Y don Quijote sin que echar de ver lo que dentro de la celada venía, con toda prisa me la encajé en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzaron a correr el suero por todo mi rostro, barbas y rostro, tal susto tenía que recriminé severamente a Sancho. (Se pone en la cabeza una gorrilla de beibol).
-¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y no será por miedo… Dame, si tienes, con qué limpiarme, que el copioso sudor me ciega los ojos.
-Tome mi amo un pañuelo –dijo Sancho- y despéjese la vista (le da un pañuelo de papel).
- Pero ¿es que ya han inventado los pañuelos de papel?
(Sancho dirigiéndose al público y haciendo la señal del loco). -Es que vive en otra época. Amo, es que son de usar y tirar.
-Aquí de tirar nada, -murmura don Quijote.
Se limpia la cabeza, la cara y la barba y huele el pañuelo donde estaba aquella gachas. le echa la bronca a Sancho.
-Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí me has puesto, traidor, bergante y mal escudero, vergüenza de tu mujer y de tus hijos, mal amigo, me quieres humillar delante estas mercedes. Olvídate de las ínsulas prometidas.
-Por favor mi amo -dice Sancho (llorisqueando)- Le juro por al princesa y empreatriz de la Mancha, que no he tenido nada que ver. Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré... Pero seguro que fue el diablo que ahí los puso. ¿Cómo se atrevió a ensuciar el yelmo de vuesa merced? Esto se debe a encantadores que nos persiguen a mí a vuesa merced. Si yo tuviera leche o requesones, antes los pusiera en mi estómago que en la celada de vuesa meced. Son diablos que nos hacen la vida incómoda.
-Todo puede ser (don Quijote perdonándole), te perdono, ayúdame a montar a Rocinante y dame la lanza (me darás mi bastón).
-Tome vuestra lanza que la afilé ayer.
-¡Así de delgada se ha quedado...! (Mirando el bastón) Ahora, venga lo que viniere, que aquí estoy con ánimo de enfrentarme con el mesmo Satanás en persona.
Llegó en esto el carro de las banderas conducido por un carretero, y dos mulas. Me puse delante del carro y lo detuve.
-¿Adónde vais, hermano? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son acuestas? ¿De donde sois, como os llamáis? (aquí puede entrar Trinitario)
-Me llamo Pedro y soy de Callosa.
-¿De qué Callosa?
-De que Callosa va a ser, de Callosa del Segura en Alicante, cerca del puerto de Cartagena donde me han cargado el carro con dos leones, y los llevo a la Corte. Son dos bravos leones enjaulados, ¿no los ve? Regalo del sultán de Argel.
-Yo he oído hablar -le pregunta don Quijote- de un tal arzobispo Loazes que fundó una Universidad en Oriola. ¿Conoces al poeta Francisco Salinas y a Santiago Moreno ya aun tal Vicente Bautista se fue an trabajar a Flandes...,(a estas preguntas el carretero afirma con la cabeza) y a...¿son grandes los leones?
-Tan grandes –el carretero de Callosa-, que no los hay más grandes en toda África, qué digo África en el mundo entero. Son hembra y macho y ahora van hambrientos porque no han comido hoy. Quítese de delante de carro que tengo prisa en comer.
-Comer o no comer he ahí la cuestión -dijo Sancho.
-¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Apeaos, señor Pedro el leonero, y abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera, que en mitad de esta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha y descubrir a los encantadores, y a quien me los envía.
-¡A…A…A…amo! –tartamudea Sancho-, que son le…,le..,leones de verdad y no hay encantamiento. Que yo le he visto las uñas y son como montañas.
-¡Voto a Dios, don bellaco, que si no abrís ahora mismo las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!
-Señor mío -dice el carretero de Callosa-, dejadme al menos desatar a las mulas. Sed testigos que forzado la abro y de nada soy responsable.
-Pero señor –decía Sancho casi llorando- le suplicó desista de tal empresa, esta es peor que la de los gigantes y los molinos.
En tanto que el leonero abría la jaula primera, estuve considerando si sería mejor hacer la batalla a pie que a caballo; y, en fin, determiné con pie a tierra, temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones lo até a un pino. Salté del caballo, embracé el escudo y desenvainé la espada (ahora bastón como espada), y con corazón valiente, me puse delante del carro, encomendándome a Dios y luego a su señora Dulcinea, de todo corazón.
Tercera escena
Pedro abrió de par en par la puerta de la primera jaula, donde estaba el león macho, el cual pareció de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo el león fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi dos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de bravatas mías, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y me enseñó sus traseras partes, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual mandé al leonero: “Dale palo, irritale, que echarle fuera”. Le miré fijamente a los ojos, deseando que saltase ya del carro y viniese sobre mí, a mis manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos y descubrir en sus entrañas a los encantadores que me lo envía.
-Eso no haré yo -respondió Pedro-, porque si yo le instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí mismo. El león tiene abierta la puerta: en su mano está salir, o no salir; si no ha salido no saldrá en todo el día. Si al desafiar a un enemigo este no acude, la infamia será del que huye.
-Vale, qué vamos a hacer -respondió don Quijote-: cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto hacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no salió; volví a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar.
-Que me maten –dijo Sancho- si mi señor no ha vencido a las fieras bestias o como les llamen.
-Volved, hermano, a uncir vuestras mulas –dice don Quijote) y a proseguir vuestro viaje; y tú, Sancho, dale dos Euros.
-¿Euros señor?, que son Euros.
-Bueno da igual, escudos de oro -dice don Quijote-. En recompensa por el tiempo perdido. (Dirigiéndose al público. Dice que no sabe que son Euros, que se lo pregunten a los pensionistas ¿Cuánto vale un Euro o una arroba de aceite...?
-Se los daría de buena gana -respondió Sancho-; pero..., ¿qué han hecho los leones? ¿No se sabe si están vivos o muertos?
-Sancho, qué le vamos a hacer, otra vez los encantadores, magos y malandrines han querido quitarme la gloria de la aventura. Pero yo no tengo culpa que los leones no hayan cumplido con su oficio de afama fiereza. Págale tú Sancho porque está escrito que los caballeros andantes no llevamos dineros encima, para esto están los escuderos, para los asuntos domésticos.
Cuando Pedro recibe los dos escudos de oro, éste le besa la mano a Sancho.
-Le prometo que contaré esta valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte llegue. ¿Y si acaso me pregunta el rey quién hizo esta hazaña, qué le digo…?
Dile que fue el Caballero de los Leones, que de aquí adelante es como quiero que se me llamen y no el de la Triste Figura.
Y el carretero siguió su camino.
-Le advierto señor Pedro que no soy tan loco ni tan menguado como parecen mis acciones. Que el valor consiste en superar el miedo.
FIN
Reservado los derechos de copia sin permiso de su autor: ramón.fenández@ono.com Año 2006