso y hondo.

 Dentro  de la casa olía como a redes amontonadas. Se componía de planta baja con techo con vigas y cañizos, un salón comedor decorado con retratos antiguas de difuntos, un pequeño altar con una Virgen, flores marchitas en un bote de cristal y unas velas; una cocina con antigua chimenea, una alacena y un pequeño frigorífico vacío; un dormitorio con cama de hierro de las de matrimonio de las que suenan, sobre el colchón una colcha confeccionada ganchillo, solo la corcha valía más que la casa,  un espejo con bordes de cobre, posiblemente desecho de algún naufragio, un cuadro de la Virgen del Socorro; el cuarto de aseo  ridículamente pequeño, inodoro con olor fuerte a lejía, una pequeña ventana  de mazmorra sin cristal. Luz eléctrica de 120 W. y gas butano. Si alguien me hubiera acompañado, y no me refiero a mi mujer, para ver la casita seguro que me abofetea, no por razones higiénicas sino por salud mental, asegurando de mi locura no tenía sanación posible.

Cerramos el acuerdo de alquiler, Joaquín lo llamó cerrar el trato, me dio su mano artesana, robusta y rasposa por las callosidades  yo no  sé leer ni escribir por lo tanto no vamos a firmar ningún papel, te la alquilo por siete mil pesetas al mes con dos mensualidades por adelantado. Acepté el precio a la primera, sin recatear, me pareció muy barato, no quería que se echara atrás, y le pagué 21.000 pesetas, a cambio de las cuales me entregó la llave, una grande de hierro negra, arma peligrosa en manos de cualquier delincuente.  Nos dimos un apretón de manos con si fuera un contrato, costumbre que yo había desterrado como fórmula de validez legal, darse la mano entre los hombres de negocio tiene menos valor que un cuervo mensajero.

Saqué el equipaje del coche, las dos maletas, labor a la que me ayudó el voluntarioso Hilario, y  me instalé en aquella maravilla de casita frente al mar, en un lugar paradisíaco de luz  que lo tenía todo para mí: tranquilidad y paz.  Hilario era un hombre fuerte, antiguo pescador, de extraños ojos azules en aquel lugar, dicharachero, se daba a la conversación como hombre de mundo. Mientras abría la vieja puerta de la casa con llave grande me dijo.

–Para lo que usted necesite, aquí está Hilario. Que quiere ir a pescar, aquí está Hilario, que quiere ir a cazar, aquí está Hilario. Lo que necesite, aquí está Hilario...

–¿Hay teléfono? Pregunté con la intención de dar mi paradero a Bárbara.

–No, aquí no hay teléfono, el más cercano está en Cabo Gata, a treinta kilómetros. Esto es el culo del mundo, aquí no hay médico ni farmacia, ni cura, ni escuela,. Hubo una pero la cerraron por falta de niños.

–Pues mejor, así nadie me molestará –me tuve que contentar.

 Siguió hablando como si nos conociéramos de toda la vida, si hospitalidad era sincera, quería que me sintiera cómodo, casi me acaparaba con el ofrecimiento de su amistad. Y cada vez que decía aquí está Hilario, se daba dos golpes de pecho, reafirmando su gesto. Tenía poco pelo, un pelo cano, su edad debía ser de unos cuarenta años, vivía con su madre, ya anciana, y me indicó varias veces que él era mi vecino, y tenía una barca de madera, nada de poliéster ni mariconadas, una barca moro a gasoil.

La casita de cuentos a la orilla del mar tenía una pega grave, lo vi cuando fui a orinar y me di cuenta de la gran pega oculta: no tenía agua corriente. Así que me vi en la penosa necesidad de hacerla la primera petición a Hilario. Y él me indicó que ya no me podía volver atrás un trato es un trato.  Visita a mi casero, el cual, se asombró de mi ignorancia el agua del cuarto de aseo y del fregadero es salobre y se saca con una bomba de agua manual de la fuente de la plaza del pueblo, para beberla del aljibe.  Nadie me había contado que en aquel área del Cabo de Gata no  hay agua corriente ni alcantarillado, para el abastecimiento de agua potable la gente dispone de unos aljibes subterráneo de gran capacidad, cuando llueve se recoge la lluvia de las azoteas dirigidas por conductos a los aljibes, y cuando se acaba el agua se compra una cisterna.  El viejo zorro de la pipa apagada me la había colado bien, un maestro del trato que no sabe leer ni escribir, y por el contrario, yo con master en economía caí en el cebo. De haber sabido esa avería le hubiese pedido una rebaja en el precio del alquiler. El trato era el trato y yo le había dado la mano de conformidad, así que nada podía hacerse.

Instalado en la casa tomé posesión de mis dominios. Hilario tardaba en irse y me daba un poco de corte despedirle, pero él se dio cuenta y se restregó las manos en la camisa. Pues...bueno, condió.  Luego me entendré que “condió” es Adiós. Que quiere decir Adiós. Y se marchó. Hacía mucho tiempo que no oía a nadie despedirse con un condió, que es lo mismo que quede con Dios, o Adiós.

A la mañana del día siguiente cogí mi cántaro de agua y me fui a la fuente de la plaza y a la vez lavadero para coger agua salobre para fregar platos. Allí esperaban cola varias mujeres con sus velos negros en la cabeza, eran mujeres de piel morena, reseca como la mojama, curtidas por el sol. Cuando me puse a la cola una de las mujeres me cogió el cántaro me lo llenó y me lo llevó hasta mi casa, me di cuenta que había infringido alguna norma social en el pueblo. Al momento apareció Hilario y me susurro los hombres no van por agua a la fuente,  eso son cosa de mujeres, pero si yo no tengo mujer qué hago. Hilario parecía tenerlo todo preparado ante mis problemas domésticos para sobrevivir en este poblado vas a necesitar una, esa mujer que te ha traído el cántaro se llama Cecilia, es viuda, hacendosa y buena mujer, por diez  mil pesetas al mes te pude hacer de comer, limpiar la casa, lavarte la ropa y barrerte el suelo, así tú mientras a pescar o a cazar la perdiz, como un señor... Me pareció justo y muy varado el servicio doméstico, le dije que empezara cuando quisiera, y empezó ese mismo día. Cecilia era viuda de un pescador, debía tener dos edades, una la que aparentaba de una mujer de unos cincuenta años, delgada. Morena, seca y de ojos  como carbones, una auténtica morisca, pero por dentro debía tener treinta años, por su actividad doméstica, además tenía algo de hechicera, cuando menos me esperaba estaba rezándole a los huevos cocidos, bendecía las alacenas con ramas de hinojos y trenzas de ajos crudos.  Era muy servicial, tanto que me agobiaba, así que le puse sus horarios de limpieza y hacerme la comida y la cena, menos mal que vivía a las afuera de la aldea, dormía en su casa. Tenía dos hijos, uno haciendo el servicio militar obligatorio y el más pequeño ayudaba en la pesca. 

Cecilia tenía su pasado que me contó el primer día, un pasado de novela dramática. Algunos días le pedía que comiera conmigo, aunque ella no quería comer en la misma mesa que yo, se sentía avergonzada, ¿por qué no quieres comer conmigo, así no me sentiré tan sólo?

–El amo nunca come con el servicio.

–Ni yo soy tu amo, ni tu eres servicio.

–Honor que me hace, pero yo no sé comer en la mesa.

–Siéntate y come, es una orden.

 Conseguí que se sentara en la otra esquina de la mesa, no se había quitado el pañuelo de la cabeza, cogió el pan redondo y con un acto casi litúrgico le hizo al pan la señal de la cruz con el cuchillo. Este acto me recordó la costumbre de mi madre que también lo hacía, y además cuando se caía un trozo de pan al suelo, mi madre lo recogía y le daba un beso y decía Cuerpo de Cristo. Pero estas costumbres han perdido su vigencia en Londres, el pan ha dejado de ser divino para convertirse en simple alimento.

 

 

 

 

 

                                                                            4

  

 

    La zona del Cabo de Gata huele a algas,  a olores renovados,  a mar con azul navegación que rebuzna con el levante,  la costa es abrupta de colores marrones, creta, tierras, ocres, salpicada de pequeñas playas, calas, escollos, islotes como dedos de un gigante submarino, cuevas, morrones, ausentes de vegetación, las gaviotas reidoras son imprevisibles en sus vuelos recortados  a ras de las olas,  se zambullen en busca de peces descuidados, los graznidos son agudos rebotan sus ecos en el basalto negro de los acantilados,  se vive el silencio concentrado, el grito de los silencios en los peces muertos, recién sacados de las botes cuando son descargados en el pequeño varadero de la Isleta del Moro, situado a la derecha, huele a redes con salitre a sudor de pescadores, uno se revitaliza, bebe demasiado y con el mismo exceso que hace el ridículo, como es natural en un clima subtropical donde el organismo te pide líquidos, salidas nocturnas, charlas con los conocidos y vecinos por no decir amigos, que son palabras mayores, como de es costumbre decir en este sur intacto de búsquedas profundas. Hacia levante está la playa de Peñón Blanco, donde las mujeres despides a sus maridos cuando salen a la mar.

   A los siete u ocho día de mi estancia en aquel paraíso al sur, siempre al sur  de toda orientación, pasé miedo, un hecho que me sobrecogió y me cambió para siempre los parámetros de entender la vida, los esquemas de un egoísmo individual de hombre de negocios, imbuido en un mundo financiero voraz de  valores cambiantes, de cifras en constantes movimientos, gráficas y ataques al corazón. Una mañana oí revuelo en la aldea, busqué a Hilario para preguntar qué pasaba, y me contestó que de madrugada la Guardia Civil encontró un alijo de hachís de 350 kilos enterrados en la arena en una cala próxima a la Isleta del Moro, la conocido por cala de los Pinos; posiblemente los veinte pinos más al Este de la Península Ibérica. Desde los quitamiedos del carril a Rodalquilar, baja la playa  un camino de herradura, la cala se oculta a la vista por los pinos, la estrechez de la íntima vagina de rocas basálticas. Tras la recogida del alijo de drogas empezó la investigación policial, las patrullas, los perros antidroga, las preguntas capciosas, la mirada sospechosa de la Guardia Civil convencida, que por la proximidad existente entre la Cala de los Pino y la Isleta, los pacíficos habitantes del poblado debían saber algo, u ocultaban información valiosa, sobre todo cuando sobre la cubierta del barco de pesca de Adriano Carratalá, “La Dolores”, apareció arenilla fina de playa, idéntica a la que se forma en la cala de los Pinos, y se peguntaban cómo había llegado esa arena allí, ella misma se daba las respuesta: ha habido un desembarco, y si ha habido un desembarco de 350 kilos ha debido participar mucha gente, no uno ni dos,  si tenemos en cuenta que dad fardo pesa veinticinco kilos.

La Benemérita, que es otro nombre de que se le da a la policía de costa, temida por su eficacia y pronta resolución de los casos en que se empeñaban en investigar, seguía obcecada con la única prueba científica que disponía: la arena de la cala de los Pinos es única en esa costa. Yo no sabía la composición química de la arena pero algo debía tener que como talismán la identificaba. Años después supe que en las costas abundaba el ágata, explotada en la antigüedad, y por eso el nombre de este cabo de Gata, deformación de ágata, al perder la primera á esdrújula.

 Pero aquella gente, endurecida en los arañazos del mar,  no soltaban una palabra, bien porque no sabían nada o porque en realidad eran duros como una piña seca, las preguntas llegaron hasta mí, ¡por qué había un extranjero en la Isleta, semanas anteriores al alijo? Por regla general todas las policías del mundo desconfían en las casualidades, pero conmigo se habían equivocado, la razón casual de mi llegada al poblado se debía únicamente a mi salud física y mental, si continuaba por más tiempo en Londres sometido al estrés de un trabajo opresivo me hubiese vuelto loco.

