TÍA  ESMERALDA

                                                            (Historia de una miliciana)

 

                                                                                                   Por Vicky Fernández

 

 

             Me quedé paralizada en la puerta de la habitación, dudé unos segundos al entrar, el dormitorio estaba en semipenumbra y lo invadía un fuerte olor a medicinas y desinfectante. Sabía que ella estaba en la cama agonizante y que se apagaba lentamente.

             Mi madre me había advertido, días antes de su grave enfermedad,   que la encontraría muy desmejorada, conocía cuánto significaba para mí y el dolor que me produciría su pérdida. Hacía algunas semanas que deseaba verla, pero siempre me buscaba excusas para no enfrentarme con la verdad, aquella mujer a la que admiraba tanto y por la que llevaba su mismo nombre, desaparecería pronto para siempre.

             Entré tímidamente, la tía Esmeralda en estado semiconsciente levantó lentamente una mano huesuda de alargados dedos. Se apreciaba bajo la colcha blanca su cuerpo esquelético y reseco,   por el embozo de las sábanas asomaba una diminuta cabeza canosa que parecía haber sido reducida por los caníbales bosquimanos. Me recordaba en ese momento a las mujeres desnutridas de miradas tristes del tercer mundo que se ven en televisión. ¿Cómo era posible que una persona de su carácter y físico llegase a esa decrepitud?

            - No le hables, está muy débil  -me dijo mi madre al oído.

            Y yo, sin apenas hacer ruido con  los zapatos de  tacón, me coloqué a su lado. Al contemplarla sentí una gran ternura, me incliné  hacia ella, le acaricié la frente, me tragué las lágrimas y  observé  su  rostro demacrado y  sus  ojos opacos, aquellos mismos que fueron alegres y verdes como la esmeralda. Cogí sus manos frías y frágiles entre las mías, aquellas mismas manos que empuñaron un fusil durante la Guerra Civil, acariciaron los cuerpos de sus amantes, cortaron flores para ornamentar los más bellos arreglos florales, me cogieron en brazos nada más nacer. Había una fuerza superior  que me atraía hacía aquella mujer agonizante, tía  Esmeralda  intentaba hablarme pero de sus labios resecos sólo salían sonidos guturales inaudibles. Toda ella parecía implorarme  que no la abandonara, como si quisiera robarme un último soplo de vida. Abrió los ojos y me miró con una gran dulzura, parecía encantada de verme. Fue en ese instante cuando comprendí cuanto   la quería.

            De  las personas que más han influenciado en mi vida ha sido ella,  más que mis padres. Yo la consideraba un ejemplo a seguir y me sentía atraída por su fuerte personalidad, siempre intenté imitarla, hubo un tiempo que incluso vestía como ella y repetía hasta sus movimientos.

            Ahora recuerdo las largas tardes que pasábamos juntas, la tía me contaba su vida y  yo la volvía a vivir con el corazón enamoradizo de una adolescente . Me hablaba de lo importante que había sido para su educación su padre , el abuelo Nicolás. Él era republicano y socialista de los de antes, seguidor de Pablo Iglesias. Era elegante e instruido, leía todos los periódicos que se publicaban y tenía un conocimiento claro de todo lo que se guisaba en la política del país. Tenía una pequeña imprenta y la familia vivía cómodamente aunque sin grandes lujos. Aunque no lo conocí, para mí era ese señor de la fotografía en color sepia  que presidía la salita de estar que lucía   grandes bigotes negros, de frente estrecha y mirada que  seguía todos tus movimientos.

            El abuelo no era partidario de elegir el nombre de sus hijos hasta que no estuvieran en el mundo, opinaba que el nombre era una cosa para toda la vida y que al ser muy importante no se podía tomar a la ligera. Tuvo cuatro hijas, tardó incluso una semana en inscribirlas en el registro civil porque no se decidía con el nombre más adecuado. Las bautizó a regañadientes porque su mujer, la abuela Laura, se enfrentó a él, creo que  las cuatro únicas veces en su vida  que le llevó la contraria. Le dijo que ella las había parido,  que no pensaba criarlas moras y que pasaban por la pila bautismal quisiera o no quisiera él.  La mayor era tía Alba, nació cuando despuntaba el alba. La segunda, Rosa, su piel era tan rosácea que no tenía más remedio que llamarse así. Después, un varón, el único que murió a las pocas horas de nacer, no se quebraron la cabeza en buscarle nombre. La tercera, Esmeralda, sus ojos eran verdes del color de esta piedra, y la última, mi madre, Blanca,  tan blanca y rubia que creyeron en un principio que era albina.

