LA BATALLA DE FRIGILIANA FUE EL ÚLTIMO BASTIÓN DE

 

 RESISTENCIA MORISCA EN ESPAÑA

 

 

 

                                                  (Pertenence al libro inédito  EL REY DE LOS MORISCOS,  de Ramón Fernández Palmeral)

 

 

 

 

 

                                                                 SURA XIV.-   LA BATALLA DE FRIXILIANA

         

                   "¿Este hombre ha sido engendrado?, reflexionemos  y  diremos:   posiblemente es que alguna fruta de las que hay en el zoco se ha convertido en hombre, y sea esta  precisamente".

                 ALGAZAL (1058-1111) "La destrucción de los filósofos".

         

                                          

         

            ANOCHE SENTÍ SOBRE MI PIEL, podría jurarlo, una caricia por la mano cálida de mi dulcísima Jalifa,  desperté y percibí su perfume  en el aire,  jazmines y sándalo como si hubiera estado aquí,  sobre mis mejillas sedientas de cariño noté un beso de despedida, tan cierto y real que aún percibo el calor de la suavidad de sus pétalos, de su aliento... sí de su aliento como una  despedidas  sin esperanza de retorno, el pensar en ella se me repite el agudo dolor en el centro del pecho, en el mismo centro del mismo dolor, ¿era la angustia de la ausencia o la falta de su cuerpo cálido junto al mío acoplados en el ritmo de nuestros corazones avergonzados de tanto placer?.

             Ahora, en frágil vigilia, oigo los ronquidos del esperpento del capitán Carvajal tumbado sobre la paja, dormido como si  la conciencia  la tuviera tranquila, como si nunca hubiera robado un podrido ducado, ¿a qué continuar?, es cierto estoy despierto en el mundo injusto, la celda apesta, hoy no han venido a retirar la letrina, estoy loco, desvarío, lo sé, no nos engañemos, los ladrones también duermen a la pata  tiesa, a la pata sana, posiblemente quien no duerma sea el hombre honrado que comete una sola fechoría y es castigado; sin embargo, el buen ladrón duerme como deben dormir los ladrones, con la navaja bajo su conciencia.

         En esta celda de mi real angustia y secretar cárcel  sevillana vuelvo a notar el aroma salino de un puerto que revive en su mejor esplendor, es un olor a azahar con un poco de pimienta fresca, posee la sutileza de los aromas encarcelados en pequeños frascos de vidrios finos, un perfume necesario en nuestro cuerpo corrompido y lleno de pústulas.  La verdad no necesita música,  tal vez la verdad sea demasiado silenciosa y fría para detectarse.  Yo, por ventura, me enfrento a mi verdad que se oculta en estas paredes de sillería, duro espacio donde se estrellan las intenciones rebeldes de un pasado al que pertenezco por sangre y fe.

       El capitán Carvajal duerme con un ronquido intermitente, un ronroneo que llega a espantar a los ratones, y esa alarma impide que no muerdan los malditos roedores. Espero mi auto de fe como quien desea rodar por un terraplén esperando darse un tremendo golpe contra un árbol ma1 sembrado en mitad del destino, para dejar de rodar por el mundo. Tengo miedo, mucho miedo. Anoche sentí el roce de una mano de mujer sobre el sucio vello de mi pecho podrido de pústulas  sin poder impedirlo, ¿por qué sueño con doncellas que se desnudan bajo los eucaliptos y las adelfas jirafa de un paraje solitario donde el agua también desnuda no deja de cantar sus saltos igual que  en el río Chillar?  De niño tenía temor a la luna  grande como una piedra blanca redonda de lavar, ahora la veo pasar desde el tragaluz de esta mi celda, como un sol sediento que viniera a hacerme compañía sobre la paja, y esta paja que es prado mutilado en mitad de un campo húmedo y podrido, la luna se vuelve blanca como una coliflor. Anoche sentí sobre mi boca el aliento dulce y perfumado de unos labios de mujer. Quizá no sea buen augurio soñar con mujeres desnudas en mitad de la noche, podrían ser las tentaciones del demonio o los anticipos del paraíso que envía Alá antes de llamarte a su presencia, tal vez sea un preludio del paraíso, no lo sé...  y es que uno sabe tan poco de la cara oculta de los sueños, que acaso, durmamos mientras vivimos y vivamos porque dormimos.  Jalifa ha estado aquí y me ha dejado sobre la paja un pétalo de rosa...