La insistente presión de los depredadores, las contradicciones, el bulo, las mentiras y los cebos, empezaron a crear desconfianza en los habitantes de la Isleta, en silencio las familias se inculpaban unos a otros, cabía la posibilidad de la desunión,  de que alguno se rajase, del aflojar amarras, a pesar de que no eran muchos: treinta personas incluidos los niños, repartidos en cinco familias entrelazadas por antiguos parentescos, volvían los tiempos de las desconfianzas de si tú han dicho esto o lo otro de mí, nacía la vieja leyenda de los cuñados traidores o la del forastero desconocido al que siempre se le exige una limpieza de sangre.  En realidad a la hora de ayudarse en la adversidad contra los desprecios del mar y el fatigoso de varar las barcas se convertían en una célula resistente, no había fisuras, sin embargo el recelo nadie lo puede evitar, los malos pensamientos son residuos del subconsciente que traicionan sobre todo cuando está el acoso de la famosa eficacia de la Guardia Civil, experta en crear un sentimiento de descontento propenso a confesar las culpas y sacar a colación antiguas rencillas familiares cuyas heridas jamás se cierran  por completo, como es sabido el refrán de a mar revuelto ganancia de pescadores.

Hilario empezó a asesorarme con un abogado de secano, a ti si te preguntan diles que no sabes nada, pero si es que yo no sé nada de nada, respondí con cierto enfado, este asunto del alijo me cogía de imprevisto. Luego me asustó un poco cuando me aseguró:

 –Lo peor de todo esto es que tú eres el único extranjero que vive aquí, además eres un recién llegado y van a sospechar de ti en seguida. Si yo fuera tú me largaba a San José o a Níjar.

     –No Hilario, yo no tengo nada que temer, y por lo tanto no me voy a ir.

     –No te fíes de los civiles, son malos a reventar. Tú no aguantas una hostia.

 Todos los vecinos fueron pasando por un cuartel provisional o destacamento instalado en la escuela nacional de la Isleta  que la habían cerrado por alta de niños y los pocos en edad escolar los llevaban en autobús a Níjar, consideración que la Guardia Civil tuvo muy en cuenta, pues la distancia con el cuartel de San José  al que por  demarcación pertenecíamos distaba diez kilómetros, una gran pérdida de tiempo si tenemos en cuenta qua aquella gente no tenía coches y ni línea de autobús regular, lo más próximo era la parada del Pozo de los Frailes. No quedo nadie por declarar, hasta los críos fueron interrogados delante de sus padres, al menos para que dieran su parecer. Pasaban los días y la cercanía constante de la Benemérita destacada en la escuela, con controles y husmear de barcas, vigilancia a distancia con los prismáticos, causaba cierto malestar, sufrimiento, comentarios inadecuados, que no era más ni menos consecuencia de sentirse excesivamente vigilados, innecesariamente para ellos, pero eficaz método de presión directa para incomodar y causar la reacción que se esperaba que sucediera, convencidos de un complot vecinal, tarde o temprano alguno de ellos se rajaría ante la sagacidad del Sargento Fernández, un hombre joven que si bien en tiempos de armonía se tomaba un vino con la vecindad y acudía a la fiesta de la Virgen del Carmen, en realidad no te podía fiar de él, pues cuando le entraba la pájara civilera –pocas desde luego, gracias a Dios- parecía un perro sabueso con los pelos del bigote regañados, y en su delirio de buscar medallas que le sacaran de san José era capaz de vender a su hermana. Nadie quedó sin que el sargento les hiciera la veintitrés preguntas que tenía manuscritas en un papel, como si fuera un guión sumarial de los que tienen los fiscales en los juicios orales. Hasta que me llegó el turno a mí.

   Al principio la gente por interrogar fue a la escuela-cuartel con precaución, temiendo alguna hostia, pero los que bajaban del cuartel decían que no les había tocado, aquel Sargento escribía  y no tocaba a nadie, pero les volvía loco de preguntas hasta salir con migraña, no se sabía qué era mejor si una hostia rápida o una tortura psicológica lenta, algunos añoraban cuando el Cabo gallego de posguerra les daba un bofetón y no escribía cuando se enteraba de que había usado dinamita para pescar, ¡qué tiempos! Comentaba Adriano Carratalá en el bar, íbamos hasta Melilla para hace contrabando. Y a la Guardia Civil le dábamos su parte, que en aquellos años pasaban mucha hambre. Me quedaba asombrado de las historias que contaba, y como el tiempo era propicio para sacar “ajuares antiguos”, yo insistía en hacerle pregunta del pasado,  pues no les he dado yo pescao a la Benemérita en los años cuarenta, añadía  el viejo patrón Adriano que se acercaban a las playas esqueléticos y lampando, y ahora vienen apretando los cabos por simples sospechas de algo que no hemos hecho. Ahora no pegan como antes pero no es mejor te denuncias al Gobernador por la pesca de los inmaduros, por las mallas de talega o por el rol y te buscan la ruina, más de cuarenta mil duros por un cubo de inmaduros, ¿qué te parece, inglé?

Yo insistía en decirles que no era inglés sino escocés, que mi madre era española, por eso habla el español sin acento, pero ellos no distinguían entre un escocés, un inglés o un llanito, les nada igual, no me reconocían como español, no había forma lo único que conseguí en que en vez de que me llamaran guiri me nombra por mi nombre españolizado: Robert, para facilitarles la relación conmigo pues necesitaba un cierto periodo de adaptación entre el mundo de la Bolsa y la vida de ermitaño que pensaba tomar, lector de libros que siempre deseó acabar. Entre manos tenía el libro olvidado por alguien en la mesita del hotel de Níjar de Juan Goytisolo Campos de Níjar de un viaje que hizo el autor en los años cincuenta a Almería. Yo quería ponerme al día en el vocabulario de la zona cuyo libro es muy adecuado y rico en anécdotas similares a Viaje de la Alcarria de C.J.Cela.  Estas eran todas mis pretensiones, leer, pasera por el arco de las playas, apreciar la libertad en la ausencia de problemas, actos que otros reconocerían como síntomas de depresión.

Cuando aparecí ante el sargento y  ante su peligrosa y pequeña máquina azul de escribir una Olivetti 45, yo era el único turista o forastero (como es de costumbres llamarse allí a los extranjeros siguiendo la costumbre del lenguaje de los wester) que vivía en allí, luego me enteré que también vivía un suizo ermitaño en un cortijo alejado, pero no contaba, llevaba treinta años, no hablaba español y además nunca había bajado al pueblo. En la puerta había un Land Rover de dicho Cuerpo, un guardia atendía un radioteléfono, pedí permiso y entré al aula.  El Sargento que estaba sentado en la mesa del profesor situada sobre una tarima, parecía un actor en las tablas de un teatro, era la imagen que más me reconfortaba, tardó en levantar la cabeza, miraba sus papeles, hacía el viejo truco de hacer creer que está leyendo documentos más interesantes que quien acaba de entrar para montar cierto menosprecio al visitante, truco que no funcionaría conmigo pues yo me he pelado el culo en los despachos de inversores del mercado de valores. Después me miró fijamente muy serio, amedrentando, no quería caer en el juego de las miradas gachas, le aguanté su mortal mirada hasta que él doblegó la suya por simple educción, le resistí como puede, pues quería darle a entender que no estaba tratando con un pescador sumiso, sino con una persona que conocía sus derechos.  Aquel silencioso encuentro en el ring de las miradas fue suficiente como para que me pidiera que me sentara, lo hice fuera del entarimado, sus ojos se detuvieron nuevamente  en los míos con cierta complicidad, pero cómo empezar, cómo convencerle que yo estaba allí por simple cuestión de huída de la civilización,  que no tenía nada que ver con aquel desafortunado alijo en aquellas acariciadas playas, que había llegado hasta allí, al culo del mundo, recomendado por la amiga de mi mujer conocedora del Camping Azahar, pero no me hubiese beneficiado, por eso dejé que él hiciera las peguntas y con testar únicamente a lo que me preguntara, sin extenderme en situaciones anímicas y complejas de paciente neurasténico.

–¿Estoy detenido, de qué se me acusa?, preferiría un abogado si tengo que hablar de un asunto que pueda implicarme en un delito.

El sargento no contestó, se rascó la cabeza, luego se bruñó el bigote, sacó un cigarro de un paquete de Fortuna y me ofreció uno sacándolo del paquete. “No gracias, no me dejan los pulmones”. Con cierta lentitud, en un gesto no aprendido, ese mismo cigarro despreciado se lo colgó al labio, lo mordió, lo prendió en hoguera al viento de un chupetón que le llegó, esa primea calaba, a la última octava de la bandolina de sus pulmones.

–....y dígame, qué hace usted por estas tierras próximas a Marruecos, en estas lejana latitudes donde no sobreviven ni los lagartos, sobre todo en invierno, si fuera verano tendría su lógica.

–Quiero saber en calidad de que estoy aquí, si como testigo, detenido o simplemente como informado.

–No vaya de listillo conmigo. Aquí hay pueden pasa dos cosas me puedo o no me puedo cabrear, está claro, usted es mi invitado. Usted respóndame a lo que el pregunto y tan amigos, ¿de acuerdo?. ¡Paulino!, cierra la muerta –dijo el sargento al guardia del radioteléfono de un vocinazo.

La insinuación de cierra la puerta que nos quedamos los dos aquí dentro solo supone dos cosas o una excesiva confidencialidad sin que puede pasar algo sin testigos. Volvió a chupar en extremo, expulsó el humo negro como un calcetín, sentí el desamparo de la soledad, en el fondo no temía porqué yo no había hecho nada.

–Tarde o temprano lo voy a saber todo, y si no colabora pude ser peor.

­­–Yo no sé qué quiere usted saber.

­–Coño, lo del hachís, joder, qué voy a querer.

–No sé nada de lo que me pregunta.

Por supuesto que yo quería colaborar con la Justicia, pero no quería que me tratara como a un presunto traficante, sobre todo cuando yo era un desconocido para él. Por otra parten no era frecuente que me tratasen así. Sin duda algún vecino había puesto los ojos de mira en mí. Por unos momentos nos sabía qué hubiese sido mejor si haberme quedado en Londres junto al lema: “Dinero, dinero, dinero, un poco más por favor” o aparecer por esta supuesta tierra idílica, virginal, paraíso de luz.

–Déjeme su pasaporte, por favor.

El sargento tomó el carné con los dos dedos como si fuese el rabo de un escorpión. A pesar de que en la portada se ve a un león y un unicornio, se lo dejó al guardia del radioteléfono para que pidiera antecedentes, pues allí tampoco había teléfono, el más cercano estaba en el pueblo de Cabo de Gata a treinta kilómetros al este, las distancias allí son de puro desierto. Níjar era el segundo municipio más extenso de España. Aquella muestra de desconfianza me predisponía a la hostilidad, pero de alguna forma tenía que adaptarme a la norma policial y cumplir con mis obligaciones de ciudadano extranjero, lo mejor era acabar con el cuestionario de preguntas y acabar cuanto antes.

    Me peguntó cuál era mi trabajo, de qué vivía, no podía mentirle, y le dije la verdad, a sabiendas que no le iba convencer tan fácilmente, hizo un comentario de que en las inversiones de Bolsa se debería ganar mucho dinero. Unos ganan y otros pierden como es mi caso. Luego insistió en mi relación con Adriano Carratalá, desde cuando le conocía, sabía que yo había estado hablando con él pero también en esa semana hablé con medio pueblo. Quería saber por cuánto tiempo me iba a quedar, cuando le dije que no sabía, me insinuó e sería mejor que por ahora no me machara, debido a la conclusión de sus diligencias. Por un momento me recordó aquellas películas en blanco y negro cuando el policía con gabardina le dice al protagonista: no abandone la ciudad.  En realidad me reía por dentro, por la situación cinematográfica y absurda en la que me encontraba, más propia de “El Proceso” de Kafka que de la realidad misma en aquel desolado lugar legos de todo punto geográfico, allí no me iba a perder, el poblado poco tenía que abandonar.

   Cuando salí de la escuela-cuartel bajé por la calle mirando al mar, diciéndome a mí mismo que no me merecía aquello, que los problemas me perseguían, que los problemas están metidos dentro de uno mismo, un hombre es una fortaleza de problemas. Me encontré a unos niños jugando a las cartas en un portal, no me prestaron atención seguían a lo suyo, faltaban mucho colegio. El ideal de los niños es hacerse pescador y tener una barca propia el día de mañana.  Llegué al Bar “La Foca Monje” regentado por Ernesta  Casamayor y su hija Ernestina con la necesidad de hablar con alguien que no fuese policía para desenredar un poco aquella situación incomprensible, ¿cómo unos pescadores pacíficos iban a ser capaces de tener la infraestructura necesaria para traficar con un alijo de 350 kilos de hachís? No me cabía en la cabeza, es hora de indagar por mi cuenta.