            De las cuatro hermanas, tía Esmeralda fue la única que heredó de su padre sus ideas y carácter. Sin embargo, las tías y mi madre heredaron de la abuela la sumisión y la resignación, jamás se plantearon destacar, ni salirse de las normas establecidas, preferían vivir a la sombra de sus maridos y dedicarse a lo único importante para la mujer, criar hijos.

            El abuelo al ver en  Esmeralda una actitud diferente a la de las otras hijas,  la imbulló  de sus ideas socialistas y nada apropiadas para una jovencita.

     - Si los hombres ven a una mujer inteligente ninguno se casará con ella  -decía protestando la abuela.

     Deseaba que el padre no interviniera en la educación de sus hijas o no se convertirían en distinguidas señoritas. Era partidaria de que no tuvieran  ideas políticas, eso era para los chicos y además no estaba bien visto, sólo aprenderían aquello que le sirviera para llevar un hogar y que estudiaran o aprendieran los principios elementales de una buena educación femenina.  Que según ella y la sociedad de su época eran labores, piano , algo de aritmética, sólo la suficiente para poder llevar la administración de una casa y francés, que estaba muy de moda todo lo que viniera de París.

            Pero la tía Esmeralda despuntó ya en la infancia, cuando volvía con  los vestidos  sucios y los lazos de las trenzas caídos porque había corrido o se había colgado de las ramas de los árboles e incluso había intervenido en alguna pelea de chiquillos. El abuelo, viendo que no era una niña como las demás, se encargó de fomentarle cierta  dosis de rebeldía y de transmitirle su gusto por los libros, los periódicos,  su pasión por  la política y de inculcarle sus ideales republicanos. La abuela Laura, ante estos temas tuvo que claudicar, tras varias discusiones matrimoniales se vio imposibilitada de influenciar en su hija y se resigno a obedecer como buena esposa. Sabía que si permanecía en sus trece y conociendo el carácter de su marido, temía que montara en una de sus cóleras proverbiales que hacía temblar la casa.

            Esmeralda fue una de las pioneras de Madrid en usar pantalones, en llevarse un cigarrillo a la boca y en cortarse el pelo a lo  “garçón”, produciendo con ello el espanto de su madre y de sus hermanas. Decidió ser una de las pocas mujeres en ir a la Universidad y estudiar Derecho, era la carrera donde mejor podría desarrollar y poner en práctica sus ideales de justicia y sus convicciones igualitarias.  Esta decisión  produjo  desconcierto en la abuela y aprobación en el abuelo. Allí se rodeó de chicos de familia bien, pero intimó con un grupo de estudiantes con ideales más parecidos a los de ella y que tuvo la suerte de que  la aceptaran desde el  principio. La Universidad bullía de actividad y de enfrentamientos entre republicanos y monárquicos. Fue en este círculo de compañeros donde conoció a Pedro Azcárate, nada más conocerse sintieron una atracción mutua y el amor no los abandonó hasta el día del gran infortunio  

            Y llegó abril de 1931 y también la proclamación de la República. El abuelo, Esmeralda y  Pedro se echaron a las calles de Madrid para darle la bienvenida, recuerda que fue el día más feliz de su padre y que jamás olvidaría su cara de dicha. Cuando la tía me narraba los años del gobierno de  la República se deleitaba más que nunca. Este era su capítulo preferido y el más repetido, casi me lo sabía de memoria. Entonces se retrepaba en una mecedora de color azul, se fumaba un cigarrilo y aspiraba el humo profundamente antes de comenzar a relatar los episodios de esta época.   Su mirada ya no se fijaba en mí, estaba ausente y  volaba con su pensamiento al pasado, donde  para ella fueron  los años más felices y en los cuales  desarrolló más actividad.