          No me vuelvo a dormir hasta el amanecer, quiero confesar conmigo mismo lentamente con ese brochazo de luz irregular, filtrado ímpetu detenido, que se asoma y saluda como un amigo de luz, el mismo rayo de siempre, el rayo de Alá que es la verdad. Fui ateo, pero musulmán. Es el mismo rayo de luz que me visita al amanecer que es una lengua poderosa enfrentada a la Giralda, aprovecho estas horas tiernas para seguir escribiendo puesto que la pluma no me hace sombra sobre el papel, son horas de recordar detalles imperceptibles, casi mezcla de realidad transformada en el capricho de los últimos sueños.         

         Hay un tiempo para la contemplación y otro para la guerra, otro para la ley y el arrepentimiento. Ahora nos ha tocado vivir bajo el signo cruzado y retorcido de la muerte leprosa. El infante español no sabe más que de botín y pagas, caballos y mulas, pólvora y arcabuces, saqueos y matanzas.  En el reino animal, tan sólo quedan algunas especies que se matan entre ellas mismas, una de ellas es el hombre y lo hace con placer, saboreando cada gota de sangre enemiga, perdiendo el divino entendimiento en la acción, educándose y licenciándose en el militar arte de guerrear.  Mas los hijos del mundo, inventan argucias para justificar esas muertes, y ello se consigue generando odio sobre el martilleo fraguado del mismo odio. El odio a los demás es la única fortaleza que une a los de un grupo para dejarse matar o justiciar la muerte. Cuando a esa colectividad se le humilla, ese orgullo maltratado puede provocar un odio asesino. Nosotros los moriscos  somaido (leer al revés) a los cristianos, pero no matamos, hacemos justicia, reivindicamos lo nuestro, defendemos nuestra tierra del invador y es nuestro derecho. Recuerdo que...

          Hernando el Darra regresó a Bentomiz, al fuerte de Competa, su feudo desde donde atacó fortalezas, destruyó cosechas y ganado, cautivando y combatiendo cristianas en las mismas narices de  Vélez. Asaltaron el castillo de Torrox y llevándose cautiva a las mujeres cristinas, como compensación a las cautivas moriscas que tomaron ellos en Frixiliana.  La Sierra de la Almijara, que así es como se llama al dorsal de la Axarquía y significa en nuestra lengua "depósito de aceite", tiene una riqueza en maderas de pinos, encinas, algarrobos, bojales, jaras y agua, muchos torrentes con saltos motrices para construir trapiches de azúcar y miel de caña. Es una sierra acaso demasiada escabrosa para vivir, ideal para resistir, mas cuando se deja te invade una añoranza superior a todos los deseos.  Bajo la sierra calcárea y silvestres se encuentra las tierras amadas de pizarras donde los olivos lloran de pie la caída de su fruto sobre los labrados bancales, la mayor riqueza es el aceite, porque el aceite de oliva arde en lámparas que acompañan a las ánimas del purgatorio. Después las viñas de moscatel, vidueñas y verdiales, granadas y nísperos, albaricoques y duraznos.

         Los Darra era amigo mío desde la infancia, poseían tierras en Nerja y Maro, pero por el decreto de revisión de las propiedades no pudieron justificar documentalmente la propiedad de sus tierras ante el doctor Santiago, Regente de la Cancillería de Granada. Esas tierras les fueron arrebatadas a sus padres y adjudicadas a los descendientes del alcaide García de Guzmán y Leonor Ponce, vasallos del Rey Fernando. Le fueron incautadas todas sus tierras; esta circunstancia provocó que se levantara en armas: la única forma de reclamar justicia en la España de los Austrias. Para el rey, los moriscos somos el estiércol que cubre España.