Dentro del bar los hombres me esperaban en silencio vueltos de espaldas a la barra esperándome. Estaba Hilario apoyado en la barra, Antonio Carratalá, Eliseo el Embustero, Raimundo el Gordo y Antonio Casamayor.  ¿Qué, como le ha ido con el Sargento - me peguntó Hilario- algunas veces es un cabrito, pero en el fondo no es malo, qué, qué le ha contado?  Pedí medio whisky con hielo. me apetecía, el alcohol me traicionaba aunque también es verdad que juré no fumar pero sobre al bebida no me había prometido nada.  Qué le voy a contar es que yo sé algo de lo que pasa en este pueblo, yo acabo de llegar, mis ojos no han visto nada de nada. ¿Lo habéis hecho o no lo habéis hecho?   Pegunté directamente como llevado por un momento de arrebato por el mal rato que me habían hecho pasar en la escuela-cuartel.  Nadie contestó, porque aquí no contesta nadie a una pregunta directa, el silencio se volvió algarabía y me invitaron al primero, al segundo, al tercero y no sé cuanto más güiskis.  Aquella medio borrachera, junto a ellos, de igual a igual, me sirvió de cierta amistad con los pescadores, gente brusca y mal hablada, bebedores imborrachables,

Después de beber como romanos tas una victoria en las Galias, me ofrecieron una silla para jugar con ellos al dominó, máxima muestra de hospitalidad, pero yo ni sabía ni era capaz de aprender un juego del que se necesitan años para medio dominarlo, por eso se llama domino o dominó, de dominar.  Tiempo después si intenté aprender el juego de la fichas blancas y negras con agujeritos negros y blancos, mi compañero y educador fue Hilario que me advirtió: Hay gente que por muchos años que pase jugando al dominó no aprenderá, es como una ciencia, un arte. Tenía razón este juego es intuición matemáticas, teoría más que práctica, puesto que aquí nadie pasa de las cuatro reglas si es que no se les ha olvidado. Más tarde llegaron gente joven que empezaron a jugar a las cartas: al Paulo. Y de beber pidieron unos “liberti” –vaso grande de vino blanco.

Después de mucho beber a un precio de risa, abusé como quien se halla en el paraíso del alcohol barato, como si estuvieras en las rebajas de un importante almacén en la city de Londres, y compraras por el simple hecho de que está todo barato aunque no te haga mucha falta.   Aquella tarde-noche  yo no podía más y me fue a acostar.   Creo que el único hombre verdaderamente borracho era yo, ellos estaban tan tranquilos, charlatanes como siempre y amigables. Anda Robert acuéstate que estás un poco bedorrio, dijo Hilario, te acompañaré.  Por lo general cuando bebo demasiado no me pongo agresivo, algo pesado cuando me da por tocar la gaita, instrumento que no llevé conmigo.  Bueno vale..., si tú lo dices..., no sé donde estoy ni donde vivo, ni qué coño hago yo aquí, sabes una cosa, amigo, que el mundo es una mierda, estamos rodeados de una gran mierda...,  No sé qué más cosas dije y me acosté vestido.    

  De esta manera, borrachera tras borrachera, fue poco a poco entrando en el cerrado círculo familiar de la Isleta uno de esos lugares poblados desérticos que  impresionan la retina cuando se pasa fugaz como un flash por la carretera, es un rebaño de casas inadvertidas al paso del viajero, su impresión es leve recuerdo como esas fotos que ni siquiera tienen el interés para ocupar un lugar en nuestro álbum, pero, luego, cuando los conoces a fondo y nos acercamos a verlos con lupa, descubrimos la grandeza de la pequeñez, apreciamos la profundidad del razonamiento de sus habitantes, nos olvidamos de lo insignificantes en su tamaño, hogar de pescadores pacientes e insensibles al paso de la actualidad, y entramos en otro mundo. Aquí al Este del Cabo de Gata, en el codo de la provincia de Almería, uno encuentra de nuevos los sentimientos que el hombre moderno ha perdido: la amistad, la solidaridad, la hospitalidad, en definitiva la forma los valores que no se han debido perder, y sobre todo nos enseña la forma de enfrentarse a la vida.

Borrachera tras borrachera, desinhibido totalmente de los gestos que nos impiden comunicarnos, partida tras partida de dominó entré  en el círculo cerrado de aquellas familias de pescadores, hospitalarias pero reacia a los forasteros. Pero me pude enterar de la causa por las que el barco “la Dolores” de los Carratalá tenía en la cubierta arena de la playa de la playa de los Pinos. Antonio Casamayor, que era el pedáneo y hombre de fiar, aclaró que todo aquel entuerto sobre las sospechas del alijo, vinieron por culpa de una moraga (pescado asado en la playa con fuego tablas y gallos de las playas).  Los Carratalá desembarcaron en el bote auxiliar en Cala  de los Pinos y se comieron una morga, luego al subir de nuevo al barco llevaron la arena en los alpargates.  Ellos nos vieron los fardos de droga porque estos estaban enterados en una zanja en la arena de la playa.  Alguien desde los cerros debió ver a “La Dolores” cerca de la playa y por eso lo chivatearon a Guardia Civil, que en estos lugares se enteran de todo lo que se mueve.                                       

 –...los Civiles no olvidan –prosiguió el pedáneo mientras tiraba sobre la mesa la casa de cerveza, es decir, el seis  doble– desconfía de nosotros desde que el viejo Morantes trajo de Melilla uno de los primeros televisores en blanco y negro, cuando se iba a pescar al banco de las Chafarinas y Tres Forques, hace por lo menos treinta años, aquellas pesqueras ya pasaron a la historia, como lo de pescar con la dinamita. Ahora la pesca ha cambiado, vivimos del lance al paso de la melva, de la moruna fija, del trasmallo de costa, del curricán.  Cuando nos sorprende el Levante fuerte tiramos para Almería, si por el contrario es Poniente tiramos para el pueblo. 

  –Cierra y cuenta que por lo menos nos hacemos echo sesenta tantos –me dijo mi compañero Hilario cuando cerró, a continuación se echó a reír con una boca amplia y unos dientes amarillos de la nicotina, puro esmalte.

   –Dice el tío de la Pipa que es usted de Londres –entró en conversación la dueña del bar “la Foca Monje”, una señora entrada en carnes a la que llamaban Ernesta-.  ¿Y su señora, es que no ha venido con usted...? –y sin darme tiempo a responder, añadió- claro a quien le va a gustar este lugar, al que le falta todo.

–Yo soy divorciado, trabajo en Londres, pero soy escocés de madre española.

–Eso sí que son complicaciones, y no como nosotras que nunca nos pasa nada. Sabe, me cae usted simpático, si va a estar par el día 19, le invito a la boda de mi hija Ernestina, se celebra aquí en la capilla de la Isleta, y después haremos un convite aquí en el bar. Ya sabe está invitado.

A la Ernesta se le  veía nerviosa por las proximidades del casorio de su hija. En un momento determinado salió de la cocina peleando con su hija, la Ernestina, quejándose de que no le ayudaban. Miré con intención de mediar.  Me dijo Hilario que yo a lo mío, al juego, si alguien se metía en medio de la madre y la hija salías perdiendo, porque ellas dos en el fondo eran del mismo equipo y cuando un zutano les atacaba hacían fortín de resistencia. Además la Ernesta estaba de un pronto explosivo, nada le convenía, peleaba a cada momento con la hija, pues cundo se casara se iba a vivir a Las Negras, por eso estaba nerviosa iba a perder a una camarera.  A la Ernesta se le veía una mujer agresiva, su viudez le había predispuesto a una forma de autodefensa.

  Dije que contara conmigo, al día siguiente me pidió el favor de que me encargara de ir a Níjar a recoger en mi coche a don Restituto, el cura que oficiaba el acto religioso, me acompañaría Hilario, cuñado de la Ernesta.  Acepté, no me quedaba otro remedio. 

 

 

 

 

 

                                                     5

 

Al día siguiente me levanté cerda del medio día, Cecilia no había venido a despertarme ni a hacer la cama, me extrañó porque nunca me faltaba. No me dolía la cabeza, porque tengo por norma no cambiar las bebida, solo whisky y si puede ser escocés mucho mejor, aunque el auténtico escocés es difícil encontrar, se bebe mucho DIC, y dentro de lo que cabe no es malo.  Lo ideal hubiese sido un baño con agua tibia y sales, media hora de relajación, pero allí no tenía ni una ducha, así que me lavé y afeité con el agua que saqué del pequeño aljibe situado en la cocina, ante el espejo, frente a frente conmigo mismo, en duelo de palabras y reproches me volvía a preguntar qué hacía yo allí , si merecía la pega, si era lo que en realidad mi interior me pedía, si en realidad era Raymond Burn y López, ex -agente de Bolsa en Londres.  Abrí la puerta maldiciendo entre dientes con la esperanza de no encontrarme a nadie, mas todas estas dudas se desvanecieron cuando abrí la puerta y me dio en la cara un sol altivo y a la vez autoritario, imposible de desafiar, la luz sobre la paredes blancas, el azul aguamarina sobre el mar pasivo rodeando el pequeño espigón, el olor al algas y pescado puesto a sea, en los labios el salitre, las manos resecas y la intuición de que la alegría me esperaba cerca.

   Me acerqué al restaurante del Hostal “La Sirena Azul”, situado a escasos metros de la casa, lugar muy concurrido los domingos por la gente de Almería que hasta allí se acerca para comer pescado, son domingueros que vienen a pasar en el día en las playas, pesca submarina, a comprar melvas o pulpos secos, su raciones de pescado en los distintos bares y para casa.  Como era medio de semana el restaurante estaba vació, yo tomé asiento cerca de las primes mesas, nada más acomodarme llegó una camarera para dejarme la carta sobre la mesa, me quedé impresionado al ver a esa mujer de media estatura bien proporcionada, por primera vez en mi vida me sentí cortado, embobado, intimidado por sus ojos negros que destronaba a los reyes, de piel morena clara, el pelo semi corto al hombros, nariz recta, frente redondeada debía tener unos treinta y pico años, tras su sonrisa forzada hacia el comensal se ocultaba una tristeza oculta, un sufrimiento desconocido, tenía algo con el que siempre subconscientemente había soñado: el perfil de la mujer andaluza,  cristiana y mora a la vez.  Cuando regresó con su lápiz y su bloc para anotar mi servicio, no podía limitarme a ser un comensal sumiso, callado y serio, sino que opté por mi lado latino de atractivo y seductor, artes que sin duda tenía oxidadas pero algo en mi interior me obligaba a ser más lanzado, facilidad de lenguaje llevado por la atracción que la belleza de aquella mujer ejercía sobre mí. Y ya cuando oí su voz con acento de andaluz al preguntarme qué iba a querer, fue el anzuelo definitivo que se clavó en mi corazón, le pegunté qué me recomendaba, me habló de platos y más platos nombres que yo entendía y me daba igual.

–Nunca la he visto en la Isleta.

–Ni yo tampoco a usted.

–No me hable de usted mujer que no soy tan viejo.

–Perdone, pero es la costumbre. Bueno, qué va usted  a comer.

Una voz masculina desde la barra del bar pronunció su nombre: Julia, Julia por aquí y Julia por allá. Era una mujer que no encajaba dentro des esquema regional y propio las demás mujeres gordas y fuertes a las que yo estaba acostumbrado a ver allí. 

  Salí del restaurante muy contento, con aires renovados. Todo aquel mundo al que me había propuesto acceder, tenía más razón de ser, Julia era tan distinta a todas la mujeres que hasta entonces había conocido en mi vida y eso que yo me acercaba a los treinta y cinco que no podía explicar su encanto sobre mí, no tenía que hacer ningún esfuerzo para gustar a los hombres, su mirar era un propio encanto y el reflejo de su no sé qué en su sonrisa que guardaba un secreto. 