             Y me narraba que al comienzo de la República las mujeres accedieron rápidamente a cargos públicos e incluso llegaron a ser ministras como Federica  Montseny. Y lo más importante es que fue la primera vez que las mujeres votaron. Cuando ella  depositó  su papeleta iba nerviosa y el corazón casi se le salía, tenía 22 años y  se consideraba en ese momento ciudadana de primera clase. Y fueron muchos los avances, el divorcio, la mujer casada podría ejercer los mismos derechos que su marido  sobre sus hijos, la Reforma Agraria, la escuela laica y coeducadora y el acceso a la Universidad de las clases populares. Fue cuando se incorporó la mujer a la vida activa y social.

             Esmeralda junto a Pedro se pusieron  bajo  las órdenes del gobierno republicano y sin aún haber terminado la  abogacía, ayudaban e informaban a la gente más humilde de los barrios obreros sobre sus derechos y resolvían problemas que estaban a su alcance. Era la pareja más feliz y sólo con mirarse sabían lo que quería el uno del otro.

            Pero toda esta felicidad no podía durar siempre. La oligarquía viendo peligrar sus intereses económicos y políticos se levantó en armas contra el pueblo y esto dio al traste con todos los avances conseguidos durante la República. Y tía Esmeralda,  al igual que muchas mujeres,  participó activamente en la resistencia al golpe fascista, tomando parte en el asalto al cuartel de la Montaña.  A partir de estos años su felicidad se verá truncada por varios sucesos, la muerte de su padre a causa de una neumonía y la separación de Pedro al incorporarse este al ejército republicano con la graduación de alférez. Estas dos pérdidas, unido al malestar que se vivía en Madrid, supusieron un duro golpe para ella, pero se sobrepuso pronto al ver que había muchas cosas por hacer.

            Cofundó la organización feminista “Mujeres Antifascista” que se formó por mujeres de distintas tendencias políticas, aunque predominaron las comunistas. Esta organización junto a “Mujeres Libres” llamaban a la mujer a la incorporación al trabajo en período bélico.

            Fue una mañana del caluroso agosto del 37 cuando su corazón se derribó con la peor de las bombas, su amor, su primer y único amor, había muerto  en el frente en acto de servicio, así de claro lo decía el telegrama. Pero Esmeralda no tenía tiempo de derramar lágrimas, ni de llevar luto y se incorporó a las columnas de milicianas organizadas por los sindicatos y partidos políticos,  las llamadas milicias populares. Era su venganza.

            Para más admiración mía, había conocido a Lina Odena, que tras un combate se dio muerte antes de ser capturada. Y fue amiga de Aurora Arnáiz que organizó la primera columna de la Juventudes Socialistas y se lanzó al Alto de los Leones para enfrentarse al ejército del general Mola. Todo esto lo comprobé consultando periódicos de la época.  Esmeralda se retiró de la lucha armada como miliciana tras la promulgación  de un decreto firmado por Largo Caballero en el que se  prohibía a las mujeres luchar en el frente.

            De todos es conocida la fuerte represión franquista y la tía no escapó de  ella. Fue hecha prisionera cuando las tropas  nacionales tomaron Madrid. Estuvo encarcelada tres años y se libró de la pena de muerte gracias a la abuela Laura que removió Roma con Santiago hasta que encontró a un primo segundo suyo que era militar de alta graduación y con el pecho de la guerrera lleno de  estrellas y condecoraciones. Más que hacerle un favor a la familia, se lo hizo a él mismo porque no quería tener una mancha en la familia y constar que una prima suya por muy lejana que fuese  había sido miliciana y condenada  con la pena de muerte. Y como Esmeralda no tenía ninguna mancha de sangre, la absolvieron, no sin antes jurar y firmar una decena de veces que en adelante se portaría bien y se limitaría a ser una buena mujer.

            Con la derrota republicana se destruyó toda esperanza de emancipación de la mujer española. Llegaron los años cuarenta, la única salida para la mujer era el matrimonio, pues los puestos de trabajo comenzaban a escasear y serían estas las primeras que tenían que abandonar sus puestos para dedicarse a la familia.