          Aquella victoria en Cómpetta, levantó la moral en Fixiliana, y para celebrarlo se sacrificaron chotos, conejos, pollos y gallinas. Aquellas dudas sobre la escasez de infantes traídos por mí desde Turquía, los "Doscientos", nos llegaron a llamar, quedó asumida y velada. La Axarquía sin duda brillaba bajo nuestro dominio porque es una tierra agradecida que se deja querer. Yo les prometí a mis amigos y vecinos que vendrían más hombres de refuerzo de Turquía y de Berbería, mientras tanto había que resistir con todo nuestra fuerza, entregando el alma. Los hombres habían demostrado que cada uno valía por  cinco cristianos. Mi regreso a mi pueblo de Frixiliana, cabra blanca tendida a la solana de los verdes cerros, causó mucha alegría y esperanzas, me recibieron como si me fuera a quedar allí para siempre, no sabían ellos que tenía que partir para Uxijar y ayudar a los que allí me esperaban. Los cristianos vivían ya en las ricas tierras de la costa que se habían repartido en cien suertes al alegar que las tierras habían quedado yermas y sin labrar por el abandono de las mismas por nosotros. Cuando salí desde Adra para Constantinopla tenía unas ideas y al regresar las había cambiado, pensaba que me tenía que unir a Aben Humeya, por eso no quise hacer juramentos públicos contra él. El capitán Dali, héroe de la conquista de Hungría y Viena, empezó a organizar a los vecinos en grupos a fuerza de entrenamiento y disciplina, tanto a hombres, mujeres como a niños, el uso del arcabuz de ruedas en el ejercicio divino de la puntería. Eligió Dali entre los moriscos a los más firmes de carácter para hacerles jefe de mangas o patrullas como Meliu o Javala, había que imponer una disciplina férrea para que los moriscos nos pudiéramos defender por nosotros mismos. Como de momento iba a prolongar mi estancia en Frixiliana mandé mensajes a Jalifa para contarle mi vuelta.

          Me llegaban malas noticias de que la guerra de Granada continuaba cada vez más fiera. Empezó muy bien, se había conseguido levantar el valle del Lecrín, Cenete, Alpujarras, Andarax, Almuñecar y Guadix, lo que nos daba confianzas para recuperar los territorios de esta parte de la Axarquía malagueña. Se necesitaba un serio castigo a los del Albaycín para que de una vez por todas se decidieran a luchar, se corrió el rumor de que iban a ser expulsados de la ciudad, por entender el Marqués de Mondéjar, a instancias de Pedro de Deza de que ellos habían sido los culpables del general levantamiento morisco, por no poder sujetar a los moriscos a la obediencia.

         En las tierras de Bentomiz se formó una aljama y me pidieron que nombrar alcaides para que impartieran justicia en las nuevas tierras conquistadas a los cristianos viejos, teníamos que ajusticiar a los intrusos que se habían apropiado de las haciendas en apeos o repartimientos de tierras. Hacer cumplir la ley es lo que más reconforta a la gente humilde, porque a ellos no les queda nada, tan sólo la satisfacción de que se castiga a los que no son como ellos, es sin duda la revancha silenciosa. Castigar a los poderosos y a los que se creían aforados, satisface al pueblo. Cuando se quiere defender una causa, todas las razones están justificadas. Por ello, decidimos encarcelas a los más ricos para pedir rescates, tal y como hacían ellos a través del Santo Oficio.         

        Nos interesaba controlar las bahías y calas naturales de La Herradura, cerca del puerto de Almuñécar, el más cercano a la Axarquía, porque el de Málaga estaba demasiado defendido. Aproveché que los moriscos de sexitanos habían tomado el castillo de la ciudad, y por eso mandé al alférez a Cómpetta, turco, con cien hombres para apoyar a los valientes asaltantes. De esa forma ganaba el puerto y la confianza de los ayudados. Controlar el puerto era imprescindible, por él nos llegarían los refuerzos de Argel o Berbería. Ganamos la plaza y se consiguió mantener el puerto franco a la espera de los barcos argelinos, barcos que por desventura no llegaron nunca.