   Fui a pasear por las cercanas playas solitarias desde la que se veían las palmeras. Existen lugares aislados, islotes, cepas en los que se puede vivir amputado de presiones, carreras, sentenciado a pena de ablación al estrés, sin agobios ni tensiones, con poco dinero, opuesto a la vida de ciudad que conocemos, si se le puede llamar vida, sin embargo esa paz que te rodea debes llevarla a tu interior. Estos lugares se encuentran desperdigados por cualquier playa, sierra con carril, cortados, valles o mesetas con olmos o chumberas.  Son cuatro casas, no más, que aparecen de repente al pasar por una carretera o un carril desplumado. Son perdidas joyas en el roquedal volcánico, tesoros latentes que están ahí pero se ocultan al ojo de la prisa. El mar se eleva como un espejo.  Es la utopía de un mundo feliz, el paraíso perdido y hallado, sin tener que desplazarse al Pacífico Sur o las selvas amazónicas, para conocer lo insólito de la condición humana o costumbres tribales de familias que se han quedado aisladas en el tiempo y en la geografía.   

Aquella noche no puede concentrarme en la lectura y no puede dormir, pensaba cada momento en Julia, en su forma de mirar, de andar,  le daba gracias a Dios por haber creado un ser como ella, creía en el destino que nada ocurre por casualidad, qué daría yo por intimar con ella, no había en mí razón alguna para no sentirme feliz ya afortunado. A la cabeza ya no me acudían los repetidos recuerdos de mi vida en Londres, de mi ex -mujer, de la oficina de inversiones, ni siquiera Edimburgo donde tenía mis amigos de infancia, tenía otras cosas por la que preocuparme. A la vez me sentía rejuvenecido de tal forma que empecé a preocuparme por mi kilos demás, mis arrugas, patas de gallo y la ropa ridícula de turista ingles que me había traído.  Estaba deseando que llegar la hora de comer para acercarme a “La Sirena Azul”, para verla y decirle algunas tonterías sin atreverme a entrar en profundidades, el tiempo es el gran ajustador. 

  La Isleta del Moro Arráez contaba  en aquellos años con diecinueve casas, una capilla o ermita, una escuela cerrada, un Hostal y dos bares, tres  barcos de 25 toneladas anclados en la protección de la cala, doce botes en el varadero, dos islotes a que protegían de los vientos del Levante, pero no del Poniente huracanado.

  Por las mañanas subía a los roquedales y allí me sentaba a contemplar la había, de vez en cuando salía una barca, su motor de gasoil retumbaba a martillazos. El espacio marino, ensenada o rada, se me antojaba un arco iris de colores, de tonos ocres, en contraste con el marrón de La Rellana, cerros que estaban a mi espalda, y frente los dos Frailes, contornos de diminutos violetas en lo más inaccesible del bosque de piedras, rostros, dedos, cárcavas, salientes, gigantes, cimborrios, sombreros en equilibrio, burbujas volcánicas, extrañas sombras en la caprichosa lava fósil.  Esta zona surgió según mis guías en época cenozoica cuando los volcanes habitaban en el Cabo de Gata (surgidas de la erupción volcánica más importante que tuvo la península Ibérica).  Vertiginosos y esculpidos acantilados en racimos, cortados, tetraedros petrificados, profundos barrancos, agrestes piedras, bloques de columnas puestas de pie y archipiélago de diminutos islotes, emergen obeliscos rocosos, dedos de dioses o de héroes mitológicos que naufragaron en estos escollos.  La Isleta del Moro se ha quedado dormida en la España prehistórica, lítica, enfriada como la lava candente en el agua y retorcida al quebranto del cambio de temperatura, achicharradas playas de una arena que cambia de colores y de forma a la velocidad de las dunas, barronales, refugios de los levantes o ponientes y el viento potente que varía el color y la forma de los granos de arena o pequeños fragmentos de nácar, colares, conchas, caracolas, crustáceos o basalto molido.  Es tierra de alijares, más no importa, sus verdaderos cultivos se esconden en el mar, aunque el viejo Morante desaparecido en el mar fue capaz de desafiar al viento y a las piedras y a la terquedad del agua y, con laboriosidad de arqueólogo, construyó encima de la carretera hacia Rodalquilar un huerto donde además  conejos y aves de corral, cultivaba lechugas, tomates, pimientos y algunas habas. Y lo mismo había hecho Raimundo el Gordo, cerca de la vieja noria, también regañaba con la tierra mezquina y de sus arañazos sacaba cultivos.

   No sabía explicar el motivo de mi canto a la naturaleza, mi alegría, cazador de nuevos paisajes de chocolate, de cucharadas de mar, de un clima cálido durante los quinientos días del año, y sobre todo su gente familiar con los que podía compartir todos y cada uno de mis momentos. ¿A lo mejor estaba enamorado?

   Hilario me dijo que Cecilia se había puesto mala, y  tenían que llevar a Almería, y que como mi coche era él nuncio que había disponible en la Isleta, me pidieron que la llevara, y así lo hice. Me acompañó Hilario y una hermana de Cecilia. Las dos se quedaron en Torrecárdenas. Cecilia sufrió apendicitis a en una semana estaba de vuelta en la Isleta. Yo aproveché el viaje a Almería para enviar un telegrama a Bárbara en Correos y Telégrafos, situado en el Paseo de Almería. La calle principal adornada con ficus de hoja pequeña, todos iguales, redondeados sus copas por la paciente labor de los jardineros. 

 

 

 

 

 

                                                              6

 

  Había pasado un mes desde mi llegaba ala Isleta y  me había habituado a lo que sucedía a mi alrededor: los pescadores, la Guardia Civil vigilante con su Land Rover en la atalaya de la escuela-cuartel, Julia y su compañía, mis lecturas de autores españoles para entender a los españoles, el tic-tac del viejo reloj despertador que era la única compañía que tenía dentro de la casa,  y cuando el viento cambiaba de dirección a media noche me despertaba el nuevo oleaje y el aire aporreando la ventana, muchas veces me despertaba a las cinco de la mañana encendía la tibia bombilla desnuda en el techo de la habitación y sin levantarme de la cama me ponía a leer. En uno de estos desvelos oí de madrugada sobre las 4 a.m.,  unas voces de gente en el exterior, abrí la puerta llevado por la curiosidad, todo muy oscuro, no había luna y me asomé al varadero, allí se presentó todo el pueblo: hombres, mujeres y mozalbetes. Pensé en lo peor y me entró miedo, no quería complicarme en nada que no fuera legal, inmediatamente pensé ya están alijando otra vez, y aquí en el mismo pueblo, en la puerta de mi casa, en menudo lío me he metido, diez o veinte años de cárcel no me los quita nadie, así nos lucía el pelo, es que esta gente no tiene luces, no aprende de las advertencias ni de los peligros de estas actividades ilegales. No sabía si qué hacer, pero si me marchaba mejor que no volver, es la ley de los delincuentes si los abandonas te sitúas con los enemigos, también vi a una pareja de la Guardia Civil, dudaba de todos, esto es un complot aquellos interrogatorios eran una pantomima de cara al proceso judicial.  Me oculté, debía cerciorarme de lo que pasaba, doblé una de las esquinas hacia la plaza y vi  camuflado en la oscuridad un camioncillo de unas tres toneladas de carga con matrícula de Almería, oí que se acercaban unos hombres diciendo que se les había dado bien, ¿qué se les había dado bien?  Agazapado subí por el caminillo que llevaba  al alero de rocas encima del varadero desde donde podía ver a unos cincuenta metros de distancia toda la maniobra del alijo, a pesar de la oscuridad pude reconocer a Hilario, a Adriano Carratalá, a los Morantes y a Julia, a la Hernestita, a Joaquín el casero, a Pastora la Galilea, y a más gente cuyos nombres no conocía, aquello sin duda era un Fuenteovejuna del contrabando, y temí me descubrieran, así que seguí agazapado y expectante, en medio de la bahía fondeaban tres barcos de pesca de los cuales descargaban cajas a unos botes a remos, seguramente para evitar el ruido del motor, los botes iban y venían de los barcos nodrizas a tierra, descargaban las cajas y volvían a salir a por más, así una y otra vez. En tierras las mujeres y los hombres ayudaban a sacar las cajas de los botes y  llevarlas al camioncillo. No era un sueño, aquello era la pura realidad, de estar tendido como un indio sobre el alero del promontorio me dolían las costillas y me tenía arañados de sangre de verdad en los codos, de tanto moverme alguien me miró con el dedo acusador,  si poder evitarlo la el terreno inestable sobre el que me hallaba tendido cedió y como por un tobogán de arena rodé hasta llegar dando tumbos al el mismo varadero. Me habían descubierto.

  La gente de la Isleta en vez de acusarme se reía de mí y puede oír “quien quiera que seas ven a ayudar”,  del miedo que tenía no tenía fuerzas ni para levantarme cómo iba a ayudar, no pensaba colaborar en aquella situación, a los guardias los tenía a mi lado, también se reían, todos se carcajeaban, menos yo, aquello parecía tan normal que hasta parecía surrealista, al levantarme Ernestina me reconoció pero si es el inglés, no tuve más remedio que acercarme a los botes y comprobé con asombro de que la cajas, venían llenas, repletas, hasta el colmo de melvas frescas. Hilario me comentó ha sido la pesca de melvas más grande que hemos cogido en los últimos diez años por lo menos cincuenta toneladas. Aliviado por la traición de mis miedos y mis pensamientos me puse a ayudar con mucha fuerza, tenía que pagar con trabajo forzado mi desconfianza sobre aquellos inocentes pescadores, se hizo de día, el sol era un reloj de oro en el horizonte. Cuando dieron por terminada la descarga todos reían, se daban bromas, se les veía contentos, afortunados, todos habían ganado mucho dinero a  mi me dieron el racho (el pescado equivalente al trabajo que se hace), tres melvas, luego, los tres patrones invitaron a copas en los bares, yo preferí ir a “La Sirena Azul” con Hilario.

Los gatos de la Isleta son grandes de pelo leonado, casi todos de la misma familia de felinos, se dieron un atracón de pescado como si llevaran semanas sin comer, saltaban sobre los peces que caían de las cajas, otros no podían ni saltar y se revolcaban sobre la pendiente del rebalaje de la playa y llegaban rodando como alfombras hasta el mismo mar, y es que los gatos de la isleta no tenían dueño, vivían allí, sin más,  pasaban largas dietas porque nadie se encargaba de darle de comer se alimentaban de los desperdicios o de lo que rodaban, yo le vi pescar con las parpas en las escolleras detrás de los pequeños mujos o lisas.

La gente come mucho pescado, sobre todo no falta la ensalada de caballa cocida con aceite de oliva y ajos crudos muy picados, es fuerte, pero muy alimenticia. Las migas de harina de trigo especial con ajos fritos y aceite de oliva son el plato del día, también las hacen de pan duro, lo remojan en agua y a freír.  De vez en cuando, para hacer alguna celebración hacen buñuelos de harina huevos, un poco de leche y bicarbonato, se amasa y se fríe en aceite bien caliente, luego se endulzan son un pozo de azúcar rociada, con un buen estómago preparado a estos alimentos, se puede un pasar días bien alimentado. Otras veces pero esto más que nada para la Pascua, hacen roscos de vino con anisetes, es la misma masa que para los buñuelos pero con vino y un poco de aceite crudo en la masa.  Mi estómago aún fue educado por mi madre de origen gallego, perdió esas enzimas que pueden digerir el aceite de oliva sin refinar y los ajos, esas balas que te perforan el estómagos y no paras de eructarlos para rec0ordarte que ha comido ajos. Y del aliento no digamos, cuando se come con españoles lo mejor es probar un poco de ajo en la punta de la lengua, se esa forma puedes tolerar su presencia en la mesa. Pero si el ajo es fuerte no digamos de las cebollas rojas crudas en ensaladas con rabanillos violetas que pican tanto como las guindillas. Si para seguir la dieta mediterránea tenía que sufrir tantos sacrificios de paladar, mejor sería padecer alguna dolencia cardiaca.  En la tienda de Antonio, no hay mantequilla para cocinar sino tarrinas de  margarinas. Otras de la delicias culinarias era la morena frita con piel, esa capa grasienta le daba un sabor gelatinoso, yo la probé una vez, porque no sabía lo que era, si me advierten desde luego que no la hubiera comido.