             Esmeralda, la miliciana, como se la llamaría después en los círculos de amigos y conocidos,  necesitó varios años en encontrar trabajo, tuvo dificultades por varias razones:  por ser mujer, por roja y  por ser excarcelaría. En momentos de desesperación estuvo a punto de recurrir al matrimonio para no tener que depender de su madre, pero sabía que recurriendo a esta solución traicionaba a Pedro y a su padre. Necesitaba cuanto antes encontrar cualquier tipo de trabajo para independizarse, su madre aunque no se lo decía claramente, soñaba con campanas de boda.

            Yo seguía sentada sobre la cama frente a ella, nuestras manos permanecían fuertemente entrelazadas. Dicen que los que van a morir necesitan cogerse de la mano de alguien para no sentirse solos en el momento último e intentan por todos los medios asirse a algo que tenga  vida. También cuentan que cuando agonizamos damos un repaso veloz  a nuestra vida y que las imágenes pasan por nuestra mente como una película. Yo no sabía si por el pensamiento de la tía se sucedían recuerdos, pero yo sí podría asegurar que sí estaba transcurriendo por los míos. Tal vez, al tener tanta unión en ese instante entre las dos , volvíamos juntas a las largas tardes en que ella, sentada en  la mecedora de color azul,  me deleitaba con lo que más me gustaba , la historia de su propia vida.

            Aunque fueron varios años los que estuvo sin  trabajo, por fin pudo trabajar de secretaria en un despacho de un abogado y  ya no tuvo que depender de la familia. Tenía cuarenta años, pero seguía joven y conservaba su belleza, atraía al sexo masculino y ella se dejaba amar sin llegar a comprometerse. Huía del matrimonio y  tal vez  esto la hacía  más atractiva a los ojos de los hombres. Por supuesto su libertad de pensamiento y de movimientos era criticada por muchos pero también causaba envidia y admiración. Gustaba de rodearse sobretodo de intelectuales y artistas , siempre brillaba con luz propia en su corte de jóvenes y menos jóvenes. Seducía a cuantas personas trataba  con ella, pero no por su belleza física sino por sus ideas tan avanzadas y liberales,  aunque se cuidaba mucho de exponer en público sus ideas  políticas antifranquistas. Eran los años cincuenta y la  censura era muy fuerte. Al ser  una gran lectora desde pequeña,  podía opinar de todos los temas y era una conversadora nata.

            En los años sesenta, la tía Esmeralda tuvo la valentía de matricularse en la Universidad, convalidó algunas asignaturas de Derecho y en tres cursos se licenció. Fue una de sus mayores ilusiones, pues la Guerra Civil había truncado sus estudios. La Universidad le despertó el gusanillo que llevaba dentro y comenzó  a contactar con pequeños grupos clandestinos que se estaban  formando.

             Abrió un despacho propio en Vallecas  y  se dedicó casi sin cobrar a asuntos laborales, pero los pleitos que con más interés llevaba eran las injusticias sobre las mujeres, estas se habían convertido en seres de segundo orden   y en mano de obra barata y estaban  pagando las consecuencias del  despegue industrial de los años sesenta.   Esmeralda calladamente,   se revelaba  ante este orden de cosas. Comprobaba como la ley  era notablemente desigual por razón de sexo y fue su batalla continua  ante los tribunales. La mayoría de los casos eran perdidos de antemano, ella lo sabía pero ponía todo su empeño. Conocía a los jueces y ellos la conocían a ella.

            Pudo jubilarse en  el comienzo de la Transición,  pero se estaban produciendo en el país tantos cambios,  y   tantas nuevas leyes  interesantes  que no veía hora para retirarse de la abogacía. Son muchas las personas, y sobre todo mujeres, que aún la recuerdan con cariño y admiración.

            Me soltó  la mano, la suya   había  caído desplomada sobre la colcha, sus ojos verdes como la esmeralda jamás volverían a abrirse, su rostro transmitía  paz  y  serenidad.  Un profundo silencio invadió la habitación,  la muerte acababa  de pasar llevándose a Esmeralda y con ella se fueron  mis recuerdos. Pronuncié sólo dos palabras:  -Adiós miliciana.  Y  rompí  a llorar.

  

 

                                                                                                                       Vicky Fernández (Nerja)

 

                                                                                                                            COMO EL RAYO