          Muy importante para nuestra operación militar era impartir justicia en aquellas tierras de Bentomiz, para que la gente pudiera resarcirse de los abusos cometidos con  los hijos de aquellas tierras.  La primera acción, de sonada repercusión, fue encargar a los de Canyles de Aceytun que reunieran una cuadrilla y fueran a la venta del cristiano Pedro Mellado cerca de Dímer, para rescatar a Asma, morisca guapísima de ojos como yemas negras y esposa de Miguel Guajara que estaba cautiva en la venta desde hacía años, porque Pedro Mellado se había enamorado de ella y se la quedó como si a uno el apetece cortar una flor de un jardín y guardarla en la bolsa. La cuadrilla, formada por Jesús Treviano de Archez y otros más, entraron en la venta una noche, se liberó a la mujer y a un hijo de dos años que tenía de entrambos, y se hizo justicia con el ventero, al que se le ahorcó en un acebuchón. Luego los hombres del marqués de Comares castigaron a muchos inocentes en represalia. Utilizaban la táctica más sangrienta del arte de la guerra: aniquilar totalmente al enemigo, pues consideraban que la mala semilla siempre  vuelve a crece.

         Con esta brutal y despiadada forma de actuar, es cuando la gente toma la sangre de la venganza y se une en secreta hermandad, como única posibilidad de subsistir.  Cuando el perro prueba la sangre se convierte en lobo. Se fue a la aldea de Cómpetta a buscar a Cristóbal Frías, molinero, para que devolviera a un niño morisco, a quien tenía cautivo y comprado en Vélez  Málaga separándole de su madre y de sus otros hermanos; algún traidor le avisó para congraciarse con Cristóbal que temeroso se subió al campanario de la iglesia con un arcabuz, empezó a tocar las campanas hasta que los demás cristianos le dieron la voz de alarma al Corregidor de Vélez, que por entonces era Arévalo de Zuazo, quien subió hasta aquella población para liberarle, pero se encontró por el barranco del río Algarrobo con Marín Alguacil jefe de Corumbela y le hizo volver.

         En Frixiliana se detuvo a Antonio Rico, un cristiano viejo que se hizo con el trapiche de azúcar del río Higuerón y al que también se ajustició por tener cautivos musulmanes, hijos de los esclavos vendidos tras el asalto a la ciudad de Gibralfaro. También secuestramos al hijo de Guzmán Torres, oriundo de Antequera para que soltara oro y comprar  armas.

          Por el mes de abril de 1569 (968 de la Hériga) llegó a Granada don Juan de Austria, el "Diablo de Hierro", con su brillante espada toledana al cinto, hermanastro del Rey Felipe II para relevar al vijeo Marqués de Mondéjar que no llevaba los asuntos de la guerra contra los moriscos al gusto sangriento del monarca ni de Deza, pues no se asesinaba lo suficientes ni se daban los escarmientos necesarios para atajar la violencia de la guerra de Granbada. El nuevo capitán general de Granada, no fue noticia que nos agradara, porque venía con la mano armada de poderes reales, y además su juventud, con ganas de ser famoso en poco tiempo, no era buena noticia. Si decidía bajar  hasta la Axarquía, le esperábamos bien preparados con 7.000 hombres en toda la Sierra de Bentomiz, Tejeda y Almijara, más los renegados que, en su codicia por algún escudo, siempre pueden poner al enemigo al descubierto. Ante la fuerza que tomamos en toda la Axarquía, Arévalo de Zuazo no se atrevió a intervenir, y menos desde el pequeño escarmiento de Corumbela, por ello pidió refuerzos al Marqués de Moncada para limpiar la Sierra de Almijara y Bentomiz, por ello, envalentonado con algunas fuerzas que le envió Moncada, ordenó a los capitanes Pedro de Cazallas y Hernando Hugarte avanzar hasta Frixiliana que se había convertido en fortaleza y baluarte morisco. El Corregidor venía en la retaguardia con un ridículo ejército, y en cuanto supimos que Arévalo de Zuazo se acercaba a Torrox por la costa, se pasó aviso a las gentes de Canyles de Aceytun, Alches, Sorubila y Cómpetta para que se reagruparan en el Peñón de Frixiliana, trayendo ganado, armas y vitualla para resistir. Entre el  Peñón y el Fuerte nos refugiamos por lo menos 3.500 moriscos dispuestos y entrenados para luchar hasta morir por nuestra tierra en nombre de Alá y la deuda ante nuestros antepasados..