En el bar me puede enterar que cuando se cogía una pesquera fuera de lo común, se llamaba a todos los vecinos para ayudar al desembarco,  ellos son su propia mano de obra, me di cuenta que la gente era una sola familia para trabajar  o ante la tragedia, cuando algún barco no regresaba a su hora, no tenían emisoras de radio, las mujeres, todas, se unían en la punta de la escollera a mirar fijamente al mar, a rezar en la ermita y a encender velas y mariposas de aceite a la Virgen del Mar a la que tenían verdadera devoción.

Adriano Carratalá dijo que se iba a comprar un motor nuevo, Raimundo el Gordo que un coche, Manuel Casamayor que pagaría las letras que le quedaban de unas redes nuevas. Unos pidieron “liberti” con melva seca, otros copas de menta con ginebra que no hay mejor remedio contra la humedad de los pies. Tal vez volví a beber demasiado.  Regalé las tres melvas de mi rancho en “La Sirena Azul”, no sabía qué hace con ellas, la gente no las quería, a no ser que sean secas, con la abundancia para esto, que se desprecian las cosas, en el mercado de valores pasa lo mismo cuando hay mucho papel bajan las cotizaciones, la tiranía de la oferta y la demanda.

Hilario se dio cuenta que yo miraba demasiado a la hermosa Julia, no era tonto, además ella parecía no pertenecer a ese mundo pueblerino, no era una mujer para ellos.

–A que te gusta Julia –me insinuó con cierta complacencia.

–La verdad es que es simpática y me agrada –reconocí con ciertas reservas, preparado para una de sus trampas dialécticas.

–Julia le gusta a cualquiera. Lástima... –una pausa, breve silencio intencionado a la espera de mi pregunta.

-Lástima por qué... –insistí añadiendo a los ojos el interés que en verdad me ocasionaba.

–Es una mujer que está maldita. Cuando su padre, el viejo Morante desapareció en la mar hace diez años, (el dueño del Hostal “La Sirena Azul”), Julia se quedó muy suelta, se juntó con uno del pueblo - y se persignó dos veces, cada vez que alguien decía el pueblo se persignaba, supe después que el pueblo era Carboneras, palabra tabú-, ¡fíjate bien! uno del pueblo...

 Y volvió a persignarse tres veces, conforme más veces lo decía más veces repetía el exorcismo de la cruz, y tomó la madera del mostrador que fue la quilla del “Delfín Verde”, un glorioso velero famoso en la  zona hasta que tuvieron que desguazarlo.  

–... los dos se fueron a vivir a Aguadulce, y la dejó preñada, como no estaban casados ella abortó con la curandera de la  Cañada de San Urbano, el novio la abandonó y ella se quedó allí dada a la vida en una sauna, ya sabes para qué sirven las saunas, ¿no? Su hermano Andrés fue a buscarla y se la trajo a casa, la encerraron durante un años hasta que purgara su vergüenza, y ahora mírala ahí de camarera tan formalita, nadie la quiere para mujer. Es la ruina de un hombre.  Aunque parezca lo contrario, no la hemos perdonado, la gente le guarda la distancia.

–Bueno, y a mi para qué me cuentas todo esto.

-Hombre como la miras de esos ojos de besugo, yo te lo advierto, por si te dan malos pensamientos, esa mujer no merece que la traten con cariño. Mi madre dice que tiene que pagar de por mala  vida,  su culpa, su pecado mortal, un mal ejemplo, está excomulgada y al infierno eterno.

Hilario además de gilipollas era un rabino ortodoxo, un puritano presbiteriano de la mejor Inglaterra. Le miré con asombro y le hice un además de desprecio con el brazo, de métete en tus asuntos y él me contestó con un: ¡vaya usted condió! Formula de  despedida con cierto rin tintín.  A Dios se le nombra mucho, pero queda pendiente una importante labor pastoral sobre el perdón o la redención. No había cura párroco, cuando venía el de Níjar era para un bautizo, una boda o para una fiesta, les daba una misa de dos horas con un sermón que les valiera para todo el año.

A la mañana siguiendo todo la aldea sabía que a mí me gustaba Julia. Hasta Cecilia, se había permitido hacer su comentario.

-No es mujer cabal, su madre era un brujea, y ella ha heredado de u madre, hasta el mirar.

–¿Es que en esta aldea?, no se puede hacer nada sin que se sepa... Cecilia y que me importa a mí que su madre fuera bruja o sabía.

–Mi obligación, como mujer, es advertirle de todo los peligros, y de que no le echen mal de ojo, pues en su salud va mi sueldo.

–Por lo menos eres sincera. Si a mí me pasa algo tú no comes.

 

 

 

 

 

                                                            7 

 

 

 Por la tarde, desengañado del zaherir de la gente sobre los débiles, los desafortunados, los que son diferentes, decidí dar un largo paseo por la playa dirección a Los Escullos, llevaba los zapatos en la mano, al pisar la fina arena me comunicaba con la naturaleza, percibía la sensación de los fondos abisales al andar descalzo sobre hojas secas de un árbol de nácar, playas como besos, frente salina y alba.  Pasé debajo del cortijo que llaman del Notario... Me dolían las manos de bajar cajas, los dedos se me cerraban solos, los tenía enrojecidos, el trabajo físico no es para mí.  Entré en el caserón abandonado junto a unas pitas o agaves, desde allí me asomaba la playa del Arco cerca de los Escullos, tiene forma de ballesta perfecta, invicto el aire que habita en su espuma, la arena gozante, la arena como labios de amor suplicantes, las rocas albas con caprichosas formaciones de alas extendidas nostálgicas del vuelo.  Medité largo tiempo, dejándome impregnar por la mañana e intentando eliminar la resaca del alcohol: hábito sin memoria.

  Al poco tiempo llegó a la playa una pareja: un hombre maduro con barba cana y una mujer joven, rubia de pelo largo, salieron del Hostal Los Escullos. El sol rompió a llorar, el brillo temprano de las suaves olas surgían en una línea con reflejos de cadmio  resonante gloria hacia los cielos. Llegaron a la playa y se desnudaron completamente, la mujer parecía gravitar sobre el rebalaje entre los espejismos florecidos del sol sobre el mar desplegado. Yo traté de ocultarme para no interrumpir lo que parecía una danza de cortejo animal, ella se mostraba erguida, con los brazos levantados como alas de libertad, él se parecía muy bronceado, el péndulo flácido. Se cogieron de las manos y corrieron por la fina arena como dos ciervos idos en celo, dos cuerpos destilados hacia la serenidad de la eterna felicidad.  El hombre tenía algo de apariencia mitológica por la abundancia de su cabello y su barba cana, espaldas de hercúlea forma y brazo fornido del uso de la espada.  Ellos no hablaban entre sí, parecía como si tuvieran suficiente con sus genuinos gestos, parecía como si todo estuviese dicho y pensado. Ella bajó el primer escalón de la arena como quien desciende a las delicias de los mares melancólicos, sin reserva, sin sentir escalofríos, buceo y surgió de nuevo con su cabellera mojada, se alisó el pelo largo, los senos se habían fortificado en el frío, su piel tersa de huele sobre mesa de mar, su cuerpo de sirena y  el azul metálico adoraba toda su piel de labios, espadas como labios aleixandrinos, mar sediento, mar enloquecedor. Entró a formar parte del paisaje de mar, de la quietud del lago con brazadas largas,  un nadar lento le alejaba de la orilla, en un momento se puso de pie e invitó al hombre con un jadeo de brazos a que le siguiera, y el hombre se sumergió en el agua como delfín que goza de la inmersión, nadó hacia ella, obediente, sin temor al beso de la araña rubia y ella le desafió y empezaron a nadar hacia dentro como sombras ardiente que se alejan, él la seguía sobrevolando las aguas, ella aumentó el ritmo de las brazadas y continuaba hacia fuera, seguían braceando, por un momento vi que los dos emparejaban y siguieron nadando hacia la línea del horizonte, se abrazaban, se besaban, besos hacia una tragedia, de vez en cuando desaparecían de la superficie como si bucearan, cada vez su cabezas eran más diminutas, peligrosísimo nadar desnudos hacía adentro, pensé en campeones olímpicos de natación, eran incansables, cada vez se alejaban más y más, como si regresar a la orilla significara regresar al mundo o al miedo de la realidad.

  Aquellos cuerpos desnudos sobre la potente fuerza madre eran como insignificantes corchos en una tempestad. Decidí subir a las rocas blancas para tener mejor punto de vista, los vi muy lejos, se habían parado, se hundía y reflotaban sin pedir auxilio, sus cabezas dos puntos de alfiler, llevaban más de una hora en medio del azul, temí lo peor por una simple hipotermia. Los llamé, por  si necesitan ayuda o qué hacían tan lejos, un cambio de viento y los llevaba a Melilla. Continuaban en flotación donde el mar rompe con la punta del Esparto, la corriente se los levaba. Si mi habían visto y querían impresionarme desde luego que lo habían conseguido. La Isleta quedaba a la izquierda, no vi salir ningún bote de esos mañaneros al curri. No sabía qué pensar, la escena tenía síntomas de un suicidio en un marco maravillo, por qué, siempre la eterna pregunta, muchos actos del hombre no tienen explicación.

 Corrí al Hostal Los Escullos para pedir ayuda, el encargado me dijo que esa pareja llevaba una semana allí hospedados, eran alemanes, parecían demasiado felices para hacer algo así. Tanta felicidad que el encargado dudó de mis afirmaciones, como eran clientes suyos decidió salir a la mar con un bote de su propiedad, llamó a su hijo y entre los tres metimos el bote en la mar gracias al torno y a las anguileras.  Tras una hora de rastreo encontraron los cuerpos. Se habían ahogado. Como no pudieron subirlos al bote los amarraron como grande atunes y los remolcaron hasta la costa. 

Aquella imagen no la olvidé nunca.  ¿Por qué se suicidaron delante de mis ojos? No me cabía en la cabeza que aquella pareja físicamente tan deseadas, buscaran un lugar tan hermoso para suicidarse en el azul. No dejé de pensar que la vida tiene el valor que uno quiera darle. Yo siempre huí del suicidio nunca pensé en él como solución a los problemas. Tal vez por eso, huyendo de los demonios de mi cabeza, salí del mundo de las finanzas. En la habitación donde se alojaban dejaron una nota escrita en alemán, su traducción resumida: ....”hoy estamos separados por la vida, mañana unidos por la muerte”. Nunca entendí el significado.  Por casualidades onomásticas él se llamaba Werther y ella Carlota.   

     

 

 

 

                                                            8

 

 A los pocos días se celebró la boda de la Ernestina con el fontanero de Las Negras. Era domingo por la tarde. En el cielo aparecieron un pelotón de nubarrones grises, urgentes,  venían de Los Frailes, y cuando venían de allí es que traína lluvia. Adoración predijo que sería una boda pasada por agua, pero se quedó en eso,  en una predicción.   

Desde el sábado habían cerrado el bar “La Foca Monje”, para prepararlo y dejarlo como  una caseta de feria, todos ayudaron. Ernesta y su hermano  Eliseo el Embustero, se pusieron a harinar pescado, preparar bocadillos, “pepitos”  de la carne, un cegajo al ajillo, refrescos y dulces para el convite. Al convite se le daba más importancia que al oficio religioso, por lo general cuando los invitados están en la iglesia sólo se preguntan dónde queda el restaurante y si hay posibilidad de que alguien los lleve, otros se preguntan haber si nos ahorramos la cena y recuperamos el importe del regalo. En este casorio, las tópicas preguntas no eran necesarias, la capilla quedaba a cincuenta metros del bar, no había pérdida posible.   

La capilla tenía las puertas abiertas, dentro había un grupo de vecinos y familiares colocando flores, limpiaban los bancos y muchos quiquillos entrando y saliendo, incordiando y gritando. Me acerqué vestido con mis mejores ropas, un traje con palomita al cuello, los chiquillos me miraron como si fuese una especie rara de pájaro marino.  El novio y los padrinos, hacía horas que había llegado desde las Negras, un poblado vecino, más allá de Rodalquilar, era joven alto de unos veinte años, traje azul marino, de aspecto más maduro que la edad que representaba, la tez curtida por el sol, las manos grandes y aspecto bonachón, faltaban dos horas para la boda.   La gente comentaba que los de las Negras son un poco juerguistas y les gusta mucho salirse del caso y armar bronca. La guerra tribal entre pueblos vecinos siempre ha existido.

Estaba todo preparado, quedaba ir con mi Opel Corsa a Níjar a por el cura Don Restituto, Hilario se presentó vestido de limpio con un jersey y un camisa blanca, su cuñada, la Ernesta se empeñó que se pusiera una corbata, prenda que no usaba y tuvo que pedir una de casa en casa, no había forma de que le hicieran un nudo, se pasó toda la tarde preocupado porque el nudo le ahogaba, se daba tirones, se sentía el hombre más incómodo del mundo.  En cuanto salimos de la Isleta me pidió que por favor le quitara aquella horca. Estaba colorado, más bien psicológicamente que por la presión que ejercían el botón y la corbata. Respiró y se sintió tan a gusto que me contó repetidamente la vida del futuro marido que era fontanero y lo demás... y que se irían a vivir a Las negras, además en la Isleta no hay terreno urbanizable, todo pertenece a una inmobiliaria de Madrid, los hijos del pueblo eran capaces de  construir una casa de noche sin que los viera el guarda.  

Cuando llegamos a la puerta de la iglesia de Níjar y mientras Hilario buscaba al cura yo me acerqué a comprar un regalo de boda para la Ernestina en una tienda cercana a Correos.  Cuando Hilario encontró al cura, éste le dijo que no les podía casar porque faltaba la tercera amonestación, Hilario le dijo muy serio Mire don Restituto, si usted no baja a la Isleta conmigo, va a tener que bajar para darme la extremaunción a mí, porque la Ernesta me mata, usted no conoce a la ErnestaAllí está todo preparao para el casorio, no puedo bajar sin cura, si se niega le tengo que secuestrar y allí se apaña usted con mi cuñá. A Don Restituto le pareció bien los argumentos, le creía capaz de ello. Preparó sus sagrados sacramentos y se montó en el coche. 

Cuando regresamos con el cura, el poblado relucía de fiesta, ni una gallina, ni un perro ni un gato, en su lugar banderitas de papel. Fuimos recibidos como héroes, los hombres mayores se quitaron los sombreros en señal de respeto. A la capilla se le salían las flores por la puerta. Al fin apareció la Ernestina con su vestido de blanco al brazo de su padrino y tío Antonio Casamayor, estaba bellísima, vestida de blanco era rubia rojiza con los ojos azules, me llamó la atención la cantidad de ojos azules que había allí, a lo mejor eran descendientes de algún vikingo. Detrás el padre del novio con la Ernesta al brazo, no hacía más que llorar de sentimiento, había estallado en un lloro que contagió a las demás mujeres, increíblemente llevaba un  elegante vestido negro con mantilla y peineta que le hacía más alta, guantes de encaje y joyería. Una boda por todo lo alto, nada de salir del paso. Allí mismo se había casado la Ernesta con Miguel Pérez, hacía varios años que se perdió en la mar, una tarde que fue sólo a recoger los palangres.  Alguien dijo, si el difunto Miguel ve esta boda de alcurnia con lo tacaño que era, se vuelve a la mar

 Se celebró la ceremonia y me tocó llevar otra vez al cura a Níjar, pero en esta ocasión me acompañó Eliseo el Embustero,  contó que su fama de embustero se debía a que una vez pescó un calamar de un metro de largo cerca de la Piedra de los Meros y se le escapó cuando estuvo a punto de meterlo en el bote, nadie le creyó. De regreso de Níjar me hizo tomar el atajo del cuesta de la Serreta hasta el cortijo del Nazareno. Eliseo era solterón viejo, tenía pocas luces, hablaba sin recato,  de una forma casi ininteligible, nadie se lo tomaba en serio, sin embargo era un gran pesador, decían de él que se iba con el bote cerca de los islotes de Loma Pelada, donde hay una corriente circular que impide que los botes salgan de la rada, se ataba un volantín al dedo gordo del pie y se echaba a dormir hasta que algún mero mordía el anzuelo, un mero estuvo a punto de cortarle el dedo gordo del pie.

–¿Cómo se pescan los meros? –pegunté interesado.

 –Muy sencillo, se coge un anzuelo del doce, un sedal grueso, de carnada una pata de pulpo bien gorda que no se haya tocado con las manos, los meros y las chernas como las zamas sólo comen pulpos, y tienen muy buen olfato, si se ha tocado el pulpo con las manos no lo quieren.  Aunque hoy día los submarinistas o botelleros han acabado con todos los meros de costa, tienen mucho los franceses desde que hace unos años se celebró en las costas el campeonato mundial de pesca submarina. Y lo peor de todo es que pescar con botellas está prohibido, lo civiles no hacen nada por evitarlo.

Tocaba seguir la fiesta, yo había cumplido mi parte, ahora podía beber a mis anchas. Pensé que la boda iba a ser humilde, pero allí todos estaban vestidos de domingo, los niños con sus trajecitos de comunión, los hombres con sus sombreros nuevos de entierro habían venido invitados de todos los poblados cercanos. Había mucha gente joven, pero entre la más bella de todas estaba Julia sentada junto a su madre Adelina la Rala y su hermano.  La miré muchas veces, jamás pude cazar sus ojos. No me prestaba atención o disimulaba muy bien.

Los Carratalá estuvieron en la misa pero no fueron al convite, estaban de luto, por a reciente muerte de la abuela Manuela. 

Raimundo el Gordo, sentado en la terraza tenía una mesa para él solo, se estaba echando una apuesta de cuantos “pepitos” de carne era capaz de comerse. En cuanto me senté cerca de la presidencia me sirvieron un plato de calamares a la romana, mero frito, cervezas y vino. Hilario y todos los Pérez ejercían e ocasional oficio de camarero. Sobre las diez de la noche empezó a llover una tormenta como había predicho Adoración “boda pasada por agua”, pero nadie hizo caso y no pusieron los toldos en los alambres de la terraza, cuando la novia vio la lluvia empezó a llorar, y en vista de la compasión que dan unas lágrimas de novia el día de su boda, todos los hombres salieron a buscar toldos de los de cubrir redes y los colocaron sobre la estructura metálica de la terraza de unos cien metros cuadrados.  Cuando la novia vio aquel gesto de fraternidad se secó las lágrimas y empezó a reír de una forma nerviosa y purificadora. 

Luego bajo los emanaciones del alcohol  se hizo la recolecta de la corbata del novio, uno de los amigos la cortó a pedacitos y la fue sirviendo en una bandeja a cambio de la voluntad; pero lo más interesante de la noche llegó cuando subieron a la novia con su traje blanco encima del mostrador del bar y empezaron a subastar prendas de su vestuario. La novia se prestó a ello no sin cierto pudor y negativas. Se empezó por la cofia: diez mil pesetas, luego una liga que ella misma se quitó: quince mil pesetas, las medias  que se quitó allí subida y no sé cuanto pagaron hasta llegar a la prenda más sugerente: las bragas de la novia, empezó la puja a la baja, se inició en cien mil pesetas y cuando llegó a la mitad el novio se enfadó porque nadie las compraba, era un desprecio, y cómo  iban a permitir que las braguitas salieran de la familia, el padrino Antonio Casamayor paró la puja en cincuenta mil pesetas, no podía permitir que las bragas salieran de la Isleta.  Esta sí que era la chica de las bragas de oro. Luego surgieron unas discusiones por culpa de la subasta, según la costumbre el padre del novio debía comprar las bragas, pero eso pasa por ser de Las Negras, añadió Hilario que tenía ganas de soltarlo. Unos se pusieron a favor y otros en contra, suponía la primera rencilla de dos familias se unen por afinidad. Se iban a pelear de verdad.  Pero esto sucede en cualquier familia, en la de mi ex –mujer ellos se creían los más cultos, educados y civilizados, el resto éramos bárbaros.

 Seguía la fiesta, el mito del flamenco “La Paquera de Jerez” estuvo contratada pero al fin decidió no venir, en su lugar contrataron a un grupo musical múltiple de lo que se atreven con todos los ritmos,  por fin llegó en una furgoneta, empezó el baile de pasodobles y suelto, cada uno se movía como quería, yo tengo la pena que no sé bailar, ni dar un paso, no es lo mío, pero no podía desaprovechar la oportunidad, me desinhibí con un golpe de whisky, Julia estuvo bailando con su hermano, luego se sentó y nadie la sacaba a bailar le rehuian como una apestada, pero yo me acerqué y le pedí baile, temí tanto si me dijera que sí porque no sabía como su me decía que no porque me rehuia. El momento era oportuno para decir que sí, se levantó se acercó hacia mí yo le cerqué la cintura con brazo derecho, con el otro le tomé la mano caliente. Seguía al modo de bailar que los demás seguían. La verdad que fui alumno precoz, además aquellos pescadores bailaban tan mal que yo no destacaba en mis tropiezos.

­–Bailas muy bien – dije porque no tenía nada decirle y sí mucho que hablar pero no era la ocasión.

Ella bailaba sin prestarme atención como quien ha cogido una escoba y se pone a bailar en una cocina. Daba vueltas y vueltas, era la ocasión de pedirle una cita, pero como entrarle.

–Tengo que hablar contigo a solas, por qué no salimos afuera.

Me respondió que no, que no podía salir afuera.   

El Andrés que estaba borracho me dijo muy serie, si te veo con mi hermana te tendré que matar. Así me amenazó. No le hice caso la bebida es muy atrevida.  Al poco tiempo los Morantes se fueron a casa.

 

 

  Julia,  trabaja los fines de semana en el bar la Ola. Los domingo se ponía lleno, no daban a basto. Me acerqué un domingo cuando más trabajo había y le dije que quería ayudarles como camarero, eso se me daba muye, bien dudaron, pero cuado llegó  grupo de ocho o nueve personas y las mesas no daban abasto . Me dijeron que sí.

Al terminar la jornada.

  -Bien aquí tienes las propinas, sueldo no hay. Lo tomas o no dejas.

-Vale, bien.

-Además estás despedido. No quiero gente que me mira con  esos ojos de besugo.

-Y cuando me va a dejar que te invite a tomar un copa en El Chamán.

-No pierdes la ilusión. No.No puedo y no quiero.

Julia estaba de un tono agrio. No quería relaciones., la última vez le había caído muy mal sus amores con el de Las Negras. Yo seguí rondándola,  no podía asumir, un no a la primera, yo sabía que no le era del todo desagradable, sino que sus hermanos era unos fieras. Fui varias veces al lavadero público, allí estaba Hilario lavando también la ropa. Julia llegó con sus romas, las íntimas se lavaban en la pila de casa, y se secan en algún patio interior, nunca en la calle.

A la semana siguiente, yo otra vez de camarero voluntario. Por la noche la misma respuesta. Estás despedido, y así cerca de un mes. Yo seguía invitándola a salir aunque fuera a playa Blanca.  Un día acepto, iría con su sobrina, menor a dar un paseo, La verdad es que en la Isleta no había muchos lugares a donde ir. Lo más cercano con discoteca era en Los Escullos. Pero es que no la dejan salir sola.

Aproveche el día de la Virgen del carmen, la fiesta del 16 de julio, la más sonada, salen las barcas a la mar, con un Virgen  minúscula abordo. La gente está en fiesta, vienen  el cura de Níjar y hace la misa. Al final del domingo, ya casi a las 11 de la noche, pude3 habla a solas con ella, la boca se me deshacía en deseo, y ella también note que se la boca se  le ponía gorda, ensalivada.

-Para salir conmigo, -dice Julia- tienes que saber que no soy de las que no perdona, que soy de las resentidas que soy celosa, y que no doy segundas oportunidades.

-Estoy de acuerdo.

-Ahora ¿Cuéntame que hace un chico refinado como tú en un lugar como este.

-Aunque me digan el inglés, mi madre es española. En Londres me salieron mal unos asuntos de inversiones, trabajaba la Bolsa, y no es que huyera, sino que me di cuenta que el dinero no lo era todo, mi mujer me abandonó, inglesa, inglesa, y yo decidí apartarme del mundo de los cabrones, así como suena. No sabía que podía ocurrir que me enamorara de ti.

Besos, y más besos de besos. Mis besos son inocentes, no son los culpables de mi deseo, no les puedo controlar, les mando que no te besen, pero no obedecen.