       El ejército que traía Arévalo de Zuazo se componía de cincuenta jinetes y cuatrocientos peones, se le hizo frente en la meseta del los Peñoncillos, con la estratagema de una doble emboscada.  Era el 7 de mayo de 1569, se le causó veinticuatro muertos y ciento cincuenta heridos, y nosotros apenas sufrimos bajas. Fue la primera gran victoria que suponía hundir los ánimos para hacerles desistir de su avanzada; algunos la compararon con la heroica batalla de marzo de 1483. Fue tanta la alegría de nuestra victoria, que después de orar, la gente ofreció vino zibibi  de los al-Mayarines y del collado de las Pitas para los valientes luchadores; por las calles del Zacatín y el Barribarto se tocaron panderos, laúdes y zambombas, matracas o “maniferros”, se bailaron leilas y zambras, nuestra alegría de revivir nuestras costumbres prohibidas era una gran satisfacción por la que merecía la pena pelear.

         No tardaron mucho tiempo en aparecer nuevos refuerzos, esta vez en el mar,  las galeras de Don Luis Requesens, Comendador de Castilla, aparecieron en la costa de Nerja, por lo visto, tras el desastre de Frixiliana para Zuazo que al comunicarlo a Granada, don Juan de Austria se tomó tal enfado que avisó a las galeras del Comendador a la sazón en Cartagena y procedentes de Italia, que estaban al mando del capitán Sancho Leiva y Blas Herrero, aparecieron en el mar nerjeño  veinte galeras porque suponía un ejército de más de 2.500 soldados. Se habían enterado de los refuerzos recibidos: tropas turcas y que de Argel vendrían galeras al puerto de Almuñécar, no sé cómo aquellos cristianos conocían puntualmente cada uno de nuestros movimientos. Unos cañonazos al castillo de Almuñecar hizo que los moriscos  subieran a la sierra  de Lomas Llanas y dejaran indefenso nuestra única puerta al mar. Por otra parte Arévalo de Zuazo consiguió esta vez cuatrocientos jinetes y mil peones de Antequera, Málaga y Vélez. Aquellos días de espera, mientras veíamos desde los cerros la flota frente a Nerja, fueron muy largos y temerosos. Las tropas cristianas se reorganizaron en el castillo de Nerja cerca de un acantilado o balcón natural de imponente altura,  empezaron a subir por el  cortijo de Las Sombras y a rodearnos por varios puntos: río Chillar, Higuerón, Almarchares, Cerro Pastora y Pinillos, todas las tropas reunidas podrían ser unos 5.000 infantes, al mando de ellas venía el propio Comendador arrasando e incendiando cabañas, robando ganado, destripando perros, arrancando las cosechas de los bancales y talando árboles frutales, la técnica de tierra quemada. Por la noche, desde lo alto de nuestro protector  peñón, se veían los resplandores del fuego de  los campamentos, se escuchaban gritos de amenazas, se movían en una subida lenta, sin prisa como quien trenza  un cesto de esparto, pero allí vigilábamos nosotros cada movimiento.

                En la vida de los niños todo parecía tranquilo, una tarde hacía mis planes sobre un papel y se me acercó un niño sin alpargatas de unos seis años,  me recordó a Omar, yo creí que estaría asustado, que me haría preguntas sobre lo que iba a pasar al día siguiente, y lo único que se le ocurrió fue pedirme que le pintara un caballo. Cuando se lo dibujé de mala manera, lo tomó y salió corriendo con una alegría inimaginable  a enseñarlo a sus amigos.          