Hermanos:

Mi tío, aquí solo hay un camino, el de marcharte a tu pueblo, o de donde coños vegas. Te damos 24 horas para que le largues, con mi hermana no se juega. Ni tú ni nadie…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                             9

 

  En cuestiones amorosas nunca gané una medalla, la medallas están caras, y qué decir de las de oro, pero tampoco hay que exagerar en los entrenamientos, con mi ex -mujer fui cumplidor hasta llegar el divorcio, y a mi manera fui entusiasta en los ejercicios de cama. He sido impotente, he de confesarlo y esto no me agrada, sino que me preocupa. Mi divorcio acabó con mis contrariedades sexuales, como si me hubieran quitado el dardo opresor en los delicados achaques de mi silencio de seda, delicada anatomía, deseo sin continuidad.  Ahora tengo la convicción de poder ofrecer algo a las mujeres, no sé si al quitarme ese dardo fui hinchar el terco dolor de un deseo ausente, un recuerdo constante de impotencia, de incapacidad, el fin irremediable de mis más profundos e íntimos deseos lascivos, y la renovada esperanza con que de nuevo me enfrento a esta importantísima cuestión de un hombre herido de orgullo, condenado a la derrota. Yo no fui capaz de entender que el amor es una contienda que hay que librar entre dos, y cosiste más en renunciar que en imponerse, que el amor es ese vaso que se quiebra por un sonido. No comprendí a tiempo el amor. Me convertí en un experto en aplazar los instantes de contacto sexuales.

  Anoche, después de la boda de Ernestina y de bailar con Julia tan atractiva, supe que era la mujer que yo deseba para mí, labios sellados, amanecer de estrellas sin noche, mi pobre falo se esforzó por elevarse inútilmente,  anoche tuve un sueño erótico al despertar decayó la erección, fue una falsa alarma, una vuelta al rito de la impotencia: temor a ser rechazado, a ser herido, a que me pida relaciones sexuales. Despierto ocupando todo el mar, continua sábana azul. Soy tan feliz que cuando me acuerdo necesito todo el mar para extender mi dicha.

  Escribí una nota para Julia y la guardé en el bolsillo, fui al Hostal para verla,   pedí un cacharrazo, me sirvió su hermano Andrés, un joven cerrado de ideas, muy cerrado, de los que no tienen muchas luces, hablar con él era perder el tiempo, estaba en los suyo y nunca sabía nada de nada, desde el principio no le caí bien, no soportaba a los extranjeros.  Pegué el oído me enteré que Julia había ido con su madre, al médico a Almería, pero no sabía si por enfermedad de ella o de su madre.

  Yo era el único cliente, la tarde se había puesto fea, Adoración la Curandera, iba de casas en casas avisando a la gente de que se avecinaba un poniente huracanado, lo había visto en Los Frailes en el vuelo de las gaviotas, ella nunca se equivocaba, predecía el tiempo futuro sabía leer en los insectos, en las plantas, e la luna o en la humedad  debajo de la piedras. Cuando venían esos ponientes huracanados los barcos anclados en la cala de la Isleta corrían peligro de zafarse del hierro que a modo de ancla los sostiene en el mismo sitio. El viento empezó a soplar y la arena como la de un siroco, se levantaba en las calles sin asfaltar, cerca del la playa no se puede estar la arena zazota hasta dañarte, entra por los ojos, por la boca, entra por las rendijas, se lleva tejados, redes, cañas, lienzos. El mar se ha puesto blanco y las borregas olas son cada vez más altas. Los pesadores no tienen tiempo de embarcar y salir para el pueblo, el puerto más próximo. Deciden que hay que sujetar los barcos con largos cabos que también llaman betas, y con botes sujetos desde la costa llevan los largos cabos. El ruido del viento no deja oír las voces de los hombres. Este huracán suele venir cada tres o cuatro años, y este era uno de los que tocaba.

 

 (seguir con lo de los vientos) pg. 40)

 Es un huracán, no hay lugar seguro. Los pesadores tienen miedo a perder sus barcos, luchan inútilmente contra el vendaval.. Entré en casa y cerré bien las puertas, las casas son verdaderos fortines con muros de medio metro de espesor, preparados para estos frecuentes vendavales, la vida en este idílico paisaje es mas dura de lo que parece. Volví a releer la nota en la que citaba a Julia en la playa del islote y lo rompí...

  Al día siguiente el viento de poniente seguía dando bandazos...

 Aquellos días de ausencia de Julia se me hicieron muy largos, tenía que verla y contarle mis proyectos sentimentales. Cuando regresó de Almería aproveché para ir al Hostal, vi cómo Julia salía del Hostal dirección a la playa del islote del Peñón Blanco por donde están las palmeras y el acantidado del oro, la seguí. La luz se filtraba avaramente sobre las rocas sin permitir una sola sombra de sosiego. La seguí a cierta distancia y me sentí agitado como un primerizo enamorado, sentí mi ángel poniéndose nervioso. En ella hacía sombra, era una mujer sin sombra, bajó la escalera atormentada de las últimas casas, miró hacia atrás como buscándome con la mirada perida y sus ojos sedientos..., llevaba puesto una falda estampada aireando su cuerpo, su caminar era muy femenino, ondenate y sus candencias de caderas de este a oeste me escitaban, el busto no se le notaba por la blusa ancha, el pelo suelto vibrante de la fuerza vital de las algas marinas veía en ella una Helena griega llena de misterio y recuerdos de una tragedia pasada. Percibí el olor de mar y de mujer que iba dejando en el aire, atrás como señuelos, yo aceleré el paso hacia su encuentro con vigor y saliba en la boca; ella aceleró más alejándose al percibir mi cercanía y próxidad. La playa reinaba en  solitedad de olas apaciguadas, las costillas de una barca vieja y desvencijada se tostaba al sol de la tarde. Ella se ocultó entre las rocas del islote, en el lado ocutlod de la vista desde las casas de la Isleta del Moro,  me aproximé chapoteandoe el agua, ella me miró y sonrió como aceptando mi presencia y la penetración de mis ojos. Aparentemente estábamos solos por primera vez desde que llegué a este paraíso de paz. La cogí por la cintura y apasionadamente:

–Te quiero, no duermo desde que te vi.

–No vayas tan aprisa, estás loco, suélame que nos pueden ver.

 Deseaba besarla, apretarla, pertenecer a ella, su oler me dejaba atontadamente seducido,  notaba que yo también le gustaba, no gritaba, no salía corriendo, se dejaba acariciar el pelo. Me conformaba con el olor penetrante de mujer que desprendía de su pelo negro, de sus ojos labrados como dos ágatas pardas, oleaje de ojos reventados de contener tanta viva luz, sus labios planchas achicharrándome, una boca tan perfecta no podía decir palabras banales, percibí su plenitud, su transparencia, era mejor de lo que había soñado, porque los amores a primea vista no suelen fallar, ondas de amor en la misma frecuencia son capaces de soportar todas la desavenencias. No tenía modelos para compararla, el amor me había dado de pleno por primera vez. Hablamos de cosas banales, de mi viaje turístico, de los aburrida que vivía allí, de las ganas que tenía de ver mundo.

      Mi manos sudaban, latía mi corazón, su boca pedía besos, le di uno con codicia de puro deseo, sin preocuparme de otros sentimientos, ella me quijo que no  que no quería que le besara en la boca,  un beso en la boca significaba mucho para ella. Le conté parte de mi vida y de lo feliz que me sentía allí junto a ella. No sé cuanto tiempo estuvimos sentados sobre la arena hablando. Por primera vez en mucho tiempo conecté la libido, se sentía potente, con ganas de sexo, recuperado de mis tiempos de penuria y rechazo. Junto a ella volvía a ser adolescente, tremendamente activo, ingenioso.

    Al mirar hacia la isleta, vi la silueta oscura de un hombre que bajaba corriendo las escaleras troqueladas en las rocas de la últimas casas, llevaba en la mano algo largo, cuando se aproximó si que era una escopeta, cuando la distancia se reducía vi que era Andrés, el hermano de Julia. Ella presintió algo y se puso delante de mí, él voceó:

          -Apártate de ese aprovechao o sus mato a logdó (los dos). Te lo advertí, te lo dije ayer, que si te veía junto a mi hermana te tenía que matar.

          -Espera que te hable, Andrés, yo la quiero pro derecho.

         No atendía a razones, se encaró a escopeta a la cara apuntándome, los cañones me apuntaban de lleno, temí por Julia más que por mí, además no podía conseguir que se despegara de mí, gritaba y suplicaba que dejara la escopeta.  No sabía reaccionar, pero intuí que lo mejor ea alejarme de Julia para ser yo su blanco más fácil, salí corriendo hacia los restos de la barca desvencijada, escuché el primer disparo no sabía si me había dado, caí dentro de los restos de la barca y osí el segundo dispar, este sí que me había alcanzado en alguna parte.  Luego ya no sé muy bien lo que pasó, la cuestión es que Hilario acudió en mi ayuda, querían llevarme al Hospital, dije que no, hasta no saber de la gravedad de mis heridas, pedí que me vira Adoración la Curandera, eran dos perdigonadas por la espalda a la altura de los riñones, le dije que me los sacara.

       Hilario me dijo para tranquilizarme que si Andrés hubiera querido me hubiera dado a matar, era un cazador experimentado de perdiz y por lo general siempre las mata en vuelo al primer disparo.  Me aconsejó que me marchara de la Isleta. La próxima vez no abría qué pasaría.

        –Te lo advertí, te dije que Julia no era mujer para ti, que está maldita.      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

                                                             11

 

Pensé que lo más acertado era no meterme en justicia, además qué hacía yo allí cortejando a una española muy diferente a mi educación y a mi vida,  el primitivismo de aquella gente colisiona con mi educación mercantil,  así que decidí regresar a Londres y afrontar de nuevo un vida dentro de lo que yo sabía hacer, pretendí salir de España por el aeropuerto de El Altet en Alicante.  Por el camino de vuelta hablaba no sé si conmigo, contra mí o con el conductor del Opel.  No soy valiente, lo reconozco, mis artimañas son las del camaleón: el camuflaje, en el mercado de valores jamás se dice la verdad, se escriben informes dando opiniones, situaciones de mercado, no se dice lo que se piensa ni se piensa lo que se dice.

   En cuestiones de amor soy el hombre más ingenuo del mundo. ¿Acaso el deseo de estar junto a una mujer significa amor?  No, eso es amor, es capricho, pasa en unos días como la gripe. Inicié mi viaje auto convenciéndome que había tomado la más favorable de las decisiones. Cuando llegué a Santa Pola me acerqué al puerto, desde allí vi en la lejanía una isla, pregunté por ella y me dijeron que era Tabarca, unos barcos regulares cubrían  la travesía, me indicaron cual era el sitio de embarques. Sentí una gran curiosidad, decidí posponer mi viaje a Londres, aparqué mi coche en una de las calles que en forma púas de peine llegan hasta el paseo marítimo en mismo muelles, donde salen los barcos para la isla de Tabarca.   Los lunes deberían estar  condenados a cadena perpetua por provocar depresiones, los lunes deberían pasarlos al  martes o cambiarles el nombre por otro menos traumático. Pero para mí ese lunes, en el que iniciaba una aventura marina, me reconfortaba como si al navegar el pensamiento ancestral de todo español conquistador me llegara a la sangre con un renovado placer.

    Por unos minutos perdí el barco de línea regular a Tabarca que salía a las 19´30 horas, el siguiente saldría media hora más tarde, pues la isla se comunica por dos navieras: la de Tomás Baeza y la Goleta. Tenía tantas ganas de llegar a la isla para conocerla y empezar a trabajar un proyecto literario que me lamentaba de la media de hora que había perdido por Santa Pola, quería empezar a escribir de inmediato en la habitación que había reservado en el Hotel de dos estrellas conocido por Casa del Gobernador, construido en tiempos de Carlos III sólo el nombre ya imponía ese respeto que provoca dormir entre las piedras históricas de antiguos castillos o Paradores Nacionales, imaginaba que sería la casa del antiguo Gobernador de la isla o del  Adelantado como se le llamaba antiguamente.