               Reuní al Darra, Martín Alguacil, Dali, Caraxa y otros jefecillos como Meliu, Jamete Zabal, para examinar nuestra situación; jamás entregarnos, porque de seguro ninguno iba a quedar vivo; se acordó dividir las fuerzas: unos en el collado de la Molineta, otro en el Peñón con el grueso de la fuerza y sacar a los viejos, mujeres y niños de allí para llevarlos hasta el Cerro de El Fuerte o Tajo Colorado -un cerro próximo que es una fortaleza natural-. Muchas dijeron que no, que se quedaban allí junto a sus esposos; la situación no era para ser héroes sino para sobrevivir y la única posibilidad se erguía cónica a nuestras espaldas, la abrupta Sierra de Almijara. Al fin los de Cómpetta con Martín Alguacil se marcharon con su gente y ganado  para Sierra Tejeda, pero no pudieron pasar los al-Mayarines y tuvieron que subir al Fuerte. Los del Darra y los míos nos quedamos en el Peñón de Frixiliana la Vieja, un castillo reducido, donde no cabíamos todos y fortificamos lo que pudimos. En el aljarafe de Cerro Pastora se hicieron fuertes unos cien hombres al mando del turco Caraxa, se envenenaron las aguas con torvisco, rejalagar y beleño; se hicieron pozos tapados con ramas y se cortaron caminos para impedir el arrastre de los cañones.

          Arévalo de Zuazo montó campamento en  Fuente Álamo o Cebolleros, próximo a Puerto Blanquillo, donde por culpa del agua envenenada debió sufrir bajas. El Comendador Luis de Requesen, viendo que no podía atacar directamente el Peñón, llegó hasta las casas del barranco de la Fuente de Acebuchal buscando la vuelta o cara norte sin poder conseguirlo y volvió al Mayarín al pie de El Fuerte de cara a la solana  ocupando u cortijo morisco.  Mientras tanto nuestras incursiones en Cerro Pastoras causaron bajas al capitán Herrero y Caraveo, que subían muy afanadamente.

            Se aguantó mes y medio entre el ruinoso castillo sobre Frixiliana y el Fuerte, desde aquí  podían aguantar más, pues poseía una meseta amplia protegida por tajos y riscos elevados donde no podía llegar la artillería, era lo que se podía llamar un nido de quebranta huesos, una atalaya natural provista de agua en una cuevecilla o especie de aljibe o sumidero que existía en la ladera norte, además tenían como alimento a su ganado cabrío y algunas provisiones, podían aguantar un asedio por muy prolongado que se hiciese. Nuestra falta de fuego de artillería se suplantó con ballestas de madera de tejo abundante en la sierra. Los cristianos quemaban los pinos de sus faldas para asfixiarlos con la chimenea del humo, pero allí arriba el fuego no podía llegar con sus lenguas de infierno.

             En el Peñón de Frixiliana recibimos un primer asalto cristiano a finales del mes de mayo, como nuestra artillería se quedó en el Playazo, usamos como armas mortales muelas de molinos de una almazara, piedras cónicas oradas por un paso u orificio, atravesados con palos de gran longitud; las dejábamos rodar y en el empuje arrastraban a peones cristianos como si fueran hoces de gigantes filos, cada piedra mató al menos a cincuenta. Se peleaba con ballestas, hondas de espartos y alfanjes. Los cristianos consiguieron reagruparse y llegar al Aljarafe de Frixiliana donde situaron su fuego artillero contra nuestro esquilmado baluarte.  Durante dos días no dejaron de sonar lombardas, nos caían piedras lanzadas por la bombardas, de una forma que ellos llamaban de reblandecimiento donde acabaron con unos doscientos de los nuestros. No sabíamos ya donde meternos, por la noche mandamos a mi hijo Alí con el Primo subieron  al Fuerte por más seguro por el collado de la Cuerda, que comunicaba el Peñón con el Fuerte. Por la noche continuaron bombardeando sin que nos dieran tiempo a recoger a los heridos y cadáveres, el fuego prendió el techo del castillo como una tea, el polvo, las piedras, el olor a muerto y el calor de aquellos días hicieron de nosotros que conociéramos la antesala del infierno. No se podía aguantar bajo el cañonazo continuo, el grito de los heridos, los que no había forma de calmar su dolor, nuestros calmantes consistían en fumar hojas de cáñamo y en beber “zibibi”; no eran suficientes drogas narcóticas, se evacuaron a los heridos a la cueva Oscura  donde escondieron un pequeño tesoro para que no cayera en manos cristianas, situada en el barranco del Higuerón, y otros cerca del Pozo Batán. El médico judío Ibrahim, llevaba sin dormir tres días y no podía atender ya a nadie más. Los muertos nos cerraban los pasillos, teníamos que pisarlos, nos estorbaban para entrar y salir,  y ya se percibía el husmo de las vísceras, sin poder enterrarlos dignamente, los techos se nos venían abajo y no se oían más que gritos y lamentaciones con fuego en continuo diálogo con el castillo, su olor a azufre y pólvora cerraba el ambiente. Por los huecos de los tragaluces hacíamos fuegos con las espingardas que tenían más alcance que los arcabuces y por eso nuestros enemigos no se podían acercar. Mientras los hombres disparaban las mujeres cargaban las armas con pólvora y bala, ellas fueron siempre muy valientes, capaces de encargarse de los huérfanos, de hacer de comer (sólo quedaban higos en agua caliente) de atender a los heridos y de batirse con el alfanje si era necesario en el último aliento.

           El capitán Dali, encargado de nuestra instrucción y defensa aconsejó abandonar la derruida fortaleza que se convertía en una tumba segura, allí mismo nos iban a enterrar y de una forma tan indigna que no  ganaríamos el cielo, y se acordó salir del castillo por la noche para unirnos a los del Fuerte a través del collado de la Cuerda, protegiéndonos con una avanzadilla. A la salida llegamos al cuerpo a cuerpo contra una manga de cristianos, nuestras espadas despedían chispas, sonidos a metálico de los golpes interminables de clin-clan, clin-clan... Estábamos manchados de sangre y exhaustos, uno de los cristianos se enfrentó con Dali. Era lo que esperaba. Dali le golpeó con tal fuerza que logró desarmarlo, cuando quiso rematarlo el cristiano esquivó la acometida dando un salto. El alfanje de Dali salió de su mano con tal fuerza que al cortar el aire silbó con un zuuuuu. La sed de sangre subía por la garganta de Dali con tal brío que lo cazó en la garganta como quien lanza un venablo. Eliminada la manga de cristianos subimos por el pecho hacia la cumbre del Fuerte. Sus espadas hieren de punta, las nuestras cortan, y cortan tanto que rajan las adargas y las celadas. Formamos varios grupos para salir desde el castillo, pocos quedábamos vivos, el primer grupo al mando de El Darra buen conocedor de la senda, más bien una cornisa peligrosa para llegar hasta El Fuerte, otro grupo lo conducía Meliu, ellos fueron capturados y muertos. No obstante, a la hora del salir Jamete Zabal, dijeron que se quedaban allí resistiendo, no tenían a donde ir, pues Jamete había nacido en la Fuente Vieja, cerca de la mezquita y no sabía de huidas, yo me marché al Fuerte en busca de mi hijo. Desde arriba observábamos la cínica complacencia de quien  se sienta a contemplar la agonía de un enemigo pequeño de pocos hombres, mujeres, viejos y niños

               Los que se quedaron  allí murieron todos, entre ellos la familia de los Jamete, Alengeti, Zaida, Abonazín, Zura y Cazín, ellos tenían a hijos heridos a los que no quisieron abandonar a su suerte, entre ellos al niño que me pidió que le pintara un caballo. Estos héroes de Frixiliana aguantaron hasta el 11 de junio día de San Bernabé de 1569. Perdidas las fuerzas, las municiones y los víveres el castillo fue asaltado por las huestes del capitán Caraveo y Bozmediano, los primeros en entrar al castillo sin siquiera ayuda de escalas de maderas; las albarranas, contrafuertes y muros reducidos a un montón de escombros por los que se podía subir a pie. Los vencedores colocaron banderas, estandarte y guiones sobre las ruinas, que era un amasijo de piedras y cuerpos de moriscos. Aquella batalla nos costó 1.800 muertos y cerca de otros tantos prisioneros -mujeres y niños- que vendieron después en Málaga a los capitanes y soldados como botín de guerra. Algunos  como galeotes para las galeras de Fernando de Arriola.