  El barco que me tocó en suertes se llama "Playa de Tabarca",  fabricado en Mataró en los astilleros Xufre, lo dice una placa en proa,  parece que subes a  un autobús, de esos para cortos viajes que también llaman ferry, tenía muchos asientos como bancos de parques para cuatro viajeros repartidos en dos pisos, como para 500 pasajeros, el puente del capitán arriba, tenía servicios de aseos, personas, en el centro, y como dentro de una red se alojaban salvavidas de color rojo, que me  recuerdan a la última película de Titánic, y te advierte de que todos los artefactos flotantes que no cumplen los principios sagrados de Arquímedes, se hunden. La mayoría de los pasajeros que veo en el ferry son “guiris” o extranjeros, aunque también hay un grupo de españoles hablando en valenciano, uno de ellos es gordo como un Buda y se fuma un puro impuro, por lo que también me parecen extranjeros a mí.  Delante de mí se ha sentado una pareja de extranjeros, ella tienen los ojos más bonitos que el  mar, sin pretenderlo me recuerda a Julia, que desde el barco se ve de color verdoso, sin duda así son todo los puertos, verdoso y aceitoso como el oliva, la pareja se morrea y ella le entrega su lengua como un regalo húmedo. Encienden el motor, y sueltan amarras, el barco sale hacia atrás, de popa, gira y se acerca a la bocana, rápidamente entramos en mar abierto que está de un sereno virginal, plano como una mesa, parece como si saludara con su mensaje de hondas tiernas. La quilla levanta dos surtidores de agua, se cruza con nosotros un catamarán que nos manda saludos de olas. En el altavoz del barco se escucha música de radio. A la izquierda o al estribor se ve el lomo de dinosaurio del Cabo de Santa Pola con su faro diminuto clavado en la cresta.  A proa se ve la isla lejana  como envuelta en una especie de vapor flotante que hace levitar a la isla mágica besada por el cielo como una fantasmagórica.

 La isla está desnuda entrevistada solo por el mar. Conforme nos acercamos se ve el lienzo de la muralla de defensa, el paquete barroco de la iglesia con su campanario vigía,  baterías de casas de una o dos plantas.  Cuando llegamos al puertecito de la isla hay un ferry de pasajeros que nos ha usurpado el amarre, posiblemente halla venido de Alicante, hay que esperar a que deje el atraque libre, vergonzosamente esta isla tiene un pequeño y corto espigón que hace muelle con cabida para un solo barco, los políticos no se preocupan de la isla porque no da votos, me da la sensación de abandono. Hay unas treinta embarcaciones menores en la rada del puertecito al refugio del  levante, dedicadas seguramente a la pesca de supervivencia.  Había muchos extranjeros visitantes en la isla y eso no me daba mucho contento, puesto que mi deseo era buscar un lugar conde se respiraba cierta tranquilidad, oí el lenguaje del silencio. Cuando bajo con mi pesada maleta, encuentro en el muelle pescadores sentados en el suelo que arreglan sus redes con una habilidad ancestral, con los dedos desnudos de los pies agarra una porción de red, y la remiendan con esas agujas-bobinas especiales de las que siempre he siendo curiosidad por saber cómo funcionan. Ensimismado en fotografiar al pescador y engañado por el reflex del objetivo, tan bien lo quise hacer, que tropecé con unas redes y caí encima del pescador y de la aguja-bobina de madera, el hombre se levantó y se puso a vocear mi torpeza, era un hombre fuerte, sin afeitar con boina gastada, moreno casi negro, fuerte y con manos que al cogerme del brazo noté que eran tenazas para la barbacoa. Mis disculpas no le valieron, como si la presencia de los visitantes le irritara sobremanera, me disculpe varias veces educadamente, pero el hombre no se venía a razones, tenía la aguja de madera de coser redes en la mano grande como un puñal, no hubo forma de calmar a aquel hombre enfurecido como una tormenta procelosa. Continué andando por el muelle mientras me alejaba de hombre que se quedaba con sus redes sin dejar de increparme.

 Pregunté por la Casa del Gobernador y me indicaron en valenciano su situación en el interior del poblado de San Pablo, me quedé un poco cortado porque pensaba que aquí se hablaba español, o mejor deberían hablar italiano, porque según la Guía turística que llevo conmigo editada por el Diario Información, los primeros pobladores en masa que ocuparon esta isla fueron genoveses expulsados de la ciudad de Tabarca en las costa occidental de Túnez bajo la protección de la Corona española sobre el Siglo XVII, aunque siempre fue una isla colonizada por romanos y base de operaciones de los berberiscos hasta el siglo XIV. La isla  es plana como la palma de la mano y desérticas, los vientos y la superficie rocosa impiden el crecimiento de árboles, Estrabón la llamó Planasia, cuando llegaron los refugiados genoveses la fortificaran para vivir de forma estable en ella, eso dice mi Guía.  A la derecha veo un arco de piedras es la entrada de una ciudadela medieval, el aspecto me agrada porque siempre me interesaron las piedras que huelen a conquista, a la izquierda y muy lejos veo el castillo que parece cúbico, una pirámide truncada, fortaleza de defensa, pregunto por su utilidad y me dicen que es la casa Cuartel de la Guardia Civil pero que no están la isla no tienen policía, desde luego que nadie la va a raptar.  La entrada al pueblo se hace por la puerta de San Rafael, en el que se pueden ver dos hornacinas con la patrona del pueblo,  las calles son rectilíneas con el piso de tierra y no están asfaltadas, arquitectura de barroca ni neoclásica, casas mínimas de planta  baja y algunas con primeras plantas agachadas del viento, restaurantes y tiendas de souvenir son su principal industria además de la pesca de supervivencia.

         Las paredes o muros de la recepción del Hotel de la Casa del Gobernador son de sillares vistos, una fortaleza como una iglesia románica, semejante a la recepción del Parador nacional de Alcañiz, macizos arcos, muros hercúleos a prueba de cañonazos de goletas piratas para lo que fue construido, para soportar o aguantar el fuego desde el mar, la recepcionista que me atiende es una mujer bien parecida, pelo corto y rubio paja, parece culta, es amable, se sonríe y me da la llave de la habitación número 2 en un primer piso, si tenemos en cuenta que el hotel tienen solo 14 habitaciones. La ventana que da al mar es amplia con dos hojas y un semi-arco, por fin mi mesa de escribir para escribir a mano, aquí no hay luz eléctrico para enchufar el ordenador, yo sabía que esta isla carecía de  luz eléctrica aunque dicen que van a meter un cable submarino, ya veremos, no hay teléfono y el móvil será mi contacto con el exterior, hasta que se agote la batería o busque el medio de recargarlo en algún pescador. Por eso  elegí Tabarca, para, nunca mejor dicho, disfrutar del aislamiento que te produce toda isla o paraje olvidado de la civilización, escollos, farallones, solitarios faros, cementerio al levante. Es una isla muy parecida en su forma a la de Alborán, diría que son gemelas incluso en su formación geológica de tobas andestésicas o volcánicas, estas rocas se les podrían llamar "tabarquinas", rocas roídas o mordidas por el viento que las azota y no la pule sino que se convierten en afiladas garras por el mar que las tortura.

       Empecé a escribir en mis folios en blanco como una forma de evasión, que son como alas de palomos que no saben a donde van a volar, lo primero era el título de la novela como una simple referencia, ya había pensado en uno mientras venía en el ferry, nunca el primero es el definitivo, pienso que llamarla:  PASIÓN MEDITERRÁNEA.

 

        Escribí:

        Pasando por el Cabo de Gata en Almería.

       “Querida amiga Eloisa, sin dos puntos, lejos quedaron los días de nuestros desafueros, esta mañana de Agosto, te escribo estas cartas como una parada necesaria, como un escape  agradable en mi destino de aventuras y viajes, destino en brazos del abismo de la nada,  con una mirada locamente sincera, tal vez de poeta latino, con el calor de una copa de un vino rojo en la cubierta del Cormorán en este momento en que navegamos apacibles, muerta la vela,  bordeando el Cabo de Gata en las costas de Almería, hacia el levante.   El mar, echado todo su ser sobre sí mismo, levemente húmedo, te mantiene siempre alerta, a la defensiva, es un enemigo brutal cuando quiere, te domina, un verdadero traidor, he visto marineros escupir al cielo, pero hoy el mar no tiene sinónimos de pacífico, es como tocar un fragmento de eternidad, las semillas de la tierra.   Por eso, la soledad frente al elemento de Poseidón te hace fuerte ante la vida, te fortalece, te fortifica, te fragua desde el infinito interior.  Hoy tiene ese color cobalto que tanto usaron los impresionistas. Está tan quito que las ondas del mar, producidas por el navegar de nuestro velero, rebotan en la costa y vuelven a nuestro encuentro, mientras la aguda proa de "ulisiacas" naves, va prolongando el isósceles triangulo de nuevas ondas.

Emilio y yo vivimos en el mar, sobre el mar,  en este velero de doce metros de eslora y no se cuanto de puntal, y de vez en cuando bajamos a tierra para sentir la nostalgia de las piernas y  como anfibios saltarines que han descubierto la seguridad de la tierra, el asalto al costa colonizada, caminas a cuatro patas olfateando la  firme vida a nuestro frente. Cuando veo este mar de caprichosos destellos de luz impresionista sobre su  propia y desnuda liberación, desnudo como un bebé,  no puedo por menos que recordar los cuadros del pintor manierista Esteban Arriaga, una exposición que vi de él en Torremolinos. Me encuentro como suspendida en el aire, leve, pluma,  tan leve que podría echarme a volar como los cormoranes pescadores o las gaviotas reidoras cuando bucean en el aire acompañadas de sus graznidos, son peleonas, salvajes, ladronas, casi humanas.  Este es un lugar salvaje, prehistóricamente  volcánico, difícilmente comparable a ningún otro espacio natural de los que recuerdo haber visto a lo largo de esta costa andaluza.      El amanecer me sabe a pomelo, el sol acaba de poner en el horizonte su fuego de luz, su huevo de paloma divina, perfume de metal azul, todo el cielo se ha iluminado como quien entra en una habitación y ha encendido la luz cegadora, navegamos perdidos en la mirada de un mar que se abre en labios metálicos, en besos que venden cada día sus vientos, en la búsqueda y también en la huida,  caminos en ruina de un tiempo que se va entre mis manos, sin posibilidad de cadenas que lo retengan, mar de fondo de la poetisa Ana María Navales.  El sol es amarillo cadmio claro porque atraviesa muchas capas de pensamientos fallidos que vagan con la bruma del mar Mediterráneo, la bruma se compone, sin que lo sepamos, de un poso de pensamiento,  de nuestros errores y de nuestros fracasos, por eso no es limpia ni transparente, la bruma es la oscuridad del alma. El olor a algas se levanta brotando hojas, flexible e el deseo de entrar por la nariz y alojarse en el recuerdo del

Emilio y yo somos dos pestañas perdidas entre las luces del océano, dónde está el océano peguntó el pequeño pez a su padre,  sedientos de amor carnal a la deriva del aire de un sueño olvidado o de un deseo lleno de fantasías eróticas, de mentes comunicadas y silencios no necesitados de interpretación.  ¡Qué a gusto me encuentro!  Es como un museo único en el mundo. Refugio sublime de las formas. Las caricias de Emilio me atraviesan la piel en un arte oriental de acupuntura o como si caminara sobre mis espaldas las uñas de un escorpión, su atenciones sobre mí es continua y refinada, que lástima que sea un hombre forzado por el dinero, por un corto contrato de alquiler, está mi servicio.

          No quiero perderme este amanecer en bajarme a detalles. La luz  se calza de rayos, el marrón de los altos cerros de la costa contrastan con el azul solitario y divorciado de nubes. El amanecer ha desplegado todo su esplendor como un proyecto de día y siento que a la vez es un hilo frágil, la poesía de la incertidumbre u de la incostumbre.  En un momento de éxtasis en el que me encuentro lleno de fuerza, lleno de pasión por dar, por dar algo de mí, por saber qué tengo dentro, por eso voy a empezar en serio a escribir esta narración, o esta verdad que siempre desee escribir, y la que....

                   

 

                                                                                                                Continua….

 

 

 

 Obras de Ramón Fernández Palmeral  sobre Almería:

 

"Tras los pasos de Juan Goytisolo por los Campos de Níjar"

 

"Viaje al Cabo de Gata-Níjar"

 

Participó en el rodaje del documental de Nonio Parejo "Releyendo campos de Níjar", luego se llamó "El Regreso", presentado en el  Festival Europeo de Sevilla 2010.