         El Fuerte no lo pudieron tomar nunca los infantes del Comendador  a pesar del feroz cerco; allí resistimos el Darra, Dali, Martín Alguacil y los mios hasta que apareció el hambre y hubimos de salir dispersados por la sierra; unos se fueron a Lomas Llanas, otros al Castillejo, los más a La Tejeda. Hombres de El Darra conmigo y mi hijo, más el capitán Dali y cincuenta hombres llegamos a Cerro Lucero y el Cisne, desde allí pasamos a Navachica hasta la Atalaya, antigua fortaleza levantada en tiempos de Abederramán I, cuando fue recibido por los suyos al desembarcar en Almuñecar, muchos siglos atrás. En este lugar anidaban las águilas reales, abundaban los helechos, los tejos, el romero; entre los riscos abundaban los tajos sin fondo y entre los cortados se podían ver cabras monteses de cuernos como laúdes místicos.

          Pero desgraciadamente, la situación en Bentomiz era muy precaria, el avance cristiano progresó mucho, después de haber ganado Frixiliana, querían controlar los pueblos más que la sierra, pensaban que nosotros nos moriríamos de hambre. Tan sólo quedaba Cómpetta por ganar, allí pudieron concentrarse muchos moriscos que se habían refugiado en las sierras. Resistieron hasta que aparecieron por sus campos banderas de Antonio de Luna, el que asoló Albuñuelas de Lecrín, con caballería del duque de Medina Sidonia, y Duque de Sessa que ordenó efectuar una limpieza de rastreo por la Axarquía con 5.000 hombres.

         Como en la sierra no podíamos seguir, los que quedamos, unos cien, intentamos pasar a Argel en tres artesanas fustas para pedir lo que me habían prometido: más hombres. Las fustas, que teníamos guardadas en una cala del río de la Miel, cerca de Maro fueron descubiertas y quemadas. ¿Qué nos quedaba?, si no regresar a las Alpujarras. En la sierra del Corobre de Almuñécar, tuvimos cumplidas noticias de que Abenabó había asesinado a Aben Humeya, a finales de 1569 en Laujar de Andarax, acusado de traición por sus propios hombres; ya le dijeron que el que te lava los pies a la vez te tiende un lazo. Nos aseguraron que los hombres de  Abenabó se mostraban  más sangriento que los de Humeya, había tomado el mando, por su carácter iracundo nunca llegaría a nada.

        Reunimos unos doscientos hombres,  errantes y desperdigados por las sierras de Almuñécar y decidí que la única posibilidad de resistir era la de unirme con Abenabó. Aunque la verdadera razón que me empujaba a ir a las Alpujarras era la de ver a Jalifa y a mi hijo Omar. Ante de llegar a Uxijar, terminado el verano de 1570, supe que a todos los moriscos de estas tahas los habían detenido y llevados al penal de Felix en Almería, los que se habían escapado más los de las tahas del Andarax había llegado hasta Galera, fortaleza al norte de Almería que resistió bravamente; otros moriscos de Adra, Béjar, Canjayar, Mojacar y Tíjola pudieron pasar a Murcia, con intención de subir a Aragón, más en Lorca les impidieron  seguir al Levante.

         Abenabó llevaba el signo de la muerte sentenciada en su frente. No había quien cumpliera sus órdenes, el miedo a las traiciones producía gran desconfianza. El Albaiquí mantenía tregua y acordaba entregar las armas a los cristianos, acuerdos a los que Abenabó era contrario, por ellos, los hombres del Albaiquí se vengaron y en una cueva de los Bérchules  mataron a Abenabó, lo embalsamaron con paja y sal, después de sacarle las entrañas, y lo entregaron a Andrés Barredo para cobrar la recompensa que había sobre su cabeza. Andrés Barredo lo llevó hasta Granada como trofeo hasta que se secó en la plaza de Bibarrambla en Granada, con una sentencia sencilla: "quien lo quite de ahí, en su lugar se pondrá su cadáver".

          Una noche que  subimos a los Bérchules pude entrevistarme  con los hombres que quedaban de Abenabó, y ellos me contaron punto por punto los desastres de la Guerra de Granada mientras nosotros hacíamos la nuestra en la Axarquía, me sentí, en cierta manera, culpable de tanta muerte y desgracias, más nuestra lucha era legitima, y, además así lo quiso Alá.    Jamás creí, ni por un asombro, confiaba en ellos, que los hermanos musulmanes del  otro lado del mar, nos abandonaran a nuestra suerte.

 

 

                                                                                                                 Derechos reservados Ramón F. P.

 